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El malhumorado mundo echa humo por todos los costados. No es para menos.
Crecen como las cucarachas los corazones de piedra. Siempre dispuestos a prender
mecha. El fuego de vejaciones, tan extendido hoy en día, es tan vivo que nos
deja sin oxígeno para respirar. Vejan a disminuidos psíquicos, a mayores, a
mujeres, a niños… No hay que ser ningún superdotado para caer en la cuenta que
gana territorio la selva. Las salvajadas conviven a diario en nuestro hábitat.
Despertar la conciencia moral y social en los corazones de piedra no es fácil.
Desde luego que no. Están acostumbrados a pasar por encima de la ley, a darle un
corte de mangas a cualquier norma, a reírse de los blandos poderes y a
merendarse la justicia con brindis al sol. Han devaluado la vida humana, estos
pedruscos vestidos de figura humana, al capricho del interés, del divertimento o
a un sentimiento visceral de venganza.
Corazones de piedra roban a mano armada libertades humanas. Obligan a
prostituirse. No hay elección sino violencia. Sufrimiento con el que hay que
convivir para sobrevivir. Para muchas personas la prostitución es la única vía
de emergencia. Cada día es más complicado que a uno le dejen domiciliarse en un
espacio sin violencia. Ante un mundo desgarrado por conflictos, que no acierta a
agarrarse a la paz, donde a veces se justifica a los violentos, es importante
reafirmar el sentido común.
Los corazones de piedra son de verdad, existen, se multiplican en progresión
geométrica, aunque vivan impregnados por la mentira. Hay que llamar por su
nombre a estos repelentes tipos, que torturan a diestra y siniestra en cualquier
esquina, registrarlos, sellarlos, expropiarles el cuerpo, remitirlos al Parnaso
para que se rehabiliten con la belleza, hacer algo por propiciar un cambio de
actitudes.
La paciencia tiene un límite. Es necesaria una intervención urgente, eficaz, que
implique a todos en la lucha contra cualquier forma de intimidación, terror,
bestialidad, barbarie, partiendo de la formación de las conciencias y
transformando mentalidades, modos y comportamientos propios de animales, no de
personas que aspiran a reconstruir la familia humana bajo una alianza de
civilizaciones. Quizás, por ello, haga falta ponerle las pilas a la justicia
para que haga justicia y a la ciudadanía reponerle un espíritu abierto a la
escucha. Del pueblo emana el corazón y sus virtudes.
Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
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