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Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la
semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban
comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús
en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran
capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis
mientras vais de camino?» Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que
se llamaba Cleofás, le replicó: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no
sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos
le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de
caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el
pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los
ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció (Lc 24,13-35).
El Evangelio según San Lucas relata hoy el hermoso pasaje del camino de los
discípulos de Emaús, que le ruegan: "Mane nobiscum", al atardecer del mismo día
de la resurrección de Jesús. Para la liturgia, la semana de Pascua constituye
una perfecta unidad con el día de la resurrección.
La narración parte de Jerusalén y termina en Jerusalén e indica el mismo
itinerario recorrido a la inversa. Pero, para Lucas, Jerusalén, más que una
ciudad, es el lugar donde están los once y los demás. Jerusalén es el grupo
creyente, los dos de Emaús lo han abandonado y retornan a él y comprueban que ya
creen en Jesús Resucitado. No son, pues, los dos de Emaús los que hacen suscitan
esa fe.
Este dato es importante para captar el sentido del relato: no tiene intención
apologética, el demostrar la resurrección de Jesús, sino, catequética, instruir
cómo acceder y encontrarse con el Resucitado; intenta ejemplarizar el camino de
Emaús, para que sus lectores de todos los tiempos entiendan que Jesús camina
junto a ellos en toda su vida, que han de abrir sus ojos y saber descubrirlo
siempre a su lado, pues "era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así
entrara en su gloria".
Los destinatarios del relato no son los que rechazan la resurrección de Jesús,
sino los cristianos que no han tenido el tipo de acceso que tuvieron los
testigos presenciales. Los dos de Emaús tipifican a los cristianos que no hemos
sido testigos directos.
Los caminantes en el episodio están designados simplemente como "dos de ellos".
Por el contexto se ve claro que no son dos miembros del Colegio Apostólico; al
final del relato se dice que "volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los
Once", pues ya faltaba Judas. Se sabe, que uno de ellos se llamaba Cleofás y
ninguno de los Doce tenía ese nombre.
Sin embargo, ellos hablan como parte de un grupo concreto, se refieren a María
Magdalena y a las demás mujeres que habían ido al sepulcro de Jesús llamándolas:
"Algunas mujeres de las nuestras", y a Pedro, que corrió al sepulcro a verificar
la noticia: "Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro...". El
pronombre personal "ellos", que equivale al posesivo "los nuestros", indica "los
Once y todos los demás" (Lc 24,9).
Es cierto que Jesús había formado, aparte de los Doce, una comunidad más amplia
que incluía también mujeres. Cuando convocó a los Doce, el Evangelio dice:
"Llamó a sus discípulos y eligió a doce de entre ellos" (Lc 6,13). Y más
adelante añade: "Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano: había un gran
número de discípulos suyos..." (Lc 6,17). En su vida Jesús hace dos envíos a
anunciar el Reino de Dios: el de los Doce (cf. Lc 9,1-2) y el de otros setenta y
dos (cf. Lc 10,1).
Evidentemente, pues, Jesús, en el momento de su muerte, había fundado una
comunidad de discípulos, hombres y mujeres, asentada sobre la base sólida de los
Doce, con la convicción clara de pertenencia y militancia entre los suyos que,
después, recibirá el nombre de Iglesia. Se puede afirmar que estos dos de Emaús
son del círculo de los más íntimos; demuestran conocer bien todo lo referente a
Jesús, incluso lo ocurrido esa misma mañana y se refieren a Pedro familiarmente
como "uno de los nuestros". Tal vez son del grupo de los setenta y dos.
Jesús se une a ellos y camina once km hasta Emaús. Van apenados comentando los
sucesos de esos días en Jerusalén: "Nosotros esperábamos que sería él quien iba
a liberar a Israel". Se alejan de Jerusalén porque ya no esperan que prospere el
movimiento creado por Jesús. De ahí, el reproche bastante severo: "¡Oh
insensatos y tardos de corazón, para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No
era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?". Jesús
reprende su incredulidad, tenían que haber creído las profecías y entendido la
necesidad de su pasión y muerte; en lugar de fracaso, habían de ver en eso la
prueba de que Jesús es el Cristo, porque "era necesario que el Cristo padeciera
eso". Jesús les explica: "Empezando por Moisés y continuando por todos los
profetas, lo que había sobre él en todas las Escrituras", sigue con la
legislación de Moisés sobre los sacrificios expiatorios, especialmente lo
referente al cordero pascual, que se cumplía en él, el "Cord!
ero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29), que es también el
sacerdote que lo ofrece (Heb 7,26-28), y que él es el Siervo de Yahvé, que cargó
con el pecado de muchos e intercedió por los rebeldes" (Is 53,12).
A la luz de esta explicación que hacía arder su corazón en el camino, cobró su
sentido toda su vida. Una vez tomado ese alimento del alma ya no era necesario
que Jesús permaneciera a su lado en forma visible, porque permanecía igualmente
vivo en su corazón. La Palabra viva del Señor "enciende sus corazones" y da una
nueva luz a todo aquello vivido. El episodio de los peregrinos de Emaús aparece
como la celebración de la renovación que la resurrección de Jesús opera en
aquellos que aceptan tal mensaje. Al final de su larga marcha, los dos
discípulos están renovados por completo. Su comprensión de la vida ya es "otra".
Hasta entonces, veían en la muerte el fracaso último de la humanidad. Todos
"esperaban" otra cosa. Se movían en otro nivel, muy distinto al de Jesús. Lo
habían oído, pero no escuchado; habían visto signos, pero no habían creído.
Ahora, "al partir el pan" lo reconocen. Se abren y miran con los ojos de la fe;
ahora, ven y oyen, escuchan la Palabra y entienden, re!
conocen y reencuentran a Jesús en el viajero acompañante, ahora vivo y glorioso.
La conversación de Emaús desemboca en una comida. Hay que señalar la unión
existente entre estas meditaciones bíblicas y la comida. Se puede pensar que se
trata de la primera eucaristía ofrecida por el Sacerdote Resucitado y que fue el
Memorial de una realidad cumplida; en tal caso tendríamos ahí el modelo de todas
nuestras misas: Palabra y después Fracción del Pan.
"Insensatos y tardos de corazón"; insensatez y tardanza es la ceguera del
entendimiento, que no se abre a la necesidad de la Pasión" y a la verdad de la
palabra del Evangelio. Con razón dice Jesús a los judíos que se declaraban
seguidores de Moisés: "Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él
escribió de mí" (Jn 5,46). Y, hoy, sigue clamando: Si creyerais en el Evangelio,
creeríais en mí, en Jesucristo, que ofreciéndose a sí mismo", por su obediencia
complace a Dios y porque "indefenso se entregó a la muerte y fue contado entre
los malhechores por nuestros pecados y los del pueblo. La vida con sus ilusiones
y decepciones, con momentos de búsqueda y de duda, con experiencias dolorosas y
de alegría es el camino de Emaús. Ahí está también ese cierto desencanto de la
sociedad, la sensación de que algo en lo que se había puesto toda la confianza
les ha defraudado. El desánimo de los que caminan hacia Emaús muestra la
desconfianza de todos los discípulos.
El Señor se ha hecho compañero de viaje para todos nosotros, y, sin que lo
notemos, nos va dando sus explicaciones; hemos de abrir la mente, sentirlo al
lado y dejar que esa Palabra llegue, como la buena semilla al barbecho más
profundo de nuestro corazón, que la reciba y, por obra del Espíritu Santo,
produzca abundantes frutos de salvación. Seremos testigos del Señor ante el
mundo entero. Nuestras palabras, respaldadas por el buen ejemplo, darán una
buena cosecha. Hemos de pasar haciendo el bien a todos. Sólo entonces la Iglesia
de Cristo será digna de crédito.
Somos conscientes de que hay muchas cosas que han creado divisiones entre
nosotros; por eso hemos de aprender a unirnos y a amar al Señor cada día con
mayor madurez desde el perdón, la comprensión, la justicia y la solidaridad para
con nuestro prójimo. Es ahí, en los diversos ambientes de la vida diaria, donde
debemos hacer que ardan los corazones, para crear, a impulsos del Espíritu Santo
que habita en nosotros, un mundo que camine hacia la plena civilización del
amor; sólo así seremos signos creíbles del Reino de Dios eficiente en su fuerza
salvadora.
El amor al prójimo abrirá nuestros ojos a sus pobrezas y a sus angustias, a su
hambre y desnudez, para trabajar por el justo reparto de los bienes y venga su
Reino de justicia y de paz. Sólo entonces la Iglesia, caminante en cercanía de
Cristo, traerá, a la humanidad entera, la salvación.
Así podremos contar a los hermanos lo que vivimos en el camino. Quédate con
nosotros.
Camilo Valverde
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