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«Radiante e inmarcesible es la sabiduría; fácilmente la ven los que la aman y
la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la
desean. Quien temprano la busca no se fatigará, pues a su puerta la hallará
sentada. Pensar en ella es prudencia consumada y quien vela por ella, pronto se
verá sin afanes. Ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella;
en los caminos se les muestra benévola y les sale al encuentro en todos sus
pensamientos» (Sab 6,13-17).
Este texto del Libro de la Sabiduría es una pieza preciosa y magnífica. Hace una
exhortación a buscar la sabiduría, puesta en boca de Salomón. Se presenta la
sabiduría de Dios personificada por una joven hermosa que solicita a su amante
para un encuentro feliz. "Fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los
que la buscan". No se comporta como una mujer esquiva y desdeñosa, sino que, al
contrario, se hace la encontradiza, para los que la aman, para los que la desean
y la buscan. El auténtico conocimiento de Dios no procede de un intrincado
ejercicio intelectual, es un don que se ofrece con generosidad a todo el que,
con limpia disposición, lo recibe en su alma abierta: "Se anticipa a darse a
conocer a los que la desean.
La Sabiduría se adelanta a todos las determinaciones y hallazgos del hombre. Por
ella, quien consigue algo o descubre y domina un hecho del universo está
obligado a comprobarlo y examinar su realidad y su exclusividad. El hombre sabio
debe aceptar a sus predecesores y precedentes, fundamento de todo lo que es y
posee. La inteligencia consiste en superar el egoísmo y abrirse a la gratuidad
de Dios.
La Sabiduría de Dios madruga más que quienes la desean; cuando despiertan y la
buscan, he aquí que la encuentran esperando a su puerta. Dios se presenta al
hombre que lo busca y se anticipa a sus deseos; la primera iniciativa para el
encuentro la lleva la Sabiduría de Dios, el propio Dios va a los que se hacen
dignos de conocerlo. Más aún, el hombre no buscaría a Dios, si Dios no lo
hubiera alcanzado antes. En todas las preguntas y deseos, en todas las búsquedas
y pensamientos, está ya la Sabiduría de Dios haciendo que pregunten por ella,
que la deseen y la busquen. Así que, no es difícil conocer a Dios, si se está
dispuesto y no se tiene el interés de ignorarlo. La divinidad, a pesar de que el
hombre se empeñe en negarlo, sigue atrayéndolo, ya que es fuente y origen de
todos los bienes: "con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos
había riquezas incontables..." (7,11). El mundo también hace ofertas tentadoras
que alegran el corazón humano: poder, dinero, dignidades, cargos... Es algo
seductor y apetecible, que atrae, pero en el fondo muerde como culebra. No
merece la pena afanarse en eso, pues, en lo más profundo del ser, sólo produce
acritud, desilusión y vacío: "Dichoso el hombre que me escucha, velando en mi
portal cada día..." (Pr 8,34). Sólo el que se abre a la sabiduría, a la
divinidad..., obtiene la alegría, la paz, la tranquilidad..., y además todos los
otros bienes.
Lamentablemente, hay incluso muchos cristianos que ni siquiera son capaces de
imaginar que alguien esté sentado junto a su puerta, llamando y esperando para
amarlos. "He aquí que estoy junto a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y
abre la puerta, yo entraré en él y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). ¡Cuán
necesario se ve hoy que los gobernantes de la tierra respondan y le abran sus
puertas de palacios y lujos! El bien común no requiere boato, sino el abrazo de
la sabiduría. Otro cantar sería, si se dejaran hechizar y embelesar por tal
esposa. La sabiduría exhorta a los gobernantes de la tierra a que la escuchen y,
pues, son los responsables más directos del gobierno del mundo, quiere
inculcarles una manera completamente nueva y revolucionaria de regir las
naciones: "Si os gustan los tronos y los cetros, soberanos de las naciones,
respetad la sabiduría y reinaréis eternamente» (6,21).
La sociedad está fundada en el poder y en el dinero. Pero, "no podéis servir a
Dios y a las riquezas" (Mt 6,24). Todas estas máximas suelen quedar ignoradas e
inoperantes, pues los poderosos no son siempre seguidores de la sabiduría. Sin
embargo, Jesús, al asumirlas y presentarse como auténtica sabiduría, dio un
vuelco a la historia. Si no se cambia por completo la escala de valores, no se
puede captar el sentido profundo de las máximas de la sabiduría. Sólo se acepta
lo que agrada y lo que justifica las posiciones a que uno se agarra con
obstinación. El hombre justo entronca unos valores que los poderosos consideran
ridículos y utópicos. Estos muchos sabios son la salvaguarda del mundo. Son
«sabios» los discípulos de la Sabiduría, Jesús de Nazaret.
M. Berceo
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Cortesía de M. BerceoNube de Tags
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