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¡Deja vu! Una vez más nuestro gobierno se embarca en una ruta de desarrollo
económico y tecnológico sin indagar para nada los posibles costos sociales y
ecológicos y los impactos a largo plazo. Se repite la misma historia que con el
“boom” farmacéutico de las 936, con su saldo de basura tóxica y sitios de
Superfondo; las petroquímicas, un sector igualmente tóxico ahora llegado a
menos; y la minería a cielo abierto –originalmente propuesta en el plan 2020–.
Debido a la política de sucesivos gobernantes nuestro territorio se ha
convertido en uno de los lugares favoritos de la industria biotecnológica para
sembrar cultivos transgénicos (genéticamente modificados) experimentales al aire
libre y para propagar semilla transgénica comercial (mayormente maíz y soya en
fincas en el sur y oeste de Puerto Rico).
Por mucho que nos aseguren las compañías de biotecnología que los alimentos
derivados de cultivos transgénicos son seguros, lo cierto es que la seguridad e
inocuidad de estos alimentos está en controversia.
El presidente de la Asociación de Investigadores de Semillas de Puerto Rico,
Jaime Sánchez, dijo a El Nuevo Día en un artículo publicado el pasado 30 de
agosto que “ningún estudio ha probado que los productos modificados
genéticamente amenazan la salud de las personas”. Le recomiendo al señor Sánchez
que se eduque y se documente más sobre el tema.
Quienes defienden los transgénicos argumentan que no hay evidencia
científicamente válida de que hagan daño. ¿Existe tal evidencia o no? Esta
pregunta tiene sólo dos respuestas posibles, y ninguna de las dos trae sosiego.
O respondo que sí hay evidencia de daños o respondo que no la hay. Podría
responder de inmediato que sí, pero para demostrar que es la pregunta incorrecta
responderé de primera intención que no.
Si no existe tal evidencia, todavía el debate queda abierto, todavía no queda
demostrado para nada que sean seguros. Después de todo, ausencia de evidencia no
es evidencia de ausencia.
Quien esté tranquilo y satisfecho con la aseveración de que no hay evidencia de
daños está presumiendo que alguien en alguna parte está haciendo o ha hecho
averiguaciones al respecto. Los defensores de los transgénicos señalan, con un
aire de finalidad como para poner fin al debate, que la FDA declaró que estos
productos son sustancialmente equivalentes a sus contrapartes no transgénicos y
que por lo tanto no presentan ningún riesgo novedoso al consumidor.
Pero la FDA no examina los alimentos transgénicos. Lo que hace es aceptar los
datos que le someten las compañías que los hacen. Casi todos los estudios que
someten son confidenciales. Si son tan seguros estos productos, ¿por qué la
confidencialidad?
“El consultar la FDA sobre la seguridad de alimentos transgénicos es un
ejercicio puramente voluntario, en el que la agencia recibe resúmenes sin datos
y conclusiones sin fundamento”, informa el investigador Jeffrey Smith en su
excelente libro ‘Genetic Roulette’ (Ruleta Genética). “Si la compañía alega que
sus alimentos son seguros, la FDA no tiene más preguntas. Por lo tanto, se
aprueban para venta variedades transgénicas que nunca fueron alimentadas a
animales en estudios de seguridad rigurosos y probablemente nunca a humanos
tampoco.”
De los estudios que tienen alguna relevancia a la salud humana, ¿cuántos de
éstos son públicos y no confidenciales? ¿Cuantos han pasado por el proceso de
revisión por los pares y han sido publicados en la literatura científica? Como
que la pila sigue achicándose. Y de éstos, ¿cuántos NO fueron financiados por la
industria de biotecnología?
¿Quién puede creer que la fuente de financiamiento de una investigación
científica no es de importancia? En un informe publicado en la revista
Nutritional Health, I. F. Pryme y R. Lembcke observan que los estudios
científicos sobre transgénicos que no son financiados por la industria tienden a
encontrar problemas con serias implicaciones para la salud humana, mientras que
los estudios financiados por la industria nunca encuentran ningún problema.
De cualquier modo, ¿Qué compañía ha encontrado algo malo con sus propios
productos? ¿Cuántas décadas pasaron antes de que la industria tabaquera
admitiera tímidamente que quizás podía existir alguna relación entre su producto
y el cáncer?
El mundo según Monsanto
Las pocas veces que datos confidenciales sobre alimentos transgénicos han salido
a la luz pública éstos han resultado ser sumamente preocupantes.
El 22 de mayo de 2005 el periódico inglés The Independent reportó la existencia
de un informe secreto de la compañía de biotecnología Monsanto sobre su maíz
transgénico Mon 863. Según el informe, de 1,139 páginas, ratas alimentadas con
este maíz por trece semanas tuvieron conteos anormalmente altos de células
blancas y linfocitos en la sangre, los cuales aumentan en casos de cáncer,
envenenamiento o infección; bajos números de reticulocitos (indicio de anemia);
pérdida de peso en los riñones (lo cual indica problemas con la presión
arterial); necrosis del hígado; niveles elevados de azúcar en la sangre
(posiblemente diabetes); y otros síntomas adversos.
Es significativo señalar que esta importante información es pública no por la
buena fe de Monsanto sino porque algún buen empleado con acceso a documentos
confidenciales de la compañía se tomó el riesgo de llevarla a la prensa. De no
ser por este héroe anónimo, todavía hoy seríamos felizmente ignorantes sobre los
efectos del Mon 863. Cabe preguntar entonces, ¿habrá otros transgénicos nocivos
que la industria de biotecnología nos está dando de comer a sabiendas de que son
dañinos?
¿Qué más se puede esperar de una compañía como Monsanto? El excelente documental
Le Monde Selon Monsanto (“El Mundo Según Monsanto”) de la cineasta francesa
Marie Monique Robin, muestra cómo esta corporación ha pasado décadas negando
responsabilidad por los horrendos daños a la salud ocasionados por el Agente
Naranja, defoliante tóxico que ésta fabricó y que se utilizó extensamente en la
guerra de Vietnam.
También se presenta en el filme el caso del pueblo de Anniston, en Alabama,
EEUU, el cual sufrió por décadas de contaminación de sustancias tóxicas
conocidas como PCB vertidas por Monsanto, contaminación que la compañía
pretendió encubrir. En el curso de la batalla que la comunidad de Anniston dio
en corte salió a la luz un memorando interno de la compañía que decía “No nos
podemos dar el lujo de perder un solo dólar de ganancia” (“We can’t afford to
lose one dollar of business”).
En vista de estos hechos, ¿qué se puede esperar de esta compañía cuando nos
asegura que sus transgénicos son seguros? Robin y yo no criticamos a Monsanto de
manera arbitraria y gratuita. Es que la compañía tiene 90% del mercado mundial
de cultivos transgénicos, por lo tanto es sólo justo que reciba 90% de nuestras
críticas.
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