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Iujuuuu, Iupi, guau: vacaciones, viva, hurra pero: vacaciones ¿para quién? I

Por ENPLENITUD.COM

Después de semejante explosión de alegría, prontamente nos desilusionamos cuando retóricamente nos repreguntamos: vacaciones ¿para quién?, para los escolares, concluimos desilusionadas.

Ergo, comprendemos entonces, lo que verdaderamente significan las vacaciones: un poco más de tiempo con Morfeo, en la cama y nada más. Y el ingenuo entusiasmo nos lo metemos en el bolsillo.

Y ahí nuestros dos hemisferios cerebrales empiezan a formular, restas, sumas, multiplicación y división. A saber: restamos sobre todo el tiempo que nos quedaría para nosotras.

Nada, cero, no tiempo para ir a la pelu, menos para ir a tomar un café con una amiga, nada para una cañita al aire (en caso de estar divorciada). Porque por lo demás, miramos de reojo y sacamos la cuenta de las cosas que van a multiplicarse y pulular por nuestra casa.

Con los hijos paseando o haciendo acto de presencia en nuestro hogar dulce hogar. Porque se van, si, de vez en cuando, salen solos a pasear, mientras nosotras seguimos trabajando para adentro o para fuera nomás.
Se van, porque son autónomos pero dejan un reguero de ropa sucia, la del más chico, la de los amigos del más chico, la de la más grande, las de las amigas de la más grande, porque todos se quieren quedar a dormir.

Y si van mis hijos a la casa de los otros, igual dejan todos, la ropa tirada por donde se les cuadre que se suma a la nuestra, que fieles por obligación del: haz lo que yo digo y lo que yo hago la depositamos en su sitio.

Celibato obligado, “justo en las vacaciones escolares no vas a traer ningún partenaire”, me imagino, inquirirá espantada mi madre. La ociosidad es de los más chicos ¿y las nuestras para cuándo? – tengo ganas de increparla con una mirada entre asesina y benévola-.

Y encuentro la reflexión, a mano y justa para no matarla: pobre, ya está grande se olvidó de su juventud. Y de paso ella no cría a sus nietos los malcría, que es distinto.

Y tampoco tiene que ejercer ninguna abstinencia a estas alturas ya se olvidó de que se trataba el asunto o no le concede demasiada importancia.

Comentarios de las madres de las madres, al margen, hacer convivir, en época no escolar y de invierno, al más chico con la más grande es una misión digna de Mac Guiver o para James Bond, versión actualizada.

Es como pretender que cuajen el agua y el aceite. Una, en la cúspide hormonal y el otro, en el pico de su energía hace tan solo cinco años estrenada.

Por el bien de la salud auditiva de los vecinos debería pensar y hacer la cuenta de cuánto me costaría recubrir techos, paredes y pisos con algún material aislante porque los gritos están a la hora del día.

Y los trapitos al sol, prestos y listos para salir. “Vos, cuando naciste usurpaste mi lugar”, le dice la más grande al más chico, como si entendiese.

Despreocupate mamá que es chiquito, muy chiquito pero entiende todo, me desasna, también a los gritos. La más grande, se la escucha al grito de: “salgan del baño que me tengo que bañar”, cuando esta se lo apodera de tres cuartos de hora.

Le siguen los del marrano más chico, en el exacto momento en que la hermana cierra la puerta del toillette: mamá, ¡me hago pis!.

Solucionado ese belicoso momento pasamos a otro y así sucesivamente le siguen, mamá, tengo hambre y no me quiero bañar son los primeros en su lista y si me pongo a desarrollar siguen los: Mamá míralo.

Mamá me pegó. Mamáaaaaaa; está pintando la pared con mi brillo labial y con tu rimel nuevo. Mamá y una serie de estribillos irreproducibles que harían sonrojar al más pintado, de la más grande, cierra el colorario.

Matizados sus gritos con los míos, al son de: no se te ocurra salir así mocosa, que tu padre, mi ex marido, nos mata a vos y a mí juntas, en un mismo combo y con un mismo precio.

Cuando pretende salir despechugada en pleno invierno, haciendo ostentación del par de egos que la naturaleza le dio.

Para no hacer extensa la enumeración, se omitirá la cantidad de “miaus” infernal que desgrana nuestra gata que también se ve en la obligación de una convivencia diaria, con todos juntos y a la vez, en un dos ambientes, que mayoritariamente está ocupado por ella sola, durante el resto de los días laborales.

Acostumbrada como estaba a la paz, meditativa de la dueña que no permitía ni el zumbido de una mosca con tal de concentrarse y trabajar en casa.

Conclusión: los vecinos descansan en estos quince días, cuando mis hijos y la gata, duermen, comen o no están.

O, en su defecto, cuando imparto un régimen militar por el bien de la humanidad y mis buenos vecinos, que por cierto tienen una paciencia de santo para no cometer un asesinato en masa. Por lo demás, es imposible siquiera sugerirlo.

Autor: Mónica Beatriz Gervasoni

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Cortesía de ENPLENITUD.COM
Publicado Tuesday 16 de September de 2008



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