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Después de semejante explosión de alegría, prontamente nos desilusionamos
cuando retóricamente nos repreguntamos: vacaciones ¿para quién?, para los
escolares, concluimos desilusionadas.
Ergo, comprendemos entonces, lo que verdaderamente significan las vacaciones: un
poco más de tiempo con Morfeo, en la cama y nada más. Y el ingenuo entusiasmo
nos lo metemos en el bolsillo.
Y ahí nuestros dos hemisferios cerebrales empiezan a formular, restas, sumas,
multiplicación y división. A saber: restamos sobre todo el tiempo que nos
quedaría para nosotras.
Nada, cero, no tiempo para ir a la pelu, menos para ir a tomar un café con una
amiga, nada para una cañita al aire (en caso de estar divorciada). Porque por lo
demás, miramos de reojo y sacamos la cuenta de las cosas que van a multiplicarse
y pulular por nuestra casa.
Con los hijos paseando o haciendo acto de presencia en nuestro hogar dulce
hogar. Porque se van, si, de vez en cuando, salen solos a pasear, mientras
nosotras seguimos trabajando para adentro o para fuera nomás.
Se van, porque son autónomos pero dejan un reguero de ropa sucia, la del más
chico, la de los amigos del más chico, la de la más grande, las de las amigas de
la más grande, porque todos se quieren quedar a dormir.
Y si van mis hijos a la casa de los otros, igual dejan todos, la ropa tirada por
donde se les cuadre que se suma a la nuestra, que fieles por obligación del: haz
lo que yo digo y lo que yo hago la depositamos en su sitio.
Celibato obligado, “justo en las vacaciones escolares no vas a traer ningún
partenaire”, me imagino, inquirirá espantada mi madre. La ociosidad es de los
más chicos ¿y las nuestras para cuándo? – tengo ganas de increparla con una
mirada entre asesina y benévola-.
Y encuentro la reflexión, a mano y justa para no matarla: pobre, ya está grande
se olvidó de su juventud. Y de paso ella no cría a sus nietos los malcría, que
es distinto.
Y tampoco tiene que ejercer ninguna abstinencia a estas alturas ya se olvidó de
que se trataba el asunto o no le concede demasiada importancia.
Comentarios de las madres de las madres, al margen, hacer convivir, en época no
escolar y de invierno, al más chico con la más grande es una misión digna de Mac
Guiver o para James Bond, versión actualizada.
Es como pretender que cuajen el agua y el aceite. Una, en la cúspide hormonal y
el otro, en el pico de su energía hace tan solo cinco años estrenada.
Por el bien de la salud auditiva de los vecinos debería pensar y hacer la cuenta
de cuánto me costaría recubrir techos, paredes y pisos con algún material
aislante porque los gritos están a la hora del día.
Y los trapitos al sol, prestos y listos para salir. “Vos, cuando naciste
usurpaste mi lugar”, le dice la más grande al más chico, como si entendiese.
Despreocupate mamá que es chiquito, muy chiquito pero entiende todo, me desasna,
también a los gritos. La más grande, se la escucha al grito de: “salgan del baño
que me tengo que bañar”, cuando esta se lo apodera de tres cuartos de hora.
Le siguen los del marrano más chico, en el exacto momento en que la hermana
cierra la puerta del toillette: mamá, ¡me hago pis!.
Solucionado ese belicoso momento pasamos a otro y así sucesivamente le siguen,
mamá, tengo hambre y no me quiero bañar son los primeros en su lista y si me
pongo a desarrollar siguen los: Mamá míralo.
Mamá me pegó. Mamáaaaaaa; está pintando la pared con mi brillo labial y con tu
rimel nuevo. Mamá y una serie de estribillos irreproducibles que harían sonrojar
al más pintado, de la más grande, cierra el colorario.
Matizados sus gritos con los míos, al son de: no se te ocurra salir así mocosa,
que tu padre, mi ex marido, nos mata a vos y a mí juntas, en un mismo combo y
con un mismo precio.
Cuando pretende salir despechugada en pleno invierno, haciendo ostentación del
par de egos que la naturaleza le dio.
Para no hacer extensa la enumeración, se omitirá la cantidad de “miaus” infernal
que desgrana nuestra gata que también se ve en la obligación de una convivencia
diaria, con todos juntos y a la vez, en un dos ambientes, que mayoritariamente
está ocupado por ella sola, durante el resto de los días laborales.
Acostumbrada como estaba a la paz, meditativa de la dueña que no permitía ni el
zumbido de una mosca con tal de concentrarse y trabajar en casa.
Conclusión: los vecinos descansan en estos quince días, cuando mis hijos y la
gata, duermen, comen o no están.
O, en su defecto, cuando imparto un régimen militar por el bien de la humanidad
y mis buenos vecinos, que por cierto tienen una paciencia de santo para no
cometer un asesinato en masa. Por lo demás, es imposible siquiera sugerirlo.
Autor: Mónica Beatriz Gervasoni
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