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El suelo es un recurso natural que corresponde a la capa superior de la
corteza terrestre. Contiene agua y elementos nutritivos que los seres vivos
utilizan. El suelo es vital, ya que el ser humano depende de él para la
producción de alimentos, la crianza de animales, la plantación de árboles, la
obtención de agua y de algunos recursos minerales, entre otras cosas. En él se
apoyan y nutren las plantas en su crecimiento y condiciona, por lo tanto, todo
el desarrollo del ecosistema.
Cuando un suelo ha sido continuamente utilizado, se deteriora, se degrada, y
deja de poseer y aportar sus cualidades iniciales. Podemos decir que un suelo
está contaminado, cuando las características físicas, químicas o biológicas
originales han sido alteradas de manera negativa, debido a la presencia de
componentes de carácter peligroso o dañino para el ecosistema. Entonces, la
productividad que el suelo tenía se pierde total o parcialmente.
Las propiedades naturales del suelo le permiten autoregenerarse en ciertas
condiciones no muy extremas, pero al someterse a actividades industriales,
agrarias, entre otras acciones de gran incidencia sobre el suelo, sus
propiedades quedan anuladas y pierde la capacidad de autogeneración.
Los problemas más comunes en relación al suelo tienen que ver con las
actividades de las personas. Los suelos sufren el vertido constante de todo tipo
de residuos, dado que son capaces de retener y acumular los agentes
contaminantes durante años, siendo los más habituales los metales pesados, los
hidrocarburos, los aceites minerales y los pesticidas. Aunque a corto plazo no
se advierten los efectos nocivos de dichos residuos, con el paso del tiempo
cualquier alteración del suelo, o incluso, los cambios climáticos pueden
ocasionar la liberación de los contaminantes almacenados, pudiendo afectar a
otros medios como el aire o las aguas superficiales y subterráneas. Además, como
los contaminantes se mueven a través de las capas más permeables del terreno, se
corre el riesgo de afectar a las zonas limítrofes.
Los problemas directamente derivados del uso antrópico de los suelos son
actualmente muy severos. La erosión, la desertificación, la contaminación, la
compactación, el avance de las ciudades y urbanización, y la pérdida de
fertilidad, se encuentran entre los problemas más graves que afectan hoy a los
suelos.
Si tomamos en cuenta la erosión, veremos que la erosión del suelo se está
acelerando en todos los continentes y está degradando unos 2.000 millones de
hectáreas de tierra de cultivo y de pastoreo, lo que representa una seria
amenaza para el abastecimiento global de víveres. Cada año la erosión de los
suelos y otras formas de degradación de las tierras provocan una pérdida de
entre 5 y 7 millones de hectáreas de tierras cultivables. En los países
subdesarrollados, la creciente necesidad de alimentos y leña han tenido como
resultado la deforestación y cultivo de laderas con mucha pendiente, lo que ha
producido una severa erosión de las mismas. Para complicar aún más el problema,
hay que tener en cuenta la pérdida de tierras de cultivo de primera calidad
debido a la industria, los pantanos, la expansión de las ciudades y las
carreteras. La erosión del suelo y la pérdida de las tierras de cultivo y los
bosques reduce además la capacidad de conservación de la humedad de los suelos y
añade sedimentos a las corrientes de agua, los lagos y los embalses.
La información disponible de investigación sobre los tipos, causas, grado y
severidad de la degradación de tierras es todavía insuficiente en la mayoría de
los países de América Latina. Esta falta de información dificulta enormemente la
identificación y la puesta en práctica de estrategias efectivas de conservación
y rehabilitación de tierras
En la actualidad, la contaminación de los suelos se encuentra cada vez más en el
punto de mira de la gestión ambiental, debido principalmente al riesgo que un
suelo contaminado puede suponer para la salud humana y para el correcto
funcionamiento de los ecosistemas.
La gestión de un suelo contaminado consiste en un proceso gradual en el tiempo,
en el que se parte de una fase inicial con poca información y se avanza por
fases, en las que se va adquiriendo más conocimiento sobre la problemática de
contaminación. Este proceso debe basarse en las siguientes etapas:
1. Reconocimiento preliminar: Consiste en la recopilación de la información que
permita valorar la posibilidad de que se hayan producido o se produzcan
contaminaciones significativas en el suelo en el que se ha desarrollado una
actividad.
2. Evaluación preliminar: La existencia de indicios de contaminación conllevará
la realización de un informe de evaluación preliminar. Se debe disponer de una
primera aproximación real a la magnitud del problema, definir el origen y la
naturaleza del foco de contaminación, los vectores de transferencia y los
sujetos que deben protegerse, y definir si se necesitan actuaciones de
emergencia.
3. Evaluación detallada: Esta fase consiste en la realización detallada del
informe de evaluación que debe permitir caracterizar con precisión los focos de
contaminación, delimitar el alcance de la contaminación, determinar si el riesgo
es aceptable o inaceptable y, en este segundo caso, obtener la información
suficiente para pasar a la fase de estudio siguiente.
4. Recuperación: Considerar un suelo como contaminado supone la obligación de
desarrollar las actuaciones de recuperación ambiental del emplazamiento.
Los procesos de descontaminación son caros, pero si tenemos en cuenta que el
suelo es un medio natural que nos proporciona múltiples beneficios, y que
necesita miles de años para formarse, tendríamos que pensar que todo lo que
hagamos por el beneficio del suelo es poco. Por lo tanto sería conveniente
establecer una serie de factores, en virtud de los cuales, se vayan
descontaminando los suelos. Es decir, la peligrosidad de la contaminación
dependerá de efectos como puede ser el poder tamponador o lo vulnerable que sea
el suelo ante la contaminación, etc.
Uno de los factores a evaluar con más importancia es la extensión de la
contaminación, así como la naturaleza y la medida en que los contaminantes estén
concentrados. Es muy importante la naturaleza de éstos porque dependiendo del
peligro que aporten al suelo, este se contaminará más o menos rápido, y con
mayor o menor profundidad.
En resumen, cabe decir que la gestión por el mantenimiento de los suelos en su
estado original, impidiendo su contaminación por usos excesivos y abusivos y
limpiando y descontaminando aquellos emplazamientos ya deteriorados debe tomarse
como una rama más de la conservación del ambiente, quizás menos llamativa a los
ojos de la opinión pública, pero igual de importante que cualquier otro tipo de
actuación.
Para superar los problemas mencionados, se deben considerar soluciones que
impliquen una acción inmediata y, también, métodos de prevención para impedir
mayor deterioro futuro. Parte del deterioro causado lo puede solucionar la
naturaleza misma con sus ciclos naturales. Por ello la acción del ser humano
debiera contribuir a crear las condiciones necesarias para que la naturaleza
emprenda su obra de restauración. Sin embargo, recuperar el suelo una vez que
éste ha sido destruido es un proceso lento si se lo deja sólo a su ritmo
natural, y muy costoso si se trata de acelerarlo. Por lo tanto, lo más razonable
es evitar que se destruya el suelo.
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