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En medio de esta mordiente crisis que corroe la Nación y en que, según las
encuestas, la mayor preocupación de los españoles es el paro, el mediático juez,
Garzón, parece que no tiene otro mayor quehacer, que ocuparse de hechos
políticos raros y extraños. Y, eso sí, mientras, los juzgados languidecen
atorados de expedientes, faltos de reactivación y resolución.
Se introdujo en asuntos internos argentinos y chilenos, naciones a las que no
defendimos y libramos de sus tristes dictaduras, y, ahora, se pone a remover los
muertos de un solo bando de la Guerra Civil, periodo terrible, archidoloroso y
tremendo, que los españoles quisieron y quieren, con el consenso de la
Transición, dejar en la misericordia de la memoria y depositados en las tenues
manos del perdón cristiano, sin que se hurguen y se toquen innecesariamente. En
estos momentos de agobio y retroceso, al español, no le interesa conocer el
certificado de defunción de Franco, ni de Mola, ni de otros que los sabe muertos
y enterrados; quiere y exige que se ataje la crisis económica con eficiencia y
rapidez, se cree empleo para todos, aumente el saldo de la Seguridad Social, se
solvente el problema de los mileuristas y que el juez y los tribunales se ocupen
de los violadores, terroristas y mangantes. Está claro que se mueve por
motivaciones políticas a instancias del poder, para distraer.
No hay hoy necesidad de declaraciones de competencia para investigar unos
crímenes de sobra sabidos de aquel horrible descalabro. Ello echa por tierra la
legislación vigente; fuentes jurídicas señalan que el auto de este histriónico
juez anula, por un prurito, la ley de amnistía que cimienta la Constitución del
78 y hasta su propia estabilidad vigente; para ello, se acoge a sentencias de
tribunales a los que España no pertenece y a Convenciones y leyes penales que no
se pueden aplicar con retroactividad. La tipificación de 'crimen contra la
humanidad' en derecho internacional se produjo con el Estatuto del Tribunal de
Nuremberg de 1945, por lo que los sucesos de nuestra guerra no se pueden
sancionar como tal delito y, en fin, no recuerda que el Estado Español se
adhirió en 1968 al Convenio para la Prevención y la Sanción del Delito de
Genocidio y, precisamente, en aquella ocasión, nadie ni ninguna nación puso
obstáculo alguno a esa adhesión.
Todo esto, no parece ser más que señal e indicio de que el sistema fenece;
conforme a los movimientos pendulares de la historia, estamos en el final de una
época; el sistema jurídico, económico y político fenece. La división y autonomía
de poderes no se ha respetado, la economía se derrumba entre excesos, lucros y
manejos y la democracia adulterada se extingue embebida por la desaforada sed de
poder y dominio, únicamente, nos ha dejado el dar el voto pasivo y, una vez
depositado, sólo nos atañe acatar lo mandado y tragar la partitocracia. Fácil es
en un trance así, convertir lo democrático en dictatorial.
M. Berceo
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Cortesía de M. BerceoNube de Tags
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