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Por Fabricio de Potestad Menéndez
Médico-Psiquiatra y escritor
Transcurre el siglo XXI con un PP perdido en los cielos rancios del pasado
convulso, en algún rincón acolchonado de la Historia incivil de España. Habla
bastante, crispa mucho más y sigue practicando su género político favorito. Qué
digo favorito: predestinado. O sea, el opúsculo difamatorio. Porque así como
Rajoy ha nacido con la humildad seseante propia del que nunca va a ser líder de
nada, Esperanza Aguirre para chica Telva, vestida en Ágatha Ruiz de la Prada, y
Trillo para manda huevos, Aznar ha nacido para el libelo insidioso, del que ha
hecho un género literario que ha elevado a una categoría confusa que está entre
la hagiografía franquista y el tebeo. Refugiado en la FAES, su particular Fort
Apache, su única obsesión es arremeter contra los progres apolillados de
pacotilla, que es como él llama a los socialistas. Y es que durante muchos años
nos ha tocado sufrir la crispación alimentada por el PP, vivir esa irritante
convulsión social, que ha sido el enojoso editorial de un sin fin de medios de
comunicación, aunque finalmente el PP lo pagó caro con su derrota electoral.
Pese a ello, cuando parecía que la derecha rancia moderaba su verbo, su sector más duro anuncia que la crispación vuelve, y, si eso es cierto, quiere decirse que España también vuelve -con sus movidas, manifestaciones, posguerra y animadversiones- a su condición dúplice. Vamos, que la pasada por la democracia y la modernidad ha sido para la derecha nacional tan sólo una aventurilla intrascendente. En fin, la sombra del ciprés no es sino la sombra alargada de aquel caudillo mediocre y visionario, cuya nieta recorre París degradándose la sonrisa en su aventura mercantil por las tiendas de Fabourg Saint-Honore o por la movida etílica y bonachona de la noche madrileña.
La vuelta de la crispación política supone que estos últimos años -los de la
conspiración del 11-M, del España se rompe, la economía se hunde, de las
mentiras de la guerra de Irak y de la ocupación de las iglesias en las que las
misas en honor del Generalísimo se han convertido en un hecho habitual- no han
servido para apaciguar los ánimos ni para suscitar algo de moderación. Y es que
las cuestiones transversales, aquellas que con independencia del diferencial
ideológico deben promover políticas de consenso- han cobrado de nuevo una
relevancia abrumadora en el estilo de oposición que ejerce la derecha. El PP ha
vuelto a poner en práctica la estrategia de descalificación sistemática del
adversario, cuyo único objetivo es la desautorización del actual gobierno
socialista. Y precisamente lo está haciendo con una cuestión extremadamente
delicada, en la que está obligado a consensuar: la lucha antiterrorista.
La intoxicación del electorado es el rasgo esencial que define la estrategia de su oposición: una feroz contienda basada en el lenguaje incendiario, atestado de mensajes corrosivos, que buscan mantener vivo un conflicto ferviente para desgastar a ZP. Y para qué nos vamos a engañar, llega un momento en el que la democracia necesita desmochar la frondosidad totalitaria de la oposición fiera y su nefasto aspecto de infranqueable obcecación, pues los fundamentalismos no son concluyentes, sino oclusivos: turban la espontánea percepción de los sentidos y entorpecen el libre curso de la razón. La crispación obstinada de la que abusa la oposición es más asfixiante que la mismísima crisis económica.
Las clases medias del siglo XXI, los posmodernos, son más escépticos, más
templados, desideologizados e incrédulos, y sus grandes pasiones no son
políticas, sino estéticas y hedonistas, por lo que apenas prestan atención a las
sistemáticas y mediocres descalificaciones en las que se basa el PP para
desbaratar y abrumar al gobierno. Es literatura folletinesca hecha con la
ambición y el impulso propios del siglo pasado, que hoy día no permite a ningún
político ni siquiera sobrevivir. De seguir así, España arderá en duplicidad
mientras no seamos conscientes de que con un modelo de oposición de semejante
calaña, no es otra cosa sino la renovación de un funeral que llovió hace mucho
tiempo, y que no puede volver a repetirse. Los despropósitos de Esperanza
Aguirre -la mujer ardiente y de hierro que nunca calla ni disimula su desamor
por Ruiz-Gallardón- ni las ingenuidades nada inocentes de Rajoy, no parecen
simples travesuras provincianas, son inequívocos signos de frivolidad e
irresponsabilidad política. Sin embargo, la derecha se mueve más en el olvido,
en la teología exculpatoria, en las descalificaciones y andazas más que furiosas
y fuera de la realidad. Y todo por un puñado de votos.
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Cortesía de Fabricio de Potestad MenéndezNube de Tags
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