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Encuentros con el mismo propósito en Malasia, en 2004, y en Alemania, en
2008, finalizaron sin acuerdo.
El Protocolo de Cartagena, al que se han adherido 153 países, tiene como
objetivo "contribuir a garantizar un nivel adecuado de protección en la
transferencia, manipulación y utilización seguras de los organismos vivos
modificados", según su texto. Pero Argentina, Estados Unidos ni Canadá, líderes
en siembra de cultivos transgénicos, no forman parte de ese pacto.
Los transgénicos son variedades obtenidas en laboratorio mediante la
introducción de genes de otras especies, animales o vegetales, con el propósito
de mejorar sus características, rendimiento o resistencia a factores externos.
"La semana próxima veremos una negociación crucial en la que tenemos confianza",
dijo a IPS la coordinadora de la campaña de agricultura sustentable y
transgénicos de la organización ambientalista Greenpeace en México, Aleira Lara.
"Sin un régimen de responsabilidad y compensación por los efectos de los
transgénicos, el Protocolo de Cartagena flaquea", señaló.
El Protocolo de Cartagena es un tratado complementario del Convenio sobre la
Diversidad Biológica. Fue adoptado para proteger la biodiversidad de los
potenciales riesgos de los transgénicos, y establece el procedimiento para la
aceptación informada, para que los países reciban la información necesaria antes
de adoptar decisiones, y el principio precautorio, que permite suspender
actividades cuya inocuidad no haya sido ampliamente probada.
Greenpeace, así como Amigos de la Tierra Internacional y el Grupo de Acción
sobre Erosión, Tecnología y Concentración estarán presentes en México como
observadores. También habrá representantes de las empresas de biotecnología,
dedicadas al desarrollo y producción de semillas transgénicas.
Según las normas de la conferencia, los observadores deberán retirarse de los
debates cuando los participantes así lo soliciten. La presencia de los medios de
comunicación no será permitida, "lo que es una lástima", indicó Lara.
En las afueras de la sede del encuentro --un edificio de la cancillería mexicana
en la capital--, Greenpeace pondrá en marcha algunas de sus llamativas y
tradicionales manifestaciones contra los transgénicos. Será una sorpresa,
expresó Lara.
En las negociaciones del régimen de responsabilidad sobre movimientos de
transgénicos juegan gobiernos e intereses y posturas de poderosos laboratorios
transnacionales dedicados a producir, promocionar y vender semillas
transgénicas.
También participan organizaciones ambientalistas y campesinas y curtidos
activistas, que en algunos casos incluso se oponen a la experimentación con
transgénicos, alegando que la ciencia aún no ha probado de modo concluyente que
sean inocuos para la salud humana y el ambiente.
Las empresas pugnan por que sean las autoridades nacionales, de forma
administrativa, las que resuelvan eventuales responsabilidades y compensaciones
de daños causados por el movimiento de transgénicos. La investigación debería
realizarse en conjunto con los actores privados y, si hubiera motivos de
sanción, ésta no implique prohibir el acceso de los productores a los
transgénicos.
Los ambientalistas, en cambio, buscan una normativa universal y obligatoria para
los responsables de los daños que potencialmente causen. Varios países del Sur
en desarrollo apoyan esta postura.
Si en la conferencia de México, del llamado "grupo de apoyo", se logra un
acuerdo, éste será sometido a todos los países que han ratificado el Protocolo
de Cartagena, en una reunión que celebrarán en Japón en 2010.
Para Lara, este instrumento ha demostrado ser insuficiente frente al avance de
los transgénicos en el mundo, alentado por el poder de firmas transnacionales
que patentan las semillas modificadas que desarrollan.
Las empresas niegan de tajo los presuntos riesgos de esta tecnología y dicen que
las semillas manipuladas para hacerlas más resistentes a plagas o sequías o para
que maduren más rápidamente pueden ser la solución al hambre que sufren millones
de personas en el mundo.
Hasta la fecha no hay de estudios concluyentes sobre los peligros de los también
llamados organismos genéticamente modificados. Pero la superficie cultivada con
estas variedades vegetales no deja de crecer en todo el mundo.
Entre 1996, cuando empezó el cultivo comercial de transgénicos, y 2008, el área
sembrada pasó a 125 millones de hectáreas.
Hace 13 años, seis países empezaron con estas siembras y hoy son 25, según el
Servicio Internacional para las Adquisiciones de Aplicaciones
Agrobiotecnológicas (ISAAA, por sus siglas en inglés), una entidad sin fines de
lucro establecida por la industria para promover los transgénicos.
El ISAAA calcula que hay 13,3 millones de agricultores plantando transgénicos,
53 por ciento de ellos dedicados a la soja y 30 por ciento al maíz. La gran
mayoría de esa producción se sustenta en semillas fabricadas y vendidas por el
gigante estadounidense Monsanto.
El liderazgo mundial en transgénicos lo tienen, por su orden, Estados Unidos,
Argentina, Brasil, Canadá y China. De este grupo, Brasil es el único que
ratificó el Protocolo de Cartagena.
Según Global Industry Coalition, que reúne a las empresas de biotecnología del
mundo, no existen registros de "incidentes ni preocupaciones" por el transporte
transfronterizo de transgénicos, afirma el documento "Opiniones de los usuarios
y promotores de la biotecnología sobre cuestiones de aplicación del Protocolo de
Cartagena", de abril de 2008.
De todas formas, las empresas aseguran que apoyan plenamente las negociaciones
para definir un régimen de responsabilidad y compensación en el marco del
Protocolo de Cartagena. (FIN/2009) www.ecoportal.net
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