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Si bien algunos de los metales que contienen los alimentos resultan en
determinados casos esenciales para poder llevar una dieta adecuada, en otros no
cumplen con la función esperada. Al contrario, porque la presencia de metales
como mercurio, plomo o aluminio significa en ocasiones tener que contar con unas
cantidades de ingesta tolerable y de límites máximos. Una revisión británica
concluye ahora que, pese a que muchos de los metales detectados se mantienen por
debajo de los niveles establecidos como seguros, e incluso se han reducido, es
necesario profundizar en los efectos en salud de algunos como el aluminio, el
manganeso y el bario.
Los alimentos son complejos sistemas de mezclas de sustancias como nutrientes,
imprescindibles para una correcta salud, y de otras químicas que son
potencialmente tóxicas. El riesgo no está en la simple presencia de estas
sustancias sino que varía en función de numerosos factores, como las dosis o las
características de cada una de ellas. Los metales son algunas de estas
sustancias, y la manera en cómo llegan a los alimentos puede seguir varias
rutas, bien por contaminación ambiental directa o a través de prácticas
agrícolas.
Un estudio realizado por la Agencia de Seguridad Alimentaria británica (FSA, en
sus siglas inglesas) sobre la toxicidad de productos químicos en los alimentos
demuestra que los niveles detectados de elementos como arsénico, cadmio,
selenio, cinc o plomo han sido iguales o inferiores que en el año 2000, la
última vez que se realizó un estudio de similares características. Tras la
evaluación, los expertos concluyen, sin embargo, que es preciso investigar con
más profundidad los casos en los que están implicados metales como el aluminio,
de uso bastante generalizado incluso en el ámbito doméstico, el manganeso y el
bario.
Debe tenerse en cuenta que los efectos sobre la salud dependerán de múltiples
factores, como la dosis, la duración, la manera en que una persona está
expuesta, los hábitos e incluso la interacción con otras sustancias químicas,
tal y como advierte la Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de
Enfermedades estadounidense (ATSDR).
Menos aluminio
Cuáles son las diversas formas en las que el aluminio está presente en los
alimentos? Cuestiones como ésta son las que plantean ahora los expertos
británicos. Una observación, aseguran, que debe servir para conocer "si existe
una tendencia al alza". Con numerosas aplicaciones industriales y domésticas,
como la elaboración de utensilios de cocina, el aluminio forma parte del grupo
de metales más comunes de la corteza terrestre. Como resultado de los cambios
ambientales que han vivido la agricultura en los últimos años y la industria, la
disponibilidad de este metal ha aumentado y, por tanto, también lo ha hecho la
absorción de las plantas y los animales.
En 2006, el Comité Mixto FAO/OMS de Expertos en Aditivos Alimentarios (JECFA, en
sus siglas inglesas) establecía para todas las formas de aluminio un nivel de 1
mg/kg aluminio aluminio/peso corporal tras surgir nuevas evidencias de que podía
tener efectos sobre el sistema reproductivo y nervioso.
En el análisis británico, y pese a que la mayoría de las muestras tenía
concentraciones más bajas o similares a las detectadas en un estudio realizado
en 2000, en alimentos como pan y productos cárnicos estos niveles habían sido
más altos que en otros estudios. En una evaluación realizada a mediados de 2008
por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) las estimaciones menos
optimistas ya contemplaban la posibilidad de que una parte de la "población
europea excediera la ingesta semanal tolerable". Hace apenas un año, la misma
EFSA confirmaba, tras realizar varios estudios en países como Hungría, Alemania
o Suecia, que los adultos podían llegar a ingerir entre 0,2 y 1,5 miligramos por
cada kilo de masa corporal.
Bario y manganeso
Otro de los componentes que han sido objeto de estudio por su presencia en
estado natural en aguas minerales naturales es el bario, cuya exposición
prolongada puede tener efectos negativos en la salud. Según la Agencia
Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), sin embargo, no puede
clasificarse por el momento como posible carcinógeno porque, admite, es
"improbable que la ingestión de bario produzca cáncer en seres humanos". Tal y
como reconocen también los expertos de la FSA, no hay suficiente información
para establecer el efecto exacto del consumo excesivo de bario. Profundizar en
ello serviría, según los expertos, para fijar una ingesta diaria tolerable más
precisa. En 2003 la UE fijaba un límite máximo de 1,0 mg/l.
En cuanto al manganeso, los resultados del estudio de la FSA indican que la
ingesta se sitúa, en general, dentro de los valores establecidos por las pautas
de seguridad y que el nivel exigido se considera seguro. Forma parte de manera
natural de alimentos como vegetales, contamina suelos y agua. Es de los grupos
con más altas concentraciones detectadas (24,9 miligramos por kilo) por los
expertos británicos, que admiten la necesidad de reforzar los controles sobre
este metal. También son motivo de atención la exposición dietética al arsénico y
al plomo, metal que suele acumularse en alimentos como pescados, cereales y aves
de corral.
La cadena trófica, vía de entrada
Por su presencia en el medio ambiente, o por la acción de las personas, la
exposición a los metales pesados a través de los alimentos es muy difícil de
evitar. Arsénico, cadmio, mercurio o plomo muestran formas de toxicidad
específicas cuyos efectos dependen en gran medida de su concentración. Las
investigaciones al respecto han demostrado hasta el momento que la exposición
crónica a estos compuestos, incluso a dosis bajas, puede suponer un riesgo para
la salud de las personas.
Sus particularidades, sobre todo de bioacumulación y persistencia, y su modo de
actuación, ampliamente distribuidos por todo el planeta, hacen que, cuando se
incorporan a los tejidos de plantas y animales, inicien el camino por la cadena
trófica y, por tanto, entren a formar parte de los alimentos. Especialmente
susceptibles son determinados grupos, como pescados y crustáceos, que acumulan
arsénico y mercurio, o los cereales, que almacenan cadmio. www.ecoportal.net
Fuente: consumer.es. MARTA CHAVARRÍAS
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