RSS /
/

No es la primera vez que escribimos para manifestar una opinión crítica sobre
algunas opiniones de César Hildebrandt. Sabemos que esto no agrada a algunos,
pues él se ha convertido en una especie de tótem del periodismo crítico
nacional. Reconocemos su fina sátira, su burla sin cuartel ante lo estúpido, su
tenacidad, su irreverencia, su honestidad frente a los gobiernos corruptos de
nuestra historia. Pero pensamos también que toda virtud merece una dirección,
amerita un norte. No creemos que en nombre de la objetividad y la imparcialidad
se deba disparar contra todo lado, para encubrir dos situaciones: un europeismo
recalcitrante y larvado, que le hace parecer todo lo peruano débil, primitivo,
atrasado. Y un pesimismo destructivo, nihilista, individualista, que lo hace un
ser de expresiones muy contradictorias. A veces, muchas de estas expresiones de
decepción, parecen un archipiélago de desesperanzas, rodeado por la inmensidad
de la duda y siendo las partes tan disímiles que no encajan en una concepción
del mundo. Lo curioso es que muchos lectores o televidentes lo han elevado al
nivel de defensor de los derechos del pueblo. ¡Debemos estar tan áridos de
dirigentes políticos, de héroes! Y por ello, escogemos al desconfiado, al
desilusionado, al decadentista.
No vamos a criticar ahora alguna de las opiniones que vierte contra la
izquierda. Tampoco vamos a opinar sobre los desplantes o burlas que les hace a
viejas glorias del reformismo nacional, intentando y muchas veces logrando,
hacerlas parecer patéticas. Ni mucho menos ahora nos referiremos a la costumbre
de hacer parecer a los dirigentes sindicales o políticos de izquierda como
payasos. Nada de eso.
Ahora nos interesa los dos últimos párrafos de su columna del día de hoy en el
diario “La Primera”, titulada: “Fujimori en el paraíso”, en donde expresa un par
de muy cuestionables conceptos:
“El secreto de Fujimori es que ha convertido en socialmente exitosos los peores
vicios de la “peruanidad”: la crueldad en el tumulto, el cinismo como método y,
sobre todo, la cobardía elevada a la categoría de función vital[1]”
¿A qué peruanidad se refiere Hildebrandt? ¿A la de los campesinos biznietos de
los guerrilleros que utilizó Cáceres para expulsar a los chilenos de los andes?,
¿A la de las comunidades indígenas de la selva peruana que sin recibir nada del
Estado y es más, a veces balazos, izan todos los días la bandera nacional en lo
alto de sus escuelitas rurales? ¿A la de los reservistas que más allá de los
móviles de sus jefes se aprestaron a combatir en las fronteras por lo que
creyeron la defensa de su Patria? ¿A la de los miles de jóvenes que en décadas
pasadas ofrecieron su vida por lo que pensaban sería un mundo mejor? Lo que
ocurre es que el señor Hildebrandt no cree en que las clases sociales están en
constante conflicto, o no quiere creer. Y por lo tanto hay una sola peruanidad.
¿Juan Luis Cipriani será peruano del mismo modo que el cabo Segundo Pérez? , y ¿Luis
Alva Castro como el campesino Juan Ataupa? Y por supuesto, ¿Don Dionisio Romero
será igualmente peruano como lo fue Luis de la Puente Uceda o Javier Heraud? Por
supuesto que constitucionalmente sí. Todos son peruanos. Pero así como hay
clases sociales, hay formas de sentir y de expresar la peruanidad. Y más aún
cuando recordamos que tanto José Carlos Mariátegui como José María Arguedas,
señalaban que el Perú es una nación en formación y por lo tanto los conceptos –
y vivencias -sobre qué es ser un peruano y cómo serlo, son diferentes, de
acuerdo al sector de clase, al grupo étnico o incluso al territorio del cual
proviene el sujeto.
Ahora bien, ¿A qué se refiere con “la crueldad en el tumulto”?, si se refiere a
los linchamientos se equivoca, porque estos son furia popular reprimida y luego
desbocada, legítima e histórica. Si se refiere a las barras bravas, al
pandillaje, tiene cierta razón. Pero, ¿Ese es un rasgo de nuestra peruanidad? ¿Y
Miguel Grau, teniendo a su merced a los chilenos en las aguas, no los rescató?
¿Es acaso Grau símbolo de crueldad en el tumulto? ¿Y el cinismo como método? Si
atañe a las mentiras de Alva Castro sobre como los campesinos asesinados durante
el Paro Agrario de febrero del año pasado, se dispararon entre ellos, tiene toda
la razón. Pero si recordamos al maestro Gonzáles Prada fustigando a los
traidores y corruptos con la sátira y jamás con el cinismo, ¿Podremos hablar
entonces de cinismo nacional?
¿Y la cobardía como función vital? Son cobardes, sí, Hermoza Ríos, Montesinos y
Fujimori, mentirosos redomados que saben huir cuando las papas queman. Pero,
¿Son cobardes los mineros en marcha de sacrificio de tres días? ¿Son temerosos
los padres de familia que se prometen vender tres bolsas de cien caramelos cada
una, al día, subiendo y bajando de mil combis para dar de comer a sus hijos?
Esa visión de peruanidad adocenada, de embrollo de defectos de tercermundismo
genético, no podemos compartirla. Hay peruanos hidalgos, sinceros y valientes. Y
son la mayoría.
“El triunfo de Keiko Fujimori, de darse, será el resumen vistoso de la
tragicomedia nacional y una prueba de que hay países económicamente pujantes y
moralmente inviables[2]”
Sobre el posible triunfo de la escoria fujimorista compartimos la misma
preocupación. Lima es el bastión de la derecha. Sí, Lima provinciana como dice
la canción. La capital que concentró poco a poco a la mayor población migrante
del país y que fue depositaria durante décadas de los sueños y las frustraciones
de millones de peruanas ha sido bombardeada con Magaly y Laura, con Cecilia
Valenzuela y Carlos Álvarez y cómicos ambulantes y telenovelas mexicanas. Y, los
nuevos votantes, mayoritariamente jóvenes, que conviven desde los conos contra
el racismo y con la competencia desleal de San Isidro y La Molina, caen en la
alienación más frívola, simple y barata. Eso es cierto. Y sería terrible que
Lima vuelva a traicionar a las provincias como en el 2006. Y volviera el
fujimorismo como regresó el belaundismo y el alanismo. En esto no le quitamos la
razón al señor Hildebrandt.
Pero vuelve a equivocarse en su desprecio por lo peruano y en su análisis socio
económico. En primer lugar el Perú no es un país económicamente pujante. Que
ciertas cifras macroeconómicas registren el famoso crecimiento no significa que
el Perú está progresando. Habría que preguntarse ¿Crecimiento según quién?,
¿Crecimiento para quién? El señor Hildebrandt sabe que una economía crece cuando
se desarrollan las fuerzas productivas y eso en el Perú no está sucediendo, por
el contrario cada día se hipotecan más los recursos naturales y el capital
extranjero hace su agosto. Tan admirador del Estado de bienestar, el señor
Hildebrandt debería estar enterado de que este vive en base a la pobreza
nuestra, razón de su riqueza. El norte rico y el sur pobre del que habla Eduardo
Galeano.
En segundo lugar, el Perú no es un país moralmente inviable. Porque no son los
países los que tiene moral. Son los pueblos. Y el pueblo peruano ha dado mil
ejemplos de ética a lo largo de su historia. Desde la reciprocidad andina hasta
las jornadas comunales de construcción de viviendas en los cerros de la
periferia de Lima. En estas cuestiones específicas de la economía diaria se
demuestra la viabilidad de la moral de un pueblo. Y no en las expresiones
malhadadas de un par de dictadorzuelos que no pueden empañar la moral histórica
de todo un pueblo. La moral de Túpac Amaru, la de Leoncio Prado, la de Clorinda
Matto, la de José Carlos Mariátegui.
No necesitamos su pesimismo señor Hildebrandt, su amor por la concepción de la
maldad natural del hombre. Guarde su añejo Ortega y Gasset y su apocalíptico
Robert Malthus, para las lecturas en sus momentos de ocio. No necesitamos ahora
de viejas concepciones. Viejas, no por antiguas, sino por rechazadas en el ánimo
y práctica de los pueblos. Sí nos hace falta su buen periodismo. Su crítica al
poder, también. Pero la creencia en un mundo que se despeña sin manera de
remolcarlo, solo ayuda a que se adueñe de los aún no contaminados, el espíritu
del oportunismo y la falsía, de la cobardía y el cinismo. Esos que tanto le
disgustan señor Hildebrandt. Es tiempo de afirmar, es tiempo de esperanzas, de
construcción. Basta ya de consternación. Digamos con el maestro: ¡Viejos a la
tumba, jóvenes a la obra!
Comparte y promueve este artículo en Internet con
Cortesía de Martin GuerraNube de Tags
horoscopo juegos gratis musica noticias monografias casino tarot directorio de blogs tests interpretación de sueños conocer gente peliculas online empleos poker angeles consultorio sexual becas diarios de viajes animes clasificados chistes fotolog videos online monografias agrega tu link aqui