RSS /
/

I
Antes de ofrecer un perfil de los Siete ensayos de Mariátegui sobre la realidad
peruana, vamos a exponer, a manera de introducción, un breve itinerario que nos
permita justificar el tipo de acercamiento que hemos realizado a un pensador que
en la primera mitad del siglo XX se ocupó de la relación entre política y
cultura al tratar de ofrecer un camino de recuperación del Perú y de América
Latina. Desde ya es menester advertir que desde finales del siglo XX, América
Latina sigue siendo una fuente de incertidumbres y paradojas. La inestabilidad
política de la región es apenas un ejemplo de ello, y es quizás también uno de
los testimonios más reveladores de su devenir cultural y social. Un ejemplo
reciente se encuentra en el fenómeno del así llamado neopopulismo que ha
caracterizado la vida política del Perú, de Ecuador o de Venezuela, donde se han
mezclado formas novedosas de cohesión política con una persistente fragmentación
social [1].
Sin embargo, a pesar de las incertidumbres y las paradojas, se puede afirmar que
la inestabilidad política que se observa en los últimos años, incluso adoptando
formas novedosas, no es un fenómeno nuevo sino que ha estado afectando a América
Latina a lo largo del siglo XX. Si se toma como referencia el período
republicano que sucedió a las luchas de independencia, se pueden advertir ciclos
de inestabilidad caracterizados por la sucesión permanente de democracias y
dictaduras. La modernidad política latinoamericana, inspirada desde el siglo XIX
por las ideas y los esquemas políticos que se originaron con la revolución
francesa, con la revolución norteamericana e incluso con la revolución
socialista, fue desarrollando una tensión permanente entre el desarrollo
institucional y los desafíos económicos y sociales. Para utilizar una
terminología gruesa, podríamos decir que el problema de la inestabilidad en
América Latina se fue expresando, de diversas maneras, a través de la tensión
permanente entre las formas políticas y las demandas histórico-culturales,
particularmente en aquellos países donde se han desarrollado formas agudas y
traumáticas de personalismo político. Y si bien ha surgido una amplia literatura
que ha intentado buscar las mediaciones que existen entre cultura y política, no
existen acuerdos en el debate sobre las formas deseables de estabilización de lo
político así como sobre las raíces culturales que puedan contribuir a dicha
estabilización.
Se trata, ciertamente, de un fenómeno largamente estudiado en los medios
académicos, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, a través de un
desarrollo disciplinario donde la historia, la sociología, la ciencia política,
la antropología, la economía, entre otras, han ofrecido diversos aportes para su
comprensión [2].
Incluso en el ámbito intelectual se han desarrollado formas de auto
comprensión transdisciplinarias que empezaron a dar cuenta –desde una mirada
latinoamericana- de los diversos fenómenos que supone la globalización y la
postmodernidad [3].
Encontramos un tipo de reflexión sobre la política que va más allá de las
posiciones liberales o marxistas y que se ubica, más bien, en el campo de las
reflexiones “postfilosóficas” cuyos intereses se tornan múltiples y que tienen
como característica común el rechazo a ofrecer interpretaciones fundamentalistas
del fenómeno del poder. Las ideas de individuo o de clase social son
reemplazadas por un tipo de interpretación que hace énfasis en el discurso, en
el campo de las representaciones sociales y en el imaginario. En el caso de
América Latina encontramos un conjunto de reflexiones que ha intentado ir más
allá de los esquemas de la modernidad al hacer énfasis en el análisis cultural (Roger
Bartra, Ernesto Laclau, Santiago Castro Gómez, Martín Barbero, García Canclini,
entre otros) [4].
Pero habría que insistir en que ya desde comienzos del siglo XX aparecieron
formas de comprensión que probablemente han resultado más fecundas que el
desarrollo disciplinario y transdisciplinario propio del mundo académico. Esas
formas provienen del mundo de la literatura y del arte en general, y se fundan
en la capacidad que el arte tiene para expresar la cultura. Quizás no por azar
son numerosos los estudios donde se ha intentado descifrar, desde una mirada
sociológica o psicológica, la realidad latinoamericana que se halla expresada en
las diversas formas artísticas. Pero a mitad de camino entre estas formas, donde
predomina la libertad de la mirada estética, y las producciones intelectuales
del mundo académico, donde domina el orden y la exposición sistemática,
encontramos los diversos intentos de comprensión que se encuentran en el
fenómeno del ensayo: un intento de comprensión de la realidad cercano a la
creación artística y que va más allá de las formas discursivas de la academia
[5].
Creemos entonces que al problema de la articulación entre formas políticas y
demandas culturales que caracteriza a América Latina, se agrega la enorme
dificultad de encontrar las fuentes intelectuales más apropiadas que han dado
cuenta de ese problema. No descartamos los innumerables aportes que se han
producido desde diversas aproximaciones sistemáticas, analíticas, comparativas o
históricas, provenientes del ámbito profesional académico, pero creemos que en
el trabajo de los ensayistas se encuentran formas de aproximación que suelen
ofrecer un cuadro más denso y propicio para la comprensión de ese problema. Y
quizás la ventaja de los ensayistas se halla en la libertad, en la versatilidad
y probablemente por eso en la profundidad con la cual se aproximan a las formas
políticas y a las realidades culturales, mostrando las formas de articulación
que hay entre ellas.
Algo semejante se advierte en la evolución de la filosofía política
contemporánea con la recuperación de la idea de comunidad. Nos referimos
específicamente a dos grandes líneas de reflexión que se consolidaron en el
siglo XX: en primer lugar, la filosofía política de origen liberal que se
remonta a John Locke, John Stuart Mill, Isaiah Berlin, entre otros, que en la
segunda mitad del siglo XX se desarrolló a través de la revalorización de las
teorías modernas del contrato social. De esta línea de reflexión nos interesa
destacar básicamente el acento que se ha puesto en las ideas de libertad y de
individuo en el marco de la modernidad política, vista como tendencia
privilegiada para entender el modo como se organiza la sociedad.
En segundo lugar, valga destacar las reflexiones que surgieron como reacción
frente al individualismo liberal y como intento de ampliar las maneras de
comprender el fenómeno del poder. Nos referimos al así llamado “comunitarismo”
elaborado por Charles Taylor, Alasdair MacIntyre o Michael Walzer, entre otros,
que han puesto el acento en la idea de comunidad como fuente básica a partir de
la cual es necesario pensar la formas de constitución de la sociedad [6].
Se trata de diversas formas de comprender el fenómeno del poder desde un punto
de vista que se aleja, en unos casos levemente y en otros enfáticamente, de la
vía individualista. No significa esto que el comunitarismo adopte una posición
antiliberal, pero sugiere enfoques más orgánicos en la tarea de abordar las
formas de constitución de la sociedad contemporánea.
Ahora bien, en atención a las contribuciones de estas corrientes en la
interpretación del fenómeno del poder, podemos decir que la reacción
comunitarista frente al liberalismo representó una forma distinta y teóricamente
audaz, en la medida en que se pasaba de la óptica del individuo y del
individualismo a la esfera de la comunidad. Desde esta perspectiva, sin dejar de
tener presente el rol del individuo, la comunidad se convirtió en el marco
fundamental de referencia para repensar la constitución de lo social. No quiere
decir esto que las categorías de individuo y de libertad queden desplazadas,
sino que pasan a ser reinterpretadas y comprendidas desde un abordaje más
utópico, donde se hace énfasis en la comunidad como la fuente básica a partir de
la cual se puede abordar con mayor fecundidad la sociedad contemporánea. Pero
también es necesario indicar que se trata de una empresa en la cual se pueden
advertir las contradicciones que supone la reivindicación teórica de una idea
ante el peso histórico que se expresa en el individualismo moderno. Desde esta
premisa nos hemos planteado la posibilidad de presentar un perfil del esfuerzo
que realizó Mariátegui al recuperar la idea de comunidad ante los desafíos
históricos del capitalismo.
II
La obra de José Carlos Mariátegui, especialmente sus Siete ensayos de
interpretación de la realidad peruana, es un testimonio fundamental en la
interpretación del imaginario político peruano, no solamente por la forma como
en ella se muestran los problemas sociales, históricos y políticos, así como las
utopías que se planteó el pueblo peruano especialmente en torno a la cuestión
del indigenismo. [7] También es un testimonio del modo como las utopías
surgieron, no como resultado de un desarrollo interpretativo lineal y homogéneo
en torno al Perú, sino como producto de la tensión que puede advertirse entre
diversas corrientes culturales e intelectuales. Desde su experiencia como
periodista, como ensayista y como político, y siguiendo a otros pensadores
importantes de su tiempo (González Prada, Riva Agüero, Valcárcel, etc.), [8]
Mariátegui se ocupa afanosamente del problema indígena y hace de ese problema el
eje principal de su interpretación de la realidad peruana. Pero no lo hace desde
una posición localista y provinciana, sino que incorpora constantemente en sus
reflexiones diversas corrientes intelectuales que dominaron el escenario de la
cultura occidental en la primera mitad del siglo XX. Su crucial estadía en
Europa como periodista en los años veinte, y particularmente la experiencia de
haber vivido en el corazón del debate y de la lucha por el socialismo,
especialmente en Rusia y en Italia, le convirtieron en el Antonio Gramsci del
socialismo latinoamericano (José Aricó). [9] Y como pensador marxista,
especialmente ligado al movimiento de ideas de la III Internacional, Mariátegui
se interesó por el proyecto socialista estudiando la realidad y las tendencias
fundamentales del capitalismo, especialmente en su versión anglosajona. En esa
dirección hizo de la realidad económica uno de los temas fundamentales de su
reflexión. De tal modo que el indigenismo, el socialismo y el capitalismo,
representaron corrientes históricas y culturales que aparecieron articuladas en
su obra a través de una reflexión que está muy lejos, a nuestro juicio, de ser
plenamente coherente, sino que, más bien, muestra, las contradicciones que
suponía la tarea de articular una reflexión sobre el Perú donde se pudieran
incorporar las corrientes culturales provenientes de Europa y Estados Unidos.
Si tomamos como referencia el marco interpretativo señalado en nuestra
introducción, podríamos decir que Mariátegui desarrolló un tipo de reflexión que
se movía entre dos polos: por un lado, la reivindicación del indigenismo y del
socialismo, donde aparece enfáticamente la idea de comunidad, y por el otro, el
reconocimiento del capitalismo liberal, que supone la idea de individuo y de
individualismo. En cuanto a la idea de comunidad, en Mariátegui no se encuentra
necesariamente en una definición concisa, sino que aparece dispersa a través del
conjunto de referencias dirigidas especialmente a reivindicar el indigenismo
como un factor fundamental de la nacionalidad peruana. Tal como lo han señalado
algunos críticos, este ensayista no llegó a evidenciar un conocimiento
antropológico e histórico sobre la cultura de los Incas, sino que se formó, a
través de la lectura de diversas interpretaciones del indigenismo, de Valcárcel
a Riva Agüero: una visión que hizo valer a lo largo de su obra asociada a las
preocupaciones políticas e ideológicas de su tiempo. La mezcla que en su obra
encontramos, por ejemplo, entre su discurso en torno al indigenismo y su
reivindicación del socialismo, así como su interpretación de la historia del
Perú, donde pone de relieve especialmente las insuficiencias del capitalismo, es
una oportunidad en la que hace valer su idea de comunidad.
Ahora bien, ¿en qué sentido entiende Mariátegui la idea indígena de comunidad?
Conviene recordar que este pensador puso el acento en la consideración económica
y social de la comunidad, más que en su reivindicación humanitaria. El dice que
la defensa de la comunidad no debe plantearse en términos abstractos de justicia
o en consideraciones sentimentales, sino en razones económicas y sociales
relacionadas con la distribución de la tierra. Utilizando algunos estudios que
se habían realizado en su época sobre la realidad económica del indígena (Castro
Pozo, César Ugarte, entre otros), hizo el elogio del modo como se desarrolló la
apropiación de la tierra así como las relaciones colectivas de trabajo. Y en esa
dirección revalorizó el trabajo colectivo, la apropiación común, la solidaridad
y el disfrute compartido.
Sin embargo, también se refirió repetidas veces al modo como la comunidad fue
afectada por el proceso del latifundio heredado de la conquista, al considerar
que la dinámica y la estructura de la comunidad indígena fue aprovechada por las
prácticas feudales, convirtiendo a las comunidades indígenas en un ámbito de
servidumbre. Pero Mariátegui también advirtió que el problema de la destrucción
de la comunidad indígena no sólo se produjo durante la época colonial, sino que
continuó durante el período republicano, durante el cual no se atacó el
latifundio; y aunque se procedió a legislar sobre la distribución de la tierra a
los indígenas, se atacó el corazón de su organización comunitaria. En suma, para
este pensador la colonia fue un período en que la comunidad fue utilizada para
el desarrollo de formas de servidumbre, mientras que el período republicano, que
se extiende hasta el siglo XX, condujo a su fragmentación, especialmente debido
a la forma como fue abordado el problema de la propiedad.
Frente a este problema, que representaba un eje central de la historia del Perú,
se presentó la opción histórica del socialismo. Mariátegui hizo un notable
énfasis en las semejanzas que existían entre la comunidad indígena y la
comunidad primitiva a la cual se refirió Marx cuando hablaba del comunismo, pero
sobre todo planteó la posibilidad de reivindicar la idea de comunidad a partir
de las ideas de cooperación, solidaridad y propiedad colectiva de la tierra que
se planteaban en el seno del proyecto socialista. Es cierto que fue partidario
de una conducción estatista de la sociedad, pero mucho más énfasis hizo en la
necesidad de la cooperación que surge a partir de la experiencia comunitaria. Y
es en la reflexión que Mariátegui hace sobre el problema de la tierra donde se
pone de manifiesto su reivindicación de los indígenas al mostrar claramente la
adopción del punto de vista socialista en oposición al punto de vista liberal.
En este sentido, descartó la solución liberal e individualista, que consistía en
fraccionar los latifundios y crear pequeñas propiedades. Se trataba, más bien,
de reivindicar “la supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo
práctico en la agricultura y la vida indígenas”.
Sin embargo, creemos que este pensador no hizo de la reivindicación del
indigenismo una reflexión meramente utópica semejante a la que Vargas Llosa, por
ejemplo, encontró en José María Arguedas cuando habla de la utopía arcaica. [10]
Mariátegui pensó en la opción del socialismo, pero también tenía presente la
experiencia histórica del capitalismo anglosajón, al que le reconocía sus
méritos. Seguramente teniendo en cuenta las reflexiones de Max Weber, reconoció
el espíritu del capitalismo anglosajón, impulsado por el protestantismo y, más
específicamente, por el individualismo. Por ello sería erróneo pensar que este
pensador hizo una defensa de la comunidad sin pensar en la posibilidad de que
ella pudiera adaptarse a otros modos de producción económico-social.
Pues si bien encontramos una severa crítica al modo como la comunidad fue
afectada durante la conquista, la colonia y la república, Mariátegui se planteó
la posibilidad de que la comunidad se hubiese desarrollado incorporando algunos
elementos del capitalismo. Pero de este modo, a nuestro juicio, se revelan
contradicciones insalvables en la reivindicación de la comunidad indígena para
el desarrollo del Perú. La opción histórica que tenía en mente era la del
socialismo, en el cual encontraba posibilidades de desarrollo de la experiencia
comunitaria. La propiedad y el trabajo común, la cooperación y la solidaridad
constituían la solución a lo que él llamó el problema de la tierra. Sin embargo,
al descalificar constantemente al capitalismo criollo y dependiente, hizo el
elogio del capitalismo anglosajón y, curiosamente, por esa vía, también
reivindica al individualismo liberal. Son numerosos los pasajes de los Siete
ensayos donde compara la colonización española, dominada por el estatismo, con
la colonización inglesa, dominada por el espíritu de los “pioneros”, como le
gustaba recordar y elogiar.
Por ello, si fuese posible actualizar la obra de Mariátegui en términos de la
filosofía política contemporánea, podríamos decir que fue un claro pensador
comunitarista inspirado en la experiencia del socialismo, pero que no dejó de
reconocer los logros económicos del individualismo liberal. Su obra refleja de
alguna manera la tensión entre esos extremos que han sido teorizados en la
justificación de la sociedad contemporánea. Y es también en esa dirección que
sus ensayos sobre la realidad peruana representan un aporte en la interpretación
del imaginario político. Creemos que junto a la lectura que hicieron los
marxistas peruanos, especialmente en los años setenta, reivindicando la solidez
y la coherencia del pensamiento de Mariátegui, así como la lectura –de origen
fundamentalmente académico e institucional- donde se destacan sus aportes al
estudio del indigenismo y de la literatura, también es posible ofrecer un
esquema de lectura a través de la cual se puede mostrar, como decíamos, las
tensiones que encierra su obra, no con el fin de restarle valor, sino por el
contrario, con la finalidad de mostrar la riqueza de su pensamiento y, sobre
todo, su capacidad para articular y poner de relieve las incertidumbres que
encerraba la realidad misma que estaba estudiando.
Esa capacidad le permitió a los ensayistas latinoamericanos no tanto ofrecer
soluciones, sino comprender la realidad de una manera tal que sus obras
reflejen, digámoslo así, su tiempo, con sus posibilidades históricas y sus
utopías, pero también con sus incertidumbres y contradicciones. En ese sentido,
el ensayista cuenta con el privilegio de ofrecer un cuadro donde la descripción
y la interpretación tienen mucho más peso que la necesidad de ofrecer
soluciones, pero donde, curiosamente, pueden hallarse las bases para pensar
mejor las soluciones. No se trata de menospreciar o desplazar el trabajo de los
científicos sociales, sino de revalorizar una mirada que quizás en muchas
ocasiones ha sido descuidada. En el caso de Mariátegui, creemos que su obra es
igualmente un testimonio de la fuerza pero también de las contradicciones que
surgieron a comienzos del siglo XX –y que todavía persisten- en torno a las
reivindicaciones del comunitarismo indígena frente a las demandas del proceso
capitalista modernizador. En esa dirección, el imaginario político peruano no ha
dejado de moverse entre los extremos culturales, políticos y económicos que
Mariátegui describió en sus Siete ensayos.
________________________________________
[1] Se trata de un fenómeno que apenas comienza a ser estudiado. Es necesario
advertir que el término “neopopulismo” quizás no tenga la claridad epistémica
que permita acercarse adecuadamente al rumbo que están tomando algunos países,
sobre todo si se toma en cuenta que ha sido cuestionada incluso la eficacia
interpretativa del concepto originario de “populismo” con el cual se intentó
ofrecer una visión de conjunto de América Latina. Véase al respecto Aníbal
Quijano, “Populismo y fujimorismo”, en Cuadernos de Ciencias Sociales, Costa
Rica, 1997. Una visión panorámica, entre otras, se halla en Michael Coniff (Ed.)
Populism in Latin America,Tuscaloosa and London, University of Alabama Press,
1999. Probablemente no es casual que en el Congreso de la Latin American Studies
Association, Dallas, marzo, 2003, se haya organizado una Plenaria y varias mesas
en torno al fenómeno del neopopulismo en América Latina. (Véase el programa
respectivo editado con el título The global and the local. Rethinking Area
Studies, University of Notre Dame, 2003).
[2] Cabe destacar al respecto la contribución académica y cultural que ha
ofrecido, por ejemplo, FLACSO a través de las diversas iniciativas editoriales a
lo largo de América Latina.
[3]Véase al respecto Martín-Barbero, J. Imaginarios de nación: pensar en medio
de la tormenta, Bogotá, Ministerio de Cultura, 2001; Vengoa, H.F.,
Globalización: discursos, imaginarios y realidades. Santa fe de Bogotá:
Ediciones Uniandes, 2001; Bayardo R., Lacarrieu M. (Compiladores), Globalización
e identidad cultural. Buenos Aires: Ediciones CICCUS, 1997; Brunner, J.,
Globalización cultural y posmodernidad. Santiago: Fondo de Cultura Económica,
1998.
[4] Bartra, Las redes imaginarias del poder político. México: Instituto de
Investigaciones Sociales, UNAM, 1981; Laclau, E., Mouffe, Ch., La democracia de
fin de siglo. Asunción: Centro de Documentación y Estudios, CDE, 1991; Castro
Gómez, S. Crítica de la razón latinoamericana. Barcelona: Puvill Libros, 1996;
Martín-Barbero, J., Imaginarios de nación: pensar en medio de la tormenta.
Bogotá: Ministerio de Cultura, 2001; García Canclini, N., Políticas culturales
en América Latina. México: Grijalbo, 1987.
[5] Véase a este respecto el Repertorio Iberoamericano de Ensayistas, Filósofos
y Críticos elaborado por José Luis Gómez Martínez ( http://ensayo.rom.uga.edu/filosofos/index.htm).
Existen diversos estudios críticos y antológicos por países. Baste citar de
Marsal, J.F., Los ensayistas socio-políticos de Argentina y México (aportes para
el estudio de sus roles, su ideología y su acción política). Buenos Aires:
Instituto Torcuato di Tella, Centro Investigaciones Sociales, 1969; Rodríguez
O., Ensayistas venezolanos del siglo XX: una antología. Caracas: Contraloría
General de la República, 1989.
[6] Taylor, Ch., Multiculturalism and "The politics of recognition". Princeton:
Princeton University Press, 1992; MacIntyre, A., After virtue: a study in moral
theory. Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1981; Walzer, M., Spheres of
justice: a defense of pluralism and equality. New York: Basic Books, 1983.
[7] Mariátegui, José Carlos, Siete ensayos de interpretación de la realidad
peruana. Lima: Editorial "Librería peruana", 1934. Utilizamos la edición de la
Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1979, con Prólogo de Aníbal Quijano y Notas y
cronología de Elizabeth Garrels.
[8] Sobre la formación intelectual de Mariátegui y el conjunto de tendencias
interpretativas y doctrinarias que heredó, véase el excelente prólogo de Aníbal
Quijano, ya citado (pp.ix-xc)
[9] Aricó, José, La cola del diablo: itinerario de Gramsci en América Latina.
Buenos Aires: Puntosur Editores, 1988. Véase del mismo autor la selección y
prólogo a Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, México:
Ediciones Pasado y Presente, 1978.
[10] Vargas Llosa, Mario, La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones
del indigenismo, México, FCE, 1996.
Comparte y promueve este artículo en Internet con
Cortesía de Omar AstorgaNube de Tags
horoscopo juegos gratis musica noticias monografias casino tarot directorio de blogs tests interpretación de sueños conocer gente peliculas online empleos poker angeles consultorio sexual becas diarios de viajes animes clasificados chistes fotolog videos online monografias agrega tu link aqui