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La Filosofía tiene la particularidad de ser una ciencia de efecto universal.
Esto quiere decir que su producto o resultado –el filosofar- no se restringe a
esferas locales (una región), nacionales (un país) o continentales
(Latinoamérica) como sustentan los continuadores del relativismo, en el caso
nuestro: Haya de la Torre y Salazar Bondy. Cuando Platón (428-348) y Aristóteles
(384-322) se esforzaron por precisar el rol que correspondía a cada sector de la
sociedad griega y concluyeron que unos habían nacido para “gobernar” y otros
para “obedecer”, tal análisis no sólo fue aplicado en la Helade y sus colonias.
Ya había sido puesto en práctica mucho antes en Oriente y Nor-Africa; luego fue
tomado por el Imperio Romano y desde allí se extendió por todo Occidente,
llegando a América Latina en 1492 por intermediación de España.
Cuando Aurelio Agustín (354-430) y Tomás de Aquino (1225-1274) nos hablan del
desdén por el mundo sensorial y sus tentaciones y nos encaminan para prepararnos
en pos de una vida digna al lado del Hacedor, incuestionablemente no se estaban
refiriendo a los de Hipona o a los universitarios de Roma. Su recetario se
dirigiría a los confines del mundo y por ello Bartolomé Herrera exigirá en esta
parte del mundo, ardientemente que, cada quien –cada clase- ocupe su lugar.
Cuando los ingleses Francis Bacón (1561-1626), Thomas Hobbes (1588-1679), y John
Locke (1632-1704) examinan el problema del Estado, innegablemente sus postulados
no los proyectan sólo para los límites de la Gran Bretaña. Como se sabe, el
Estado burgués internacionalizó prontamente los esquemas y fórmulas políticas
favorables a sus intereses, esquemas de los que se sirvieron los revolucionarios
en Francia y los Estados Unidos de Norteamérica en el Siglo XVIII y después los
caudillos de la independencia en América del Sur. Esto significa que el éxito
alcanzado por las fuerzas productivas en las sociedades modernas han trocado las
ideas, de parroquiales que eran a cosmopolitas. En efecto más tarde, al aparecer
el método y la filosofía positivistas en el suelo francés, va ser transportado y
aplicado fructíferamente por los utilitaristas ingleses como Stuart Mill
(1806-1873), los pragmatistas norteamericanos como William James (1842-1910) y
John Dewey (1859-1952). Aún nuestros connacionales Javier Prado Ugarteche, Jorge
Polar, Joaquín Capelo y Manuel Vicente Villarán, querrán adaptar apresuradamente
en nuestro medio.
Al brotar un nuevo método y filosofía denominada: Fenomenología, útil para los
designios de los réditos imperialistas, prestamente va tener que ser
propagandizado por sus partidarios en América Latina y se va imponer como curso
obligado en los claustros universitarios. En esta estrategia cayeron envueltos
pensadores como Carlos Cueto Fernandini, Augusto Salazar Bondy, Luis Felipe
Alarco y Francisco Miró Quesada, para citar sólo a los iniciadores.
En cambio, cada vez que las clases populares y en estos últimos tiempos, el
proletariado y sus intelectuales, han querido difundir el marxismo original que
fue estructurado para las sociedades capitalistas en su fase premonopólica se ha
querido sostener que la ideología marxista no es aplicable a nuestra realidad;
que no se puede ser dogmático ni mecánico en seguir a “pie juntillas” la teoría
de la violencia o en la interpretación de los modos de producción. Para los
regímenes de turno ha sido fácil motejar de “anarco-comunistas” a quienes por
solidarizarse con las demandas de la clase trabajadora han querido buscar un
modelo social más justo.
Se argumenta pues, inútilmente, que el marxismo es vigente sólo para las
naciones europeas. Y no falta quienes dicen que su validez quedó agotada en el
siglo pasado, dado que a la fecha ha sido superado por otras corrientes. Sin
embargo, los hechos han robustecido y enriquecido a la ideología marxista. Así
Lenin la ha desarrollado en la fase monopólica del capitalismo, colocando
victoriosamente en el poder soviético a la clase proletaria. De ahí la
denominación de: marxismo-leninismo a la continuación de la ideología proletaria
en la primera mitad de este siglo. Pero el vertiginoso ascenso del marxismo no
ha quedado allí. En 1949, en China, se plasma la instauración de la dictadura
del proletariado, teniendo como líder a Mao Tsetung, el que a través de sus
escritos muestra que es posible el paso de las sociedades semifeudales –como el
caso nuestro- hacia una sociedad socialista. A partir de ello se hablará de una
tercera fase en el desarrollo de la filosofía proletaria:
marxismo-leninismo-maoísmo.
No bien fue difundida la ideología proletaria en la segunda mitad del siglo
pasado, fue combatida ardorosamente por la pequeña burguesía, que en aquel
entonces tenía como caudillos a Atirner, Proudhón y Bakunin, portadoras de las
tesis anarquistas, llamadas paradójicamente “socialistas-libertarias”. De ahí
que, a decir de Piedad Pareja (1) entre una y otra ideología, la clase
trabajadora en el Perú, compuesta a decir de Capelo (2) mayormente por
artesanos: joyeros, carpinteros, panaderos, portuarios y pocos textiles cayó en
garras del anarquismo propagado desde Italia y Argentina. Todo esto por ausencia
de una clase proletaria. Aquí reside la explicación de por qué Gonzáles-Prada, a
pesar de tener una concepción materialista espontánea mediatiza por el
positivismo y naturalismo, no podrá comprender la importancia del materialismo
histórico que correspondía ya su tiempo y del cual tuvo que haberse informado
necesariamente en Europa, y haya preferido más bien, a decir de Mariátegui (3),
adherirse al “lejano y abstracto utopismo de Kropotkin”. Pero Prada muere
justamente en 1918, año en que la propaganda del impacto de la primera
revolución socialista en el mundo, será recibida en los medios populares
(proletarios y pequeño burgueses) como la cristalización de una teoría que por
los burgueses finiseculares había sido anatematizada y considerada una utopía.
La acogida favorable que tienen el marxismo entre los intelectuales, campesinos
y fundamentalmente obreros, toma a Mariátegui, a decir de su biógrafo Guillermo
Rouillón (4), precisamente cuando ya había mostrado desde joven su proclividad
al socialismo. Enterado de cerca de la repercusión del marxismo-leninismo en los
propios gremios fabriles de Europa, retornará después de un viaje de 4 años al
Perú, preñado del convencimiento de que el socialismo no es una utopía sino una
realidad. Así es como José Carlos, aplica loablemente la teoría
marxista-leninista a la realidad no sólo del pueblo peruano sino también del
latinoamericano, y finalmente formula tesis válidas para los pueblos oprimidos
en general. Al respecto, hay un ecuménico reconocimiento por parte de escritores
de renombre, entre ellos: Adalberto Dessau (5) que lo tipificará como “el primer
gran teórico del marxismo leninismo en América Latina… organizador de la clase
obrera peruana y su partido y propagandista del marxismo-leninismo… maestro
indiscutible de la intelectualidad progresista… Rebasó las fronteras de su país
y tuvo un eco continental del que son testimonio los incontables trabajos”.
Fallecido Mariátegui, sus epígonos, en lugar de continuar con fuerza su legado
teórico fueron sobrepasados por el verbalismo radical de Haya de la Torre. Pero
producida la revolución cubana en 1959 y por el propio desarrollo de las
contradicciones al interior de nuestro país, se retomó la ideología proletaria
como guía para la transformación de sus estructuras.
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Cortesía de Manuel Alexis Velàsquez RangelNube de Tags
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