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En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús, entrando en
casa del fariseo, se puso a la mesa. Y una mujer pecadora, al enterarse de que
estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y,
colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con
sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los
ungía con el perfume.
Jesús le dijo: Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos
denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los
dos. ¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: Supongo que aquel a quien le
perdonó más.
Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor;
pero al que poco se le perdona, ama poco. Tu fe te ha salvado, vete en paz (Lc
7,36-8,3).
Jesucristo propone esta parábola del prestamista que tenía dos deudores, para
manifestar que es el Mesías, que trae la salvación, que llega el Reino de amor y
misericordia y encumbra a la mujer al grado de igualdad y dignidad, que le
corresponde por su esencial entidad.
El salmista canta: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han
sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito"
(Sal 31,1-11).
San Pablo dice a los Gálatas: "Hermanos, estoy crucificado con Cristo: yo vivo,
pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo
de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la
gracia de Dios.
Dios nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros
pecados" (Gál 2,16.19-21).
David, a quien atribuye la tradición el conocido "Misserere", Salmo 31, lloró e
imploró el perdón: "Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado". Hizo penitencia, lo
que no suelen hacer los reyes", sentencia San Agustín, y su pecado fue
perdonado. Igualmente perdona Jesús a aquella pecadora, que lo buscó, y,
venciendo todo respeto humano, le regó los pies con sus lágrimas de
arrepentimiento, los besó y se los ungió con perfume. Porque amó mucho, se le
perdonaron muchos pecados. Habría sufrido muchos desengaños. Estaba desengañada
y hastiada de su vida. El fariseo pensaba: "Si éste fuera profeta, sabría quién
y qué clase de mujer es esta".
Jesús, que ha leído sus pensamientos, da a Simón la posibilidad de convencerse
de que Él es el Mesías; al mismo tiempo, con la parábola, prepara a todos para
comprender quien es y sale, como siempre, con su misericordia, en defensa de la
mujer. Jesucristo es el primer defensor de los derechos femeninos, devuelve a la
mujer su dignidad y la igualdad (cf. Lc 8,1-3), la admite en su discipulado, la
coge y trata en paridad de rango, la envía en misión, en la Samaritana y la
nombra Apóstol en la Magdalena y se aparece a ella la primera.
Jesús, dejando que la mujer le muestre todo su afecto y gratitud, actúa con
libertad y con autoridad y habla con toda franqueza. Se había arrepentido y fue
perdonada, vino a Cristo a expresarle, con signos externos, su cariño y
agradecimiento, y, allí, junto a Jesús, en ese encuentro sincero, siente que
Dios sigue creyendo en ella y le abre un futuro diferente. Simón no tenía
conciencia de ser pecador ni de que hubiera de ser perdonado, por lo que no
brotaba el amor en su corazón. El evangelio de hoy invita a experimentar el amor
y el perdón de Dios, a elevar la plegaria de alabanza y a expresar gratitud en
el afecto cercano al prójimo.
La pecadora, como el hombre que encontró un tesoro y fue, vendió todo lo que
tenía y lo compró, ha encontrado a Jesús y, cambiando su vida, ya no lo dejará
jamás. La mujer, como todo el mundo, iba buscando la felicidad, pero no la había
encontrado; la vida que llevaba no la hacía feliz, vivía la insatisfacción y un
vacío profundo. La felicidad estaba en la decisión de ir hasta Jesús con sus
lágrimas y arrepentimiento. La conversión es el camino de la felicidad y de una
vida plena. No es algo penoso, sino sumamente gozoso. Es el descubrimiento del
tesoro escondido y de la perla preciosa.
Muchas de estas mujeres siguen ese torbellino por necesidad, por cálculo o por
interés. La sociedad las margina. Jesús las acoge, las perdona y las pone en el
camino del amor y la entrega a Dios. El fariseo, que no creía necesitar perdón
de nada, se quedó sin el encuentro con Jesucristo. Lo había hospedado en su
casa. Pero, ni se conocía él mismo, ni había llegado a descubrir a Jesús en la
misericordia del Padre. Jesús salió de casa de Simón gozoso por haber encontrado
a una mujer que estaba perdida. "No son los sanos los que necesitan médico, sino
los enfermos" (Lc 5,31). Simón el fariseo también estaba enfermo, pero no lo
sabía ni le interesaba saberlo. Jesús entró en su casa, y él no supo penetrar en
la realidad de su huésped (Lc 7, 36).
Vivo, pero yo no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Camilo Valverde Mudarra
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