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“Pido a tu lecho el sueño sin sueños ni tormentos
con que duermes después de tu engaño, extenuada,
tras el telón ignoto de los remordimientos ,
tú que, más que los muertos, sabes lo que es la nada”.
Stéphane Mallarmé.
LA VOZ DEL SIMBOLISMO
De 1866 a 1876 publicó el editor Lemerre las tres series del llamado Parnasse
contemporain y estas antologías contenían composiciones de Leconte de Lisle,
Villiers de l’Isle-Adam, Coppée, Verlaine, Mallarmé, Glatigny, Armand
Silvestre... No unía a estos poetas otro lazo que el respeto que les inspiraba
el que aparecía como jefe, Leconte de Lisle, y el odio que todos sentían por la
vulgar negligencia en el arte de versificar. Como era natural en una agrupación
tan compleja, tan heterogénea, aparecieron pronto las divergencias.
Los que se consideraron como herederos de Baudelaire, en cuya imitación se
habían formado (Villiers de l’Isle-Adam, Verlaine y Mallarmé), siguieron su
natural inclinación y se convirtieron, con muy diversos matices en los maestros
del simbolismo. La calificación de parnasianos quedó reservada, sin saber por
qué razón, para los que sin poseer un programa literario común, permanecieron
fieles (aunque tomaron por distintos caminos), a Gautier, Banville y Leconte de
Lisle, unidos en una misma sujeción a una belleza que consideraba como
obligatoria la exactitud en la forma poética, sin que se perdonara la menor
caída o libertad poética, el menor ripio. Tenemos, pues, a los poetas franceses
de la mencionada época divididos en parnasistas y en simbolistas.
Mallarmé, que está considerado como uno de los grandes poetas del siglo XIX y el
antecedente claro de las vanguardias de los primeros años del XX, produjo una
obra no muy voluminosa pero considerada como fundadora de una escuela: el
simbolismo. Sus primeras poesías, escritas en el estilo de Charles Baudelaire y
que reflejan la influencia del Parnaso, contienen, no obstante, los temas que
desarrollaría en su obra madura. Tras la publicación de diez de estas
composiciones en el Parnaso contemporáneo (1866), dio comienzo a la creación de
una poética nueva con Herodías (1869), donde se propone describir “no la cosa,
sino el efecto que esta produce”.
En las reuniones de los martes con sus amigos se va constituyendo la nueva
escuela, cuya aparición pública se fecha en 1876 con la publicación de La siesta
de un fauno (poema que sirvió de inspiración al músico Claude Debussy), y cuyos
presupuestos implican alcanzar la poesía pura y el absoluto a través de las
relaciones simbólicas, antes que lógicas, lo enigmático y la ensoñación. La obra
de Mallarmé que él consideraba como un único “libro” -que a su muerte quedó
inconcluso-, que se caracteriza por una exigencia casi ascética para crear un
lenguaje y una sintaxis que permitieran ese camino, desembarazando al texto de
todo arraigo en lo histórico y dotándolo de una fuerte estructura ontológica.
Son característicos en ella la brevedad, la oscuridad, la exquisitez formal, un
fondo vagamente insinuado y el experimento tipográfico. Para ser del todo justo
con Mallarmé hay que conceder que, en rigor, hay en él dos poetas: uno harto
sutil, pero claro, y otro incomprensible, oscuro. Opto por el primero. El
segundo ya lo calificó el mismo: “callejón sin salida”.
Stéphane Mallarmé, bautizado con el nombre de Étienne Mallarmé, nace en París el
18 de marzo de 1842 y muere en Valvins el 9 de septiembre de 1898. A la muerte
de su madre, cuando contaba con cinco años de edad, fue tutelado por sus
abuelos. La muerte de su hermana María le marcó profundamente. En 1862, conoce a
María Gerhard, joven alemana, con la que se va a vivir a Londres, para
prepararse como profesor de inglés. Se casa con María en agosto de 1863.
Profesor de inglés en el liceo Condorcet de Tournon y traductor de Willian
Beckford y Edgar Allan Poe. En 1871 se instala en París. El 8 de septiembre de
1898 sufrió un espasmo de laringe. Pidió a su mujer y a su hija que destruyeran
sus escritos, diciendo: “No tengo herederos literarios...” Al día siguiente, por
la mañana, murió.
Entre su producción destacan: Los dioses antiguos (1880), Poesías (1887),
Páginas (1890), Verso y prosa (1892), Divagaciones (1897) y Una tirada de dados
nunca abolirá el azar (1897). En 1899 apareció una edición póstuma de sus
Poesías completas. Su obra y sus teorías tuvieron gran influencia en dadaístas,
futurístas, herméticos y “poetas visuales”. Y como dijo la voz del simbolismo: “
Los versos no se hacen con ideas, sino con palabras”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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