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Cuando la violencia circula por el consultorio

Por Lic. Verónica Kenigstein

La psicología puede incurrir en abuso de poder sobre los pacientes. Pesan en ello las condiciones institucionales y el marco teórico elegido por el profesional.

La violencia implica una búsqueda de eliminar los obstáculos que se oponen al propio ejercicio del poder. Subyace el propósito de: a) anular el poder del otro; b) tomar el poder; c) mantener el ya conseguido.

Para reflexionar sobre las manifestaciones de la violencia en el campo de la clínica psicológica tendríamos que responder la pregunta acerca de los contextos de poder en que se desarrolla la práctica clínica. Un esquema tentativo de la distribución del poder nos ubicaría frente a la secuencia Institución-Terapeuta-Paciente. ¿Qué forzamientos se producen entre estas tres instancias?

El malestar generado por la violencia institucional pasa por el eje valoración-desvalorización: espacios físicos inadecuados, burocracia incomprensible, falta de remuneración justa y otros factores hacen que el espacio terapéutico se transforme en una rutina que desjerarquiza el rol profesional y que provee un contexto devaluado a los pacientes.

Los terapeutas disponen de instrumentos por los que circula su poder hacia los pacientes. El primero de ellos es el "poder de rotulación", que permite encasillar a una persona en una categoría psicopatológica en la cual quedará aprisionada. Nuestra formación muchas veces nos conduce a "psicopatologizar" abusivamente a quienes nos consultan, quienes a menudo se sienten inermes frente a nuestro "saber".

Otro instrumento de poder de los terapeutas es el que les permite fijar unilateralmente las características del dispositivo terapéutico. La teoría y la técnica a las que adhiere un terapeuta se transforma en una especie de lecho de Procusto al que el paciente tiene que adaptarse, independientemente del problema por el cual haya consultado.

Frente a estos poderes de las instituciones y de los terapeutas, a los pacientes les queda el "poder de deserción". Por cierto que este legítimo derecho es muchas veces rotulado como "resistencia", con lo cual se cierra el círculo de una de las formas que adopta la violencia en la clínico.

En los últimos años, los terapeutas hemos incorporado nuevos términos a nuestro vocabulario: bulimia, anorexia, suicidio infantil y adolescente, abuso intrafamiliar, menores en conflicto con la ley, adicciones, violencia en la escuela, estrés infantil, prostitución infantojuvenil, embarazo adolescente. Son fenómenos disímiles a los que, a primera vista, no se les encuentra el hilo conductor que permita relacionarlos. Sin embargo, una mirada atenta tal vez comience a encontrar denominadores comunes que están en la base de todos ellos. Los intentos de dar respuestas individuales a estos problemas suelen terminar en fracasos, porque no se trata de fenómenos psicopatológicos en el sentido clásico del término. La verdadera "cura" para todos esos nuevos síntomas emergentes estaría dada por la construcción de una cultura de la integración, en la que la aceptación del otro no siga las leyes de la oferta y la demanda.

Muchos de los síntomas que son habitualmente clasificados como emergentes de alguna estructura psicopatológica no son sino secuelas de diferentes formas de abuso (físico, psicológico o sexual) sufridos en diferentes etapas de la vida. Dado que en nuestra cultura la mayor parte de las formas que adopta la violencia interpersonal se hallan naturalizadas e invisibilizadas, los terapeutas, al no reconocerlas, se evitan un incómodo cuestionamiento acerca de sus propias violencias. La peor forma de negar la identidad de un fenómeno es designarlo con otro nombre.

Lo que quiero señalar es que en la práctica clínica, no soy interpelado por la violencia, sino que he necesitado aprender a interpelarla, a develarla, a nombrarla y he tenido que aprender nuevos marcos conceptuales y nuevos recursos técnicos para dar una respuesta adecuada al problema.

Jorge Corsi, PSICÓLOGO, DOCENTE DE LA UNIVERSIDAD DE PALERMO
Fuente: Clarín, 28-3-07. http://www.clarin.com/diario/2007/03/28/opinion/o-02702.htm

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Por Lic. Verónica Kenigstein
Publicado Monday 5 de May de 2008 en la Revista sexualidad sección mas


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