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Conocimiento sexual y género 2-3

Por Lic. Verónica Kenigstein

Se establecen las normas que los miembros de una sociedad deben seguir y que no deben traspasar si no quieren ser excluidos de alguna manera. Y estas mismas normas son las que determinan los cánones que delimitan el concepto de sexualidad con todos sus componentes y derivados. Si en una sociedad determinada, por ejemplo, la norma es que las mujeres deben esperar que los hombres tomen la iniciativa para iniciar una relación de tipo sexual o amorosa, los miembros de esa sociedad considerarán esa realidad como parte de su conocimiento sexual.

Lo interesante es que este comportamiento no es inherente al hecho biológico de ser hombre o mujer, sino que está asociado al concepto de género, o “lo que se espera que una mujer o un hombre haga para ser considerado ‘correcto’ o ‘normal’”.

Si a las niñas se les enseña desde pequeñas que una mujer no debe disfrutar de su sexualidad porque en dicho caso estaría fuera de la norma (“serás considerada una ‘cualquiera’”) es muy probable que el conocimiento de esta persona con respecto a su propia sexualidad (y la de otras mujeres también) tenga sus anclas en esta aseveración que recibió como parte de su socialización. Es decir, el hecho de ser mujer no implica inherentemente desde ningún punto de vista la posibilidad o imposibilidad de disfrutar plenamente de la sexualidad. Esta realidad es algo que se aprende y se relaciona con el concepto de género. Por ello es tan importante concebir los programas de educación sexual orientados hacia la libertad y la plenitud.

Lo mismo ocurre con los hombres y su conocimiento sexual. En nuestra sociedad occidental, sobre todo en los países de América Latina, se enseña (desde el hogar, la escuela, la industria cultural en general) que son los hombres quienes deben tomar las iniciativas y que como la sexualidad masculina es (aparentemente) menos complicada (por la localización fundamentalmente externa de sus órganos principales) que la femenina, los varones deben ser sexualmente activos de forma constante. Ello quiere decir que si se les presenta la oportunidad de tener relaciones sexuales o erotismo de alguna forma con una mujer (independientemente de si le gusta o no) DEBE responder activamente. Y que si no lo hace, “hay algo mal en su masculinidad”.

Pero no se toma en cuenta el hecho de que las personas tenemos el derecho (no importa si somos hombres o mujeres) de actuar de acuerdo con nuestro sentimiento más legítimo. Si a una persona (varón o mujer) no le gusta alguien no está obligado a embarcarse en una aventura sexual de cualquier tipo, porque estará quebrando su propio equilibrio, que subyace en la congruencia de sus actos, con sus sentimientos, actitudes, sensaciones y emociones.

Proponemos, por ejemplo, que el hecho de que los hombres tengan mayor facilidad que las mujeres a separar el sexo del amor (y por consiguiente una mayor disposición a tener relaciones sexuales sin necesidad de unir ambos conceptos) es el resultado de una cuestión de género. Con la existencia de los métodos anticonceptivos prácticamente se anula la racionalización de que las mujeres requieren una mayor prudencia en su aproximación a la sexualidad por el riesgo de un embarazo no deseado (y/o también de contagio de enfermedades de transmisión sexual). Y que los varones no corren ese riesgo.

La atribución a estas razones provenientes de mensajes de socialización sobre la posibilidad o no, de la mayor necesidad o no, de disfrute o contacto sexual comienza a ser objeto de reflexión crítica en términos del análisis, desde la perspectiva de género, de las relaciones entre las personas.

Inclusive el conocimiento del propio cuerpo y del funcionamiento sexual está en muchas circunstancias sesgado por lo que los niños o las niñas “deberían o no” saber según las normas socializantes que persiguen el mantenimiento del status quo, con el consiguiente androcentrismo que las ha caracterizado desde hace siglos. La información es poder. Por lo que (cada vez menos, pero aún persiste esta situación en alguna medida) es permisible que los hombres tengan información y conocimientos, pero ello no es deseable para las mujeres.

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Por Lic. Verónica Kenigstein
Publicado Friday 9 de May de 2008 en la Revista sexualidad sección mas


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