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Se establecen las normas que los miembros de una sociedad deben seguir y que
no deben traspasar si no quieren ser excluidos de alguna manera. Y estas mismas
normas son las que determinan los cánones que delimitan el concepto de
sexualidad con todos sus componentes y derivados. Si en una sociedad
determinada, por ejemplo, la norma es que las mujeres deben esperar que los
hombres tomen la iniciativa para iniciar una relación de tipo sexual o amorosa,
los miembros de esa sociedad considerarán esa realidad como parte de su
conocimiento sexual.
Lo interesante es que este comportamiento no es inherente al hecho biológico de
ser hombre o mujer, sino que está asociado al concepto de género, o “lo que se
espera que una mujer o un hombre haga para ser considerado ‘correcto’ o
‘normal’”.
Si a las niñas se les enseña desde pequeñas que una mujer no debe disfrutar de
su sexualidad porque en dicho caso estaría fuera de la norma (“serás considerada
una ‘cualquiera’”) es muy probable que el conocimiento de esta persona con
respecto a su propia sexualidad (y la de otras mujeres también) tenga sus anclas
en esta aseveración que recibió como parte de su socialización. Es decir, el
hecho de ser mujer no implica inherentemente desde ningún punto de vista la
posibilidad o imposibilidad de disfrutar plenamente de la sexualidad. Esta
realidad es algo que se aprende y se relaciona con el concepto de género. Por
ello es tan importante concebir los programas de educación sexual orientados
hacia la libertad y la plenitud.
Lo mismo ocurre con los hombres y su conocimiento sexual. En nuestra sociedad
occidental, sobre todo en los países de América Latina, se enseña (desde el
hogar, la escuela, la industria cultural en general) que son los hombres quienes
deben tomar las iniciativas y que como la sexualidad masculina es
(aparentemente) menos complicada (por la localización fundamentalmente externa
de sus órganos principales) que la femenina, los varones deben ser sexualmente
activos de forma constante. Ello quiere decir que si se les presenta la
oportunidad de tener relaciones sexuales o erotismo de alguna forma con una
mujer (independientemente de si le gusta o no) DEBE responder activamente. Y que
si no lo hace, “hay algo mal en su masculinidad”.
Pero no se toma en cuenta el hecho de que las personas tenemos el derecho (no
importa si somos hombres o mujeres) de actuar de acuerdo con nuestro sentimiento
más legítimo. Si a una persona (varón o mujer) no le gusta alguien no está
obligado a embarcarse en una aventura sexual de cualquier tipo, porque estará
quebrando su propio equilibrio, que subyace en la congruencia de sus actos, con
sus sentimientos, actitudes, sensaciones y emociones.
Proponemos, por ejemplo, que el hecho de que los hombres tengan mayor facilidad
que las mujeres a separar el sexo del amor (y por consiguiente una mayor
disposición a tener relaciones sexuales sin necesidad de unir ambos conceptos)
es el resultado de una cuestión de género. Con la existencia de los métodos
anticonceptivos prácticamente se anula la racionalización de que las mujeres
requieren una mayor prudencia en su aproximación a la sexualidad por el riesgo
de un embarazo no deseado (y/o también de contagio de enfermedades de
transmisión sexual). Y que los varones no corren ese riesgo.
La atribución a estas razones provenientes de mensajes de socialización sobre la
posibilidad o no, de la mayor necesidad o no, de disfrute o contacto sexual
comienza a ser objeto de reflexión crítica en términos del análisis, desde la
perspectiva de género, de las relaciones entre las personas.
Inclusive el conocimiento del propio cuerpo y del funcionamiento sexual está en
muchas circunstancias sesgado por lo que los niños o las niñas “deberían o no”
saber según las normas socializantes que persiguen el mantenimiento del status
quo, con el consiguiente androcentrismo que las ha caracterizado desde hace
siglos. La información es poder. Por lo que (cada vez menos, pero aún persiste
esta situación en alguna medida) es permisible que los hombres tengan
información y conocimientos, pero ello no es deseable para las mujeres.
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