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La ignorancia es el punto de partida para la inconsecuencia, el desorden y
los errores en cualquier terreno. También en el terreno espiritual. El
desconocimiento de las leyes y pautas por las que se rige nuestra alma produce
en nosotros múltiples problemas y, según cuáles sean, nuestros actos pueden
llegar a tener graves consecuencias en nuestras vidas.
Hay muchos grupos de poder mediático, político, intelectual y científico
interesados en mantener a las personas lo más lejos posible de una concepción
espiritual de la existencia, y otros grupos poder religioso como es el caso de
las iglesias- interesados en canalizar, desviados de su esencia y en beneficio
propio, los sentimientos espirituales que pueden haberse despertado en muchos
seres humanos.
De modo que unos quieren mantener ignorante a la gente y otros prefieren vivir
de ese desconocimiento y hacer negocio con él, o simplemente aprovechar la
devoción de otros a la persona de un líder, y servirse de ellos, atándolos así a
su propio destino como alma cambio de supuestos beneficios espirituales.
Pero el utilizar en beneficio propio el sentimiento espiritual de los ignorantes
de buena voluntad no es algo exclusivo de gurús, sectas destructivas o iglesias
falsamente cristianas que es lo normal en el mundo occidental, sino de toda
religión jerarquizada y basadas en dogmas, ceremonias, rituales, en oriente y en
occidente, que pretenden ser modelos de relación con la divinidad y expresión
del (supuesto) poder director de almas de los sacerdotes o intermediarios de
cualquier nombre que ofician e interpretan la verdad para el pueblo
creyente/ignorante.
El ignorante espiritual es una persona que desconoce o no reconoce correctamente
su condición espiritual. Por tanto no sabe muy bien quién es verdaderamente, ni
para qué está en este mundo. Mucho menos sabe, lógicamente, si hay otro mundo
más allá de este, y resulta impensable que pueda imaginarse su papel allí si ni
siquiera es capaz de ver su papel aquí. Pues bien: quien reúne estas
características es la víctima adecuada para ser seducido por alguno de los
grupos o personas que sí aparentan saber, y que ante los ojos del ignorante
espiritual aparecen como líderes en los que confiar.
Los supuestos líderes pueden ser mundanos o religiosos, como queda dicho, pero
los primeros utilizan todo tipo de códigos y artimañas legales y la violencia,
si es preciso, para hacerse de respetar y ser aceptados de un modo u otro para
que los ignorantes les cedan su poder y se sometan. Los segundos, los
religiosos, utilizan los mismos recursos, más otros añadidos como la invocación
del infierno y males de todo tipo a quienes desobedecen a sus pastores.
El resorte del miedo es aquí tan eficaz o más que en el mundo laico. Unos y
otros coinciden, además, en que pretenden representar LA VERDAD en sus
respectivas esferas de influencia. Pero el ignorante espiritual no sabe
distinguir lo verdadero de lo falso, la realidad de su apariencia, y está tan
perdido en este mundo, llevado y traído de acá para allá por políticos, curas,
intelectuales, líderes de sectas y otros ídolos personales, que cuando se mira
en su propio espejo interior la propia imagen está tan desdibujada que ni sabe
quién está detrás de sus pensamientos y de sus emociones. Él no lo sabe, pero
eso es justo lo que se pretende que le ocurra.
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