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Fenomenología (imprecisa) del "Lambiscón"
Por Fernando Buen Abad Domínguez
Cultura de una mansedumbre utilitarista... cualquier parecido con las
coincidencias es pura realidad.
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Fundación Federico Engels
"No lo sé de cierto pero..."
Lambiscón: Dícese en general, de aquellos que en la búsqueda, o conquista, de un
beneficio (casi siempre relacionado con bienes, servicios o dinero) descienden
su capacidad de crítica hasta el nivel de cero. Que histerizan voluntariamente
su vocabulario y conducta referencial con halagos a quemarropa, lisonja
oportunista, obsecuencia voluntarista donde reina una moral de reptil. Dícese
también del habito estereotipado con que militan ciertos funcionarios que, al
asumir sus cargos nuevos, ejercen apresuradamente el arte del lambiscón, en todo
ocasión de saludo, discurso u ofrenda a sus jefes. Dícese incluso del estilo que
muchos gerentes practican con avidez para cuidar, prolongar o afianzar sus
puestos. En fin, dícese de todo aquel gesto (primo hermano de la
auto-humillación) al que recurren, unos por obligación y otros por placer, a
diestra y siniestra. Herencias de la estética burguesa.
Lambiscones hay por todas partes, son ya ingrediente inventariado de muchos
paisajes cotidianos. Van y vienen con su inefable proclividad al zarandeo de los
egos para hacer que caiga el fruto de los favores clandestinos, unas veces
vacuos y otras no tanto. Los lambiscones proclaman sus métodos como coartada
perfecta y como doctrina de uso, la creen eficaz y eficiente, la creen necesaria
y la creen ejemplar. Eso encanta a los jefes. Un séquito de lambiscones bien
entrenados suele ser la envidia de muchas oficinas. En algunos países "lejanos"
aun hay jefes que se intercambian lambiscones como otrora se intercambiaban los
esclavos. Eso da satisfacción a los jefes. Plenitud de autoritarios.
Los lambiscones son maestros de cierto empirismo muy de moda en nuestros días y
muy conveniente para los devaneos de la mayor parte de los burocartismos. Se
sabe de grandes lambiscones que dejaron su huella en las páginas históricas del
tráfico de influencias, del reino de las calumnias contra –incluso- otros
lambiscones, del ascenso vertiginoso a cargos insospechados. Hay lambiscones
para todos los gustos y todos los disgustos. ¿Hace falta poner sus nombres?
Un lambiscón profesional es primeramente un mercenario de la saliva. Va por el
mundo diariamente –disciplinadamente- cortejando oídos seduciendo vanidades...
no para ni un minuto. Lambisconea a destajo, a unos y a otros, para bien o para
mal. El lambiscón profesional se lambisconea –incluso- a sí mismo y no tiene
pudor alguno en lambisconear a cualquiera, al azar, en su presencia o a
distancia, por el sólo hecho de auto-regalarse lisonjas personalizadas. Arte de
confirmarse en su talento agudo, en el arte conspicuo de lambisconear a quien
convenga como modus vivendi. Todo lambiscón que se precie es selectivo por
antonomasia. Sólo se lambisconea a quien se puede sacar algo de provecho. Esa es
la ética rigurosa de todo lambiscón que, con cierta experiencia, pretende que no
se le note. El arte mayor del lambiscón radica en hallar su presa y
lambisconearla mientras sirva. Hay, de seguro, un tráfico secreto de presas
usadas por el gremio de los lambiscones, se intercambian por favores y se
cotizan con valor mercado.
Género y número
El lambiscón precoz es proclive a la maledicencia contra quienes los detectan
con facilidad. Al lambiscón le gusta ser notado pero bajo cierta discreción, no
tolera demasiadas luces, su ser es la opacidad y su "caldo de cultivo" son
ciertas sombras rinconeras muy frecuentas en las salas de espera de los jefes.
Por sus habilidades publicitarias el lambiscón es presa fácil de los servicios
de inteligencia, que suelen usarlo contra su voluntad e incluso sin que se
entere, para difundir, trasfundir o refundir el prestigio de alguien,
individualmente o en grupo.
Porque el lambiscón es un chismoso de la vanidad, un leguleyo del amor propio,
un lenguaraz del ego enamorado de ese oficio añejo que consiste en hacerse la
vida fácil gracias a lambisconear a quien se deje. Incluso a quien no. Y a
muchos les funciona tan bien que pasan a llamarse "políticos", pasan a ser jefes
o pasan a creer que acumular poder radica sólo en la ecuación: "yo te
lambisconeo, tu me lambisconeas, el nos lambisconea...."
Lambisones hay de todo tipo, una clasificación exhaustiva, aun en proceso de
elaboración, puede remontar 250 especies con facilidad. Pero los hay con
características muy peculiares en cada escenario del mercado de las vanidades.
Se les ve con frecuencia en oficinas de gobierno, de empresas, bancos, iglesias,
universidades... se los ve con trajes de marca o vestidos deportivamente, se los
ve en los supermercados o en los parques recreativos. Van al cine, al teatro,
leen Best Sellers y hacen cualquier cosa por sostener una charla "amistosa" y
"culta" que pueda servirles para la lisonja a quemarropa, para el escarceo
salivoso de los halagos fáciles... en fin son maestros de la infiltración y
cualquier pretexto les sirve como Caballo de Troya preñado con halagos y en
pleno desfonde. Frecuentemente desmedidos, inmerecidos, gratuitos. No sabemos
cuántos son exactamente, cuántos habitan por kilómetro cuadrado, cómo se
reproducen ni cómo se retroalimentan... pero de que los hay, ¡los hay! ¿Los has
visto?
Dr. Fernando Buen Abad Domínguez
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Cortesía de Fernando Buen Abad Domínguez
Publicado Monday 4 de August de 2008
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