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Yo quiero ser ama de casa ¿y usted? 1-2

Por EnPlenitud.com
Una de mis amigas que porta la cuarentena en años, como yo, profesional exitosa, me dijo seria y circunspecta, sentate. Zas, pensé yo, cuando algunas de mis confraternas me dicen así, es, por lo menos y por lo bajo preocupante, para no alarmarnos con lo grave.

Hice caso, la mano venía brava. Y mientras un churrasco carbonizado ahumeaba todo el departamento me dijo, quiero dedicarme a ser ama de casa. En ese momento no supe, si sostenerme firme en la silla para no resbalarme en pleno soponcio o apagar el incipiente incendio que brotaba de la humeante parrilla.

Es que tenía una gripe que le había atrofiado momentáneamente los sentidos del gusto y del olfato. Y solamente se percató, con mi huida hacia la hornalla de que algo no estaba definitivamente bien en su flamante cocina eléctrica.

En ese momento no supe si creerle o echarle la culpa a su recién estrenado estado de beatitud de la crisis de los cuarenta. Lejos de amilanarse por el morocho percance, igual, me confesó toda oronda: para estrenar mi nuevo estado de ama de casa, me compré una tostadora.

La sola idea de que algo arda en humareda y posteriormente se carbonice nuevamente, me espantó y la invité a sentarse en su apoltronado sillón de su propia casa proponiéndole sutilmente, tomar un te.

Me parecía menos complicado si el agua hervía que cualquier otra cosa que corriera la misma suerte de la chuleta calcinada y con un toque muy personal amorochado. Si, dijo consustanciada con su actual inspiración, quiero hacer las compras, llevar los chicos al colegio, ir a reunión de padres, cocinar.

Creo que la miré como si supiera que un marciano estaba tocando su puerta y ella le hubiera abierto, invitándolo a tomar un café, en su cafetera automática, por supuesto. Confieso que me llevó un esfuerzo considerable, imaginarme a mi amiga en sus nuevas funciones cambiando ambos de tenues colores mate y enfundándose en un delantal de cocina.

Y creo que la expresión de mi cara fue demasiado elocuente porque a ese punto de la revelación ya no sabía si reír o llorar. Además sabiendo lo poco amante de los matices y términos medios que es, sin duda ya le veía comprándose toda la indumentaria de chef, overol de jeans y zapatillas cancheras para limpiar, más toda la lista de última generación de productos de limpieza.

No había que hacer demasiado esfuerzo mental para imaginarla. Tuve que reprimir el impulso de palmotearle el hombro y decirle, y si, igual todas en algún momento de nuestras vidas pasamos por esto. Quédate tranquila es absolutamente transitorio.

Pero me pareció que iba a partirle el corazón así que la dejé proseguir con sus nuevos proyectos para este año que incluía remodelar su casa. Sé de su prudencia pero por las dudas me cercioré que no quisiera pintar sus paredes de rojo violento o bordó conciso.

A veces el entusiasmo inicial de las primerizas amas de casa es un poco exultante y desbordante, para decirlo de alguna manera. Me guardé para después algunas precarias y primarias nociones de feng shui, porque después de intentar ser ama de casa full time si no hay un poco de esa milenaria pero recién descubierta práctica oriental en occidente, digamos que el yin y el yang se desequilibran y se arma.

Yo sentí que era mi deber correligionario y femenino, informarle de como prevenir algunas situaciones que como profesional a lo mejor no se tienen muy en cuenta, pero que cuando una hace una mutación, de semejante envergadura, como la que pretendía hacer mi amiga, cobran otra dimensión.

Es decir, todo cuando no trabajamos afuera, lo tomamos más a pecho. Más allá de las medidas pertinentes de nuestro par de egos, y no faltan las razones para hacerlo. Es más, sobran. Porque que nosotras románticamente nos preparemos para ser la ama de casa ideal, con zapatito de Cenicienta incluido para después, no implica necesariamente que todos los integrantes de la casa, estén de acuerdo y que mucho menos se plieguen a la movida y compartan nuestro nuevo deseo.

Marchen algunos ejemplos a la carta. Tener en cuenta que los ejemplares masculinos de la casa no agarran la basura para llevarla a la puerta de calle junto al árbol ni por todo el oro del mundo.

Ni interrumpen un segundo de un partido de football y mucho menos por ese menester. Tampoco lo hacen si UD. Se pone la ropa más sexy que pueda imaginar y se ubica justo entre su vista y la pantalla que le devuelve la imagen de 11 tipos corriendo como locos detrás de una pelota.

Si la emisión de dicho partido es en directo nos mirarán e increparán como sacrílegas si osamos siquiera chistarle. Si es en diferido y es la millonésima vez que lo miran, nos sermonearán sin piedad, porque justo interrumpimos el detalle por lo cuál lo vio tan insistentemente.

Por Mónica Beatriz Gervasoni

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Cortesía de EnPlenitud.com
Publicado Tuesday 5 de August de 2008



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