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ACNUR ha dado a conocer hoy unos datos escalofriantes sobre lo que está
sucediendo ahora mismo a unas pocas horas de avión de nuestra casa. Quédense con
la cifra: setenta y siete millones de seres humanos en todo el mundo se han
visto obligados a abandonar su casa por una de estas causas principales: guerra
y pobreza. Son responsables directas las guerras en Irak y Afganistán.
Pero no sólo estas guerras, sino las otras, las comerciales. Aquellos a los que
no matan las bombas lo hacen el hambre y las enfermedades. El cambio climático,
los altos precios del petróleo y derivados, así como el de los alimentos de
primera necesidad -al alza en el mercado por su uso para biocombustibles- ha ido
arrojando cada vez más pobres de los campos y lugares donde han vivido durante
generaciones sus antepasados. Este último año, según ACNUR, han pasado a
engrosar ese ejército de la vergüenza mundial nada menos que dos millones más.
La organización de Naciones Unidas afirma que este número es superior al de
cualquiera de los años anteriores. Estos son los datos. Si fuéramos periodistas
convencionales enviaríamos estas notas a uno de esas oficinas para oficiantes de
las noticias que se llaman periódicos .Y esto sería todo.
Afortunadamente no somos periodistas de pesebre; por eso podemos decir lo que
pensamos, indagar sin miedo acerca del por qué, y hasta podemos señalar a los
causantes de estos desastres mundiales porque no esperamos del jefe de redacción
que nos dé el golpecito en la espalda por nuestra sensibilidad social o nos
envíe al cuarto de las escobas en lugar de redactar más artículos que ofenden al
Sistema y ponen en peligro el puesto del jefe.
Así que podemos preguntar en voz bien alta: ¿Quién se beneficia de estas
tragedias? Porque si suceden por causas naturales, uno se tiene que callar. Pero
cuando es por el demoníaco negocio de la guerra, cuando es por el cambio
climático producido porque los ricos son incapaces de moderar su avaricia hasta
hacer inviable la existencia en un lugar y poco a poco en el Planeta entero,
cuando es porque han llegado tantos hasta el extremo increíble de tener que
elegir entre comer trigo o ponérselo al tractor en forma de biocombustible,
cuando es por estas cosas sólo se me ocurre una palabra: GENOCIDIO.
No es que de pronto los estados mayores de los ejércitos invasores de un país u
otro sean conscientes, ni el industrial que fabrica las bombas de racimo en el
norte de España y en otros lugares de Europa, China, o los EEUU sea consciente
de estar colaborando con un genocidio cuando fabrica y vende armas. Eso ni se lo
plantean. En última instancia intentarán acallar su conciencia diciéndose que
sirven a la democracia, a la economía global, a la Civilización o a todo eso a
la vez. Pero cada uno sólo está pensando en su negocio.
Y el que fabrica la tecnología para el biodíesel, y el que lo vende, y el que
invierte en la Bolsa, y el banquero: todos los que ocupan su propio lugar en el
proceso genocida. Todos, en definitiva, y por encima de todo y de todos, piensan
en su negocio, en su familia y en sus cuentas corrientes, en su brillo social y
en su ego satisfecho. Todos coinciden en una cosa: el Otro es sólo un medio para
el propio fin.
Así que de un lado la Bolsa sube y produce beneficios, las inversiones en
sectores estratégicos crecen y producen beneficios, y los gastos militares
mundiales no cesan de aumentar y producir beneficios para seguir la rueda. Pero
todos esos negocios que se suponen propios de una sociedad civilizada,
democrática, liberal, cristiana, culta, moderna, y otros muchos epítetos que le
dedican los bienpensantes de todos los tamaños, como sabemos usted y yo, se
hacen sobre la piel de sus habitantes, pero especialmente sobre la piel de los
pobres, centímetro a centímetro en su cuerpo y en su alma si esta pudiera tener
dimensiones físicas. Arrojados a la cuneta del hambre listos para ser borrado de
la historia.
Ya no hacen falta trenes para los hornos crematorios: basta que sean trenes
normales con destino a campos de refugiados que un día pueden ser víctimas de un
último asalto por ser escondite de terroristas o por vaya usted a saber.
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