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Economía y Mercado son las nuevas versiones del dios Moloch que exige
sacrificios humanos, como todos los dioses paganos. Esta civilización que ha
perdido de vista a Dios, lo ha sustituido por el Gran Hermano de la novela de
George Orwell. Su sombra avanza, esta vez como un hecho real, como un negro
nubarrón sobre nuestras cabezas cubriendo poco a poco la superficie del mundo.
Sucede como el avance de La Nada en La Historia Interminable, de Michel Ende, o
con el simbolismo de su novela "Momo", no muy distante en intenciones de su
compatriota alemán Ernest Jünger autor de "Sobre los acantilados de mármol"Todos
ellos representan una crítica completamente actualizada a distintas facetas del
absurdo social.
Pero a la hora de enfrentarse a la organización social del absurdo no nos bastan
las novelas, claro está, ni siquiera profundos estudios económicos efectuados
por expertos universitarios con brillantes ideas, ni brillantes políticos que
vociferen en los disminuidos Parlamentos, ni teólogos minoritarios aparentemente
progresistas de todas esas iglesias retrógradas, ni los tardíos discípulos
aventajados de prestigiosos revolucionarios socialistas históricos, ni
pensadores herederos o continuadores de admirados filósofos, ni hermosos
objetivos educativos y culturales diseñados para presentar un rostro amable y
"humano" del Sistema...No. No nos bastan. Dejemos ya de engañarnos y miremos de
frente una civilización que se derrumba.
Sin duda alguno de los mencionados, al igual que sucede con las ONG, ha podido
aportar algo positivo a la colectividad desde su propia conciencia, su campo de
trabajo o sus posibilidades de maniobra política si están en los gobiernos y
quieren ser honrados, pero esto no ha impedido al género humano retroceder a los
niveles caóticos que se conocen actualmente. Por tanto, no nos bastan. Miremos
de frente, y descolguémonos del pasado.
Ninguna solución dada hasta ahora ha sido la solución. ¿Dónde hallarla entonces?
No nos queda más que el espacio personal de la conciencia. Parece algo
minúsculo, pero no lo es. La conciencia pacifista y libre de Ghandi pudo, con su
fuerza moral secundada por las multitudes, arrojar a los ingleses de la India.
La fuerza de su alma desató el proceso. Si cada hindú hubiese alcanzado ese
nivel de conciencia en su propia alma, hoy día la India no tendría la bomba
atómica ni tendría como enemigo a Pakistán (y al revés), mientras se mueren de
hambre y enfermedades de la miseria tantos de sus habitantes.
La conciencia pacifista de Luther King puso en marcha a los negros
norteamericanos para reclamar la igualdad con los derechos de los blancos. Si
cada negro hubiese alcanzado ese nivel de conciencia no existirían negros pobres
y discriminados en los Estados Unidos de Norteamérica y todos los negros del
mundo hubieran tenido un ejemplo a seguir para dejar de servir de criados y de
esclavos colonizados.
Si cada cristiano hubiese alcanzado el grado de conciencia que Cristo mostró y
realizó, hoy día el mundo sería un paraíso. Algún día lo será, cuando la verdad
se descubra tal como es y no tal como se nos induce a creer que es; cuando
seamos capaces de experimentar en nosotros las leyes divinas que Cristo vino a
enseñarnos.
Pero para reencontrar la verdad es necesario volver a concebir la realidad desde
el origen, es preciso escapar de la realidad pervertida y falseada que nos ha
conducido al cambio climático, a la división entre naciones y gentes y a la
globalización del caos. No es posible cambiar el mundo sin que cambie nuestra
conciencia personal. Y mientras eso no sucede, la Historia se repite porque
tropezamos en la misma piedra.
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