RSS /
/

Don Salvador, alias Chava, prometió que cuando Tina, la salvadoreña, pasara frente al lugarcillo de AAA estaría al pendiente. La llamará. O si entrara al Club Hispano, haya quien haya, téngase casa llena o se esté sin clientela, haría que lo admita. 'Chava me comio el chiquito. Lo juro'.
El no miente y, si tanto importa a su clientela que este hecho se confirme, prepárense a oirlo de la boca de la propia Tina. No tiene por qué mentir o confesarlo si no fuera una verdad. Que venga Tina o Adela, como quiera que se llame y el que sea más incrédulo y hablantín, el que lo haya tildado de mentiroso, tenga el valor o la misma impetinencia y lo pregunte:
«¿Pasó algo esa noche; te empujó los frijoles a la espalda desde el ano?. porque este marrano de Chava, que no está para subirse encima de mujer alguna y ni siquiera para culiar de ladito, dijo que se te puso detrás, con su tranca parada y te dio matarile, ¿cierto? ¿Se le para, en verdad, o es cuento suyo pa' agarrar pendejos?»
Una que otra vez, ella viene a las sesiones de alcohólicos anónimos. Puede que venga el fin de semana.
Se especula acerca de su vida. A quienes la conocen y llevan varias semanas sin verla, Chava les dijo:
«Desde que le eche un palito. por acá no se asoma».
Ese día lo que dijo les pareció un chascarrillo. Resonaron varias carcajadas.
«La apachurraste con el peso de la panza, cabrón, asesino», bromeó uno.
«Ya tú no puedes. Ni te la encuentras debajo de la grasa. Ni modo, Chava, no se te paraguas», profirieron sus burladores. Se juegan un billar a son de choteo contra el viejo Chava, quien frisa la edad de los 60. Seguramente, menos. Su pelo y bigotillo son muy negros todavía.
Mas es una mole de gordura. Tuvo ya sus primeras embolias.
Es paciente cardiopatológico. No deja de fumar.
Es paradiabético, por igual. Con presión alta.
Su pobre mujer, siendo más vieja que él, vivió para cuidarlo. El viudo Chava lleva cinco años de celibato forzado, se sabe.
Cuando yo visito el Club Hispano de Santa Ana y converso con él, deja lo que esté haciendo. Ha llegado un señor que le da buen trato. Me distingue. No ofendo a nadie; pero no me asusta nada.
Un día, tan casual como hoy, fue cuando me enteré de la desaparición de la salvadoreña. Había jurado que vendría a las sesiones de la AAA con más continuidad y no cumplió su palabra. Entiendo que a Chava le preocupe. Según él me informó discretamente, si bien la aconseja, con ella se volvió a sentir hombre. Venciendo ascos y escrúpulos, la nenorra se abrió el culo. El echó el mejor de sus derrames y orgasmos en un hoyito que se dio gusto en relamerlo. «Fue como un regalo de Diosito. Quisiera verla otra vez».
Se fue contenta del lugar y descansada.
Mas no ha vuelto...
«¿Qué le hicíste, Chava cabrón?», preguntan.
El me cuenta sobre intimidades de su vida que ya teme contar a otros. Sufrimientos de los hispanos. Conmigo sí quiere hablar seriamente. Lo hace porque se siente enfermo. E incomprendido. Solo entre el gentío.
Semanas antes me habló de la cerota. Fue al primero que le dijo. La que hoy está en la mira de todos y se ha impuesto como el tema del día. Cerota: observa él, es el femenino del cerote y, para la gente mexicana, cerote es un pedazo de excremento. El salvadoreño califica así, despectivamente, a un sujeto más o menos estúpido.
Esta cerota es todavía un viejonón apetecible. Linda chamaca, nada fina ni cuidada. Tatuada en un pecho, marcada por algún tinte azul de pandilla, sufrida, corajuda. Tiene las falsas alegrías de la euforia neurótica. Es malhablada, reputísima y viciosa.
«Tú debes conocerla y darle unos consejos», me dijo otra vez Chava.
Unos la conocieron por Adelina en la escuela intermedia y ella perjura que fue inscrita en El Salvador como Cristina, nombre que ella misma dijo que no merecía por aludir en femenino a Cristo. Ya eso no importa. Se quedó con el nombre de Tina (¿qué mejor que una tina para echar los cerotes o darse unas meadas?) y, a los 20 años que tiene, o poco más, aún es dueña de unas piernas bien formadas y, sobre todo, su adulado trasero, redondas nalgas y un agujero que aprieta ricamentemente y que, por supuesto, no se niega a cagar. Ella sabe lo que tiene. Causa admiración en la perrada.
Cuando va las reuniones de la triple A, Tina tiene sus ratos de desahogo; compite por decir las palabras más sucias y ofender al género humano, macho o hembra, joven o anciano. Alguna vez quiso persuadir a alguien de que quedaría un remanente de nobleza en el corazón humano; ya no. Eso lo pensó siendo niña, recién migrada a los EE.UU. Ahora está convencida que todo tiene un precio. No hay felicidad que dure ni amor que no se vuelva odio. No existe la santidad ni en la cruz ni en la iglesia. «Ni en el culo», dice para que no quede duda de que su vida ha sido una decepción tras otra. Es pesimista del talón a la mollera. Siendo linda y narcisista, provoca el miedo. Es sincera por cuanto expone hasta la fibra más salvaje de su psiquis.
Don Salvador la conoció a los 16 años cuando su marido, hoy en la cárcel, robó el hijo de ambos y lo envió ilegalmente a algún punto de México, posiblemente Michoacán, y donde lo oculta con su abuela o algún otro pariente. Ese fue un golpe bajo, demoledor, para Tina. La terapia de soltar el trapo públicamente, como se estila en el AAA, se la dio él. Chava es fundador de instituciones.
El modo que ella adquirió para castigar al marido fue engañarlo; putear ante sus narices, irse con uno y otro. Beber. Fumar la mota con sus hommies.
El día que el marido salga de la cárcel dijo que va a matarla y también se las verán con él, todo el que se haya acostado con ella. El es quien rifa y decide. «Que se cuide don Chava», chotean, aún los incredulones, para anticipar el peligro. No que Chava haya querido nunca un amorío con una adolescente. El cree que es paternal, a su modo. Ha culiado mucho, se casó hace 30 años, tiene hijos que hasta ni conoce. La cerota es linda, a la edad de 20, pero su caso es clínico.
«¿Por qué me robaste mi hija?», aún llora Tina cuando va al penal. Quizás pueda, tonto anhelo, reencontrarse con su hijo, utilizar ese cimiento como recurso sublimante. Tina es autodestructiva, no concilia a Eros y Tánatos.
De golpe, no porque haya llegado yo, sucedió que Don Chava tenía un presentimiento y dijo que yo sería testigo de algo que validaría lo que él me ha contado, sus vivencias entre muchas otras cosas y, por lo cual, nos respetamos mutuamente, siendo discretos. El quiere ser serio, aconsejador, sabiohondo, y no lo dejan. Ha criado muchos cuervos en el Club Hispano y, día tras días, con pico de escarnios le sacan los ojos. Menos yo. De hecho, a ratos mi presencia y diálogo, es lo que consolida el deseo terapéutico y auxiliador que don Salvador despliega en beneficio del jodido. «El alcoholismo no se cura; se evita y se controla», discursa Chava / Salvador.
«Es que él (se refiere a mí) es la persona más decente que nos visita. Es un escritor, no un cuervo como ustedes. Es profesor; yo no digo que una persona perfecta, pues quien sabe si haya sido alcohólico alguna vez o viene de una familia que lo ha sido, con ese problema; pero yo no lo creo y si lo fue, miren ustedes que no viene aquí con groserías ni echando cuentos. El borracho mexicano ese sí que es presuntuoso; cree que, por lo borracho, le robaron o le comieron los güevos. Viven para sacar los ojos de quiénes les da un consejo».
«¿A qué viene eso, don Chava?», pregunté.
Arguyó, ya hablando para la audiencia que, en pocos años, a Adelina le pasará lo que a él. No la tomarán en cuenta, no creerán si algo dijo o hizo que sea bueno. La memoria neurotizada se impone. No recordarán que el sufrimiento tiene sus causas; ella no sufre por el gusto.
«Alguien nos empuja al dolor, nos quita sostén, y vámonos al suelo. A veces la puta culpa es nuestra, no obviemos eso; pero lo triste es no respetamos a quien nos ayuda con el sufrimiento, no dejamos que se se nos ayuda, como dijo Carlitos, 'ni a sublimar', ¿cómo dijiste? ... orientarnos a un fin positivo, de mayor nivel social, o al buen sentido... Por eso aprecio que él venga y me pregunte mis cosas. Oye primero, con respeto; lo que significa que es inteligente y observa a la gente antes de juzgarla. Aquí hay puros inmaduros, gente que no aprende de sus errores, gente que cree que sabe, gente que no quiere ayudarse para dar rienda a su neurosis y su cabronería, en nombre de sus deseos insatisfechos», explicita Salvador.
Recordó algo que ya les había dicho a muchos. Tuvo una vida torva y brava. Antes no fue ese roperón de carnes fofas que hoy es y se le observa, cubriendo el esqueleto. Fue un atleta. Un candidato de la Selección Mexicana a los campeonatos mundiales de Alzamiento de Pesas.
Se jactó de ser un hombre atractivo, con sorprendente estámina, puro músculo y fibra. Se paseó por los mejores gimnasios de ciudades como Guadalajara, Puebla y Tijuana. Señala a un foto en la pared, entre carteles de encueradas. Una foto, debida enmarcada en cristal, es él. Con un trofeo en mano. El, cuando no era gordo, sino atlético, muscular, esplendorosamente adónico. «Chava a los 25 años».
El no siempre fue un borracho y, aún ya cuando inmigró a California (EE.UU.) y se dedicó a coser para los mejores talleres que preparaban mercancía (camisas, pantalones, ropa de interior, etc.), su trabajo fue de calidad. Fue responsable; aprendía todo. Costura, mecánica, diseño. Ganó mucho dinero y los almacenes le dieron promociones laborales y premios.
Verse con dinero, con el cargo de supervisor y jefe de talleres de costura, fue lo que lo llevó al vicio y al alarde. Empero, aún «en la peda, en el vicio, cuando me jubilé, no hubo quejas de su empresa; mi sueño fue el atletismo y no coser, pero mira las ironías de la vida... No supo oir buenos consejos. Me llené de mí mismo. Ninguno había que pudiera saber más que yo... Yo me creí tan bonito, con mi atletismo, que sin darme cuenta me miraba en el espejo, sacando músculo, sintiéndome figurita... mira, hay cabrones alzapesas y fisiculturistas, que se vuelven Narcisos y putos; yo los ví. Conozco ese mundo... a mí fue lo cabrón y mujeriego, lo que me sacó del deporte... y me dieron consejos, sí, consejos que no escuché».
Jamás le interesó venir a los EE.UU., a no ser que le dieron por encomienda sacar del país a un hermano suyo y su esposa de Michoacán. Traerlos hasta California, hacerla de coyote.
«El era como tú, don Carlitos, maestro, muy político; sabía de cultura, leía de todo, Freud, Marx. Se leyó, pas pas, libro tras libro, y estuvo en ese movimiento estudiantil del '68; se opuso a todas esas putadas y matanzas que hizo el PRI, lo que hoy llaman la guerra sucia; pues, mandaron a matarlo... por eso, te dije, don Carlitos, él único que puede comprender tu persona, de dónde vienes y por qué dices las cosas que dices es una persona como mi hermano y yo un poquito, porque yo sé lo que mi hermano sufrió, no estaba por puestecitos y subvenciones y él me dio consejos, siendo más joven que yo.
Hoy la gente sólo está por sus huesos, echarte la mala palabra, alzar mollero, yo, por lo menos, si veo que tengo un hermano bueno saco la cara por él, no digo que por la patria, sólo por un hermano bueno... Eramos distintos; yo, el valemadre, sin sueños, sin otra cosa que verme en el espejito, con un billetito en la bolsa. Y hoy me da pena, es verdad... Es, en los últimos años, cuando una persona que perdió lo mejor de su juventud, envejecida a destiempo por el alcohol, que le agarra miedo a la vida, a los achaques al fin; y no tienes que ser un viejo, digo que lo primero es que tienes que caerte, estar en el suelo muy escupido por los demás, con los calzones meados, sin un dólar encima y, ahí viene, el recuerdo de todo lo que te dijeron y a lo que no hicíste caso... y uno es cabrón, aún haciéndola de pendejo y predicando. Uno da consejos a la gente y se limpian el culo con ellos, o uno predica moral en calzoncillos, diciendo como yo dije a 'Adela, pórtate bien. Eres jovenc!
ita todavía', pero, ¿qué hice mal? Apague la luz, me entretuve viéndole el esqueleto, la puta juventud y le pedí las nalgas, porque, sea como sea, uno lo piensa dos veces.
No es sensato que yo deje aquí sola a una adicta, ratera como ella es, producto de malas amistades. Que venga y duerma implica que me quede. Esto es un negocio, no un motel de viciosos, no el Salvation Army. Imagina que yo venga en la mañana y ella, por el puto vicio, rebusque a solas y se robe hasta la mesa de billar».
Se entretuvo con una racionalización de sus actos más que en justificar su arrepentimiento.
«¡Pinche Chava, pón el café!», gritó uno.
Algunos recomenzaron un juego de dominó; otros un juego de baraja; pero él no hizo caso a los que pedían que atendiera el mostrador y los surtiera de CocaColas o le preparara un café. Había visto que Adela pasó rumbo a la tercera reunión, la nocturna, de la Triple A. El local estaba abierto, pero no será hasta las 7:00 que se inicie la reunión. Y allá está ella. La vio pasar y, en breve, se apoderará del micrófono y empezará a maldecir a todo el mundo, pormenorizando con el lenguaje más soez el momento en que cayó en los vicios y el abandono por los hombres.
Por más que demandaron la atención de Chava, salió apurando su paso, ya hemorroidico más que lento, y salió del Club. Oímos que gritó en el patio. Llamó a la mujer.
En unos minutos entraron, Tina y Don Chava, seguido de asiduos al la Triple A, clientes que andan como perros por ella.
«¿Quién es el hijodeputa que la tiene contra Chava?», preguntó ella. Se paró en medio del salón del Club Hispano.
Me sorprendió el silencio que Adela provocó. Ninguno quiso confirmaciones. Sería como sugerir en su cara que sería una puta y degenerada de lo peor. Sería cerrarse las puertas con ella.
«¿Qué puta pendejada hay que aclarar? ¿A quién le hace cus cus porque pregunto yo, bola de briagos?»
Pensé que ni yo mismo quisiera enfrentar a esa fiera y reaccionar al desafío de su lenguaje.
«Delante de don Carlitos que está aquí, que sea él testigo, dije que hace dos semanas, me pedíste que, por compasión, te dejara dormir aquí, que estabas muy cansada, sin un centavo encima y que tenías muchas ganas de llorar, dormir y, entonces, te quedaste aquí conmigo, toda la noche. Dormíste en ese sofá que está tras la mesa de billar», dijo don Chava.
«No hay nada que aclarar. Eso es verdad», dijo la muchacha.
«Los malhablados de aquí dicen que soy incapaz de hacer algo desinteresadamente».
«¡Y eso es verdad, carajo! Y tiene razón también to fear of I am in fact a theft que, si me hallo unos billetes por ahí, algo que hayan dejado, un reloj o una mierda, me la clavo sin que se entere ni usted ni ningún otro pendejo. ¡Estamos mal, bah! Pero me dejó descansar y tuvo su paguito, ¿no es verdad?», se río ella.
«¿Qué paguito díste, cerota?», se atrevió a preguntar un compatriota suyo, el que ninguno imaginó que pudiera requerir tal confirmación.
«Me chiquitió».
«No creo, ¿con el dedo?», coincidieron en decir algunos.
«Yo no iba a entrar a ese inmundo baño que tienen aquí, marranos. No bien oyó que me quité los jeans y me oriné en una lata vacía de café, que me dijo, '¿te entró lo de mear?', jijodeputa Chava, '¿ya me vas a cobrar?'; 'pues sí'. Le dije, 'corazón limpio ni le busques; la vagina, no la doy en menstruación'... y con que te chupe la verga, no te vas a conformar... ¿Se quieren dejar de reir? Pídanle a Chava un pedacito de maciza, un pedacito nomás, bola de putos, cobardes malnacidos de hediondas puchas».
El silencio seguía feo. Adela, crecida y corajuda.
«Cerota, no digas más, véte al triple AAA. A mucha gente venenosa y envidiosa, el culo les hace cus cus, si hablamos de verga y más si tú los pones a temblar».
«Seguro, pueh. Cuando no tenga pa' motel, me vengo acá, pinchi-Chava, te doy una chupada y me tiras ahí sobre el billar, que yo aguantaré eso y más... ¡Tengan güevos, pendejos! Sean cabrones, no comadres y atrévanse a preguntar, pero de frente. ¡No me los voy a comer, valemadres!».
Ahora, detrás del mostrador, don Chava me guiña un ojo. Con un gesto de triunfo, más sonriente que de costumbre, despacha los cigarros mexicanos, el café, chocolate, tamales, confituras, Cokes y refrescos mexicanos Jarritos.
Antes de irme del Club Hispano esa noche, evitándome que me retirara temprano a casa, me confesó que tenía una última cosa que decirme.
Fue muy simple. «Ya no le tengo miedo a la muerte. Desde que hablo contigo. Eres el mejor amigo que he tenido en mucho tiempo».
Ese día me pidió, como lujo que quiso darse, un mutuo abrazo. Hecho curioso.
La semana que volví al lugar me enteré que don Salvador, alias Chava, fundador del Club Hispano de Santa Ana, falleció precisamente el día en que se despidió de mí con un abrazo y probó ante la clientela reunida, 'que chiquitiarse a una cerota como Tina' fue un acto eficiente de amor y, para él, un honor. Coincidió su vejez torva, aventurera y la juventud de una chicuela destrampada, pero agradecida.
Chava se despedía de la existenciaridad.
30-9-1989 / Santa Ana
Del libro Cuentos y leyendas histórico eróticas
De: Carlos López Dzur
Comparte y promueve este artículo en Internet con
Cortesía de Carlos López DzurNube de Tags
horoscopo juegos gratis musica noticias monografias casino tarot directorio de blogs tests interpretación de sueños conocer gente peliculas online empleos poker angeles consultorio sexual becas diarios de viajes animes clasificados chistes fotolog videos online monografias agrega tu link aqui