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El hombre enamorado de la vida
Por Abelardo García Vera
titulo: El hombre enamorado de la vida
comentarios: El hombre enamorado de la vida escribe "Yo soy la muerte"
Por Abelardo García Vera
Universidad de Pontevedra
Escribí hace unos años un breve mensaje electrónico a Carlos López Dzur, un
poeta residente en los EE.UU.. Había leído muchos de los fragmentos que de un
libro de poemas, entonces aún en preparación y por tanto incompleto, él colocaba
en revistas electrónicas españolas en astrolabio, net. "Yo soy la muerte",
"Barcas de la gloria", "Barcas de la Muerte", "Introducción a la Laguna"
(Estigia), "Oralidad de los demonios", eran algunos de sus títulos para textos
que hoy, ya finalizado su libro, preanunciaban el proyecto. Según hice lectura
de sus partes, cada vez que las publicaba, entendí mejor el meollo de su
mensaje.
Lo primero que reproché a él con un mensaje que agradeció, con esta respuesta.
«Gracias por su comentario y su interés», fue: ¿Por qué un joven autor está tan
obsesionado con la muerte? ¿Por qué se buscó semejante tema que, al parecer,
agotaron los poetas griegos y romanos, con la figura de Caronte, hijo de Erebo y
Nix, o como en «Trilogía de las barcas» o «O Auto da Barca do Inferno» (1517) de
Gil Vicente?
Sí. Llegué a preguntárselo, temiendo otro "Gracias por su comentario" y hasta
ahí. No me daría más explicaciones. Mas no ocurrió así. La cuarta micromisiva
que envió fue la siguiente: «Agradezco su lectura fiel. Una respuesta sencilla a
su pregunta: Estoy enamorado de la vida y la Muerte (Ella) está enamorada de mí:
CLD».
Unos meses después me escribió y envió un documento en Microsoft Word (versión,
rft) con el documento completo del libro, el índice y la dedicatoria. Anunciaba
que sería publicado en papel. «El documento lo envío en 'attachment' en
Microsoft Word y tan pronto termine usted su lectura, ya que lo enviaré a
impresión, espero que sea una de las primeras personas que me comente. Cada
lector es especial para mí. Usted ha sido el más fiel. Carlos».
He leído su poemario finalmente. No tengo la formación académica para juzgar su
riqueza ni soy un poeta con los recursos de lenguaje y de imaginación que López
posee. Como lector de poemas y artículos en grupos literarios en la internet, no
puedo ofrecer otra crítica que la que se reduce a decir: Me gustó, o dejó de
gustarme. Esto sí, al fin y al cabo, me gustó el libro y pedí al autor, que es
un profesional en estos menesteres, que responda abundantemente a mis preguntas,
de modo que algo resulte al tomarse este artículo como un ejercicio de
entrevista y expresión de mis curiosidades en torno al tema. Algunas que me
quedaron en flote.
Según releo el libro de López Dzur, más capto y disfruto lo leído.
Pregunta : Ya es casi innecesario que lo haga, pero, hace unos años le pregunté
por qué su obsesión con este tema que, siendo universal en la literatura, no es
necesariamente el más popular y agradable.
Respuesta (R:CLD): La pregunta es válida. Sin embargo, no crea que dedico cada
libro que escribo a mencionarla y en hacer alrededor del tema de la muerte un
chorro de poemas. No soy un poeta fúnebre ni elegíaco. Ni escribo para deprimir
a los demás... La muerte está en todas partes, adquiriendo mil formas o
manifestaciones: por ejemplo, piense en el número accidentes vehiculares,
fatales, o personas arrolladas al cruzar negligente o inocentemente una calle;
cuantifique en torno a los homicidios, las enfermedades terminales, las guerras,
los suicidios, así y así. La violencia, como la muerte, son apaballantes y,
muchas veces, aún con el luto ante los seres queridos, estos seres se pierden o
se superficializan en cuanto amados por causa de rituales triviales. No basta
una actitud solemne. Más o menos, por decirlo así, nos vamos insensibilizando
por lo común del tema y el hecho necrológico y bruto... Vivimos en la época del
muerto al hoyo y el vivo al retollo. Los sentimientos !
con que evocamos la pérdida humana de un ser querido o la presencia grata de
ellos en nuestras vidas ya estorban... No pienso que ésto deba ser así.
P: ¿Qué me quiso decir una vez que me escribiera: «Estoy enamorado de la vida. Y
la Muerte (Ella) está enamorada de mí»?
R: CLD: Que sólo en apariencia éste es un libro sobre la muerte y la expresión
social y humana del no existir más por haber fenecido y haber sido ya enterrado,
llorado en novenarios y el cadáver a la postre, descompuesto en la tumba o
reducido a un puñado de cenizas. Lo triste de la muerte se bloquea con el
olvido. Los que aman hacen lo que yo, meditatio mortis.
P: No hay que hacer de la muerte un culto...
R: No. Sería terrible. Basta una meditación a tiempo sobre el buen vivir y la
gratitud. De ésto es que hablo aquí. El libro se estructura sobre varias
alegorías. En el sentido interno y profundo, la Muerte en torno a la que yo
poetizo es la consciencia de eternidad, de belleza, de éxito, de sentido y de
Bien. Es por lo que comparo la Muerte con una Dama, con una Enamorada, con un
Ser Adorable. En ese contexto, ella es la Vida deseable, el ideal de la Libertad
en los cimientos de la Tierra. Cuando la Muerte / Vida se enamora de tí, se
compensan y se dialogan, no hay miedo al desaparecer físicamente de la tierra ni
hay miedo a trascender a otras dimensiones de energía o de consciencia.
P: Usted es espiritualista... cree en el más allá...
R: Vivir o promocionar una filosofía de la muerte no es lo mismo que una
reflexión personal que la aluda, meditatio mortis. No digo que haya que vivir
para otra cosa que para el buen morir; porque, de hecho, la muerte no es una
especulación. Es un hecho que experimentaremos. Nos toca a todos, a unos más
temprano que otros. Al envejecer y desgastarse el cuerpo, como se desgasta el
árbol que dio buenos o malos frutos, al final moriremos en ese sentido literal
del «fallecer» y quedar secos, sin una hojita o un tronco resistente. Nadie
puede escapar a ese destino, el proceso de la muerte, ni aunque se dure más de
cien años sobre el planeta... Quien vive teniendo la muerte como meta jamás
descubre que la muerte es Vida / Dama / una riqueza extra / para el fin de
nuestros días terrenales... No me interesa mucho lo que sea el «más allá»; me
interesa muchísimo más lo que sea mi consciencia, mi ser-aquí y ahora. ¿Es eso
ser espiritualista? No.
P: ¿Es necesario creer en la eternidad?
R: No es necesario. Después de todo, cuando nacemos nadie nos avisa ni nos pide
permiso. Como existencialista práctico, repito a Heidegger. Somos seres
'arrojados' al mundo y ésto es triste si lo tomamos como una condena que anulará
nuestro potencial creativo y de libertad. Lo maravilloso es que, si bien se nos
arroja al mundo, también se nos arroja a la eternidad y, si así lo comprendemos,
antes de morir, vivimos más felices, más armonizados. En vez de valuar a la
muerte como una Dama Amenazante y el Ser Macabro o los guías siniestros /
demónicos que esperan en la «otra orilla», la admitimos como una Voz o Maestro
Interior que nos prepara para el buen vivir y el bien morir aquí en el
planeta...
P: En la primera parte de su libro, leyendo el poema Invitación, escribes que se
aparece "Ella, mi Loba", o La Dama Maldita del primer poema, ¿a mostrarle a
usted el proceso de transición a la otra orilla, el más allá, u otra dimensión?
Es cuando dice en su texto: Ven a mi hiperespacio por tan sólo una noche. ¿Es
que se puede viajar, inducido por algún visitante hacia el astral y ver ese
mundo posible después de la muerte? ¿Es usted profeta?
R: Desde niño tomé en serio mis sueños y los mensajes del subconsciente. Me
gusta soñar cuando me acuesto y analizar al otro día, o inmediatamente al
despertar, si hay coherencia o un orden natural de cosas en lo soñado... Mi
poesía, lo mejor que haya escrito en términos alegóricos y metafóricos, es un
producto de ese esfuerzo y análisis que practico desde niño. Es cierto que hay
sueños que parecen inexplicables, misteriosos y demasiado complejos, pues hay
sueños que expresan las ansiedades en la vida diaria, pero, al soñar y al
gustarse de la libertad que se involucra en ese proceso, uno puede trascender
hasta el hiperespacio, adquirir paulatinamente herramientas simbólicas y
discernir de qué se nos hablara en tan común experiencia para todas las
personas, como son los sueños, porque todos soñamos y no necesariamente tenemos
que ir por el mundo jactándonos de ser profetas o conocedores especiales de
alguna necrofilia...
Lo importante es, a fin de cuentas, que sí yo sueño, dialogo, con La Dama
Maldita, La Zorra, con unos seres reales o simbólicos, y que los investigaré
porque son Arquetipos y, como entes cognoscibles, dejan un mensaje que se
relacionará a mis (los) deseos, esperanzas, miedos o fantasías. Este proceso
revela el Yo oculto («hidden Self»), Yo que no cesa, un yo que es el Dragón, o
el Ser, tema del quinto poema del libro en cuestión. En Yo soy la muerte, si
alguna enseñanza hay, es que a «la fuente bendita de La Mujer en el fango», esto
es, La Loba, la Zorra, la Sabia Muerte, hay que bendecirla. Bendigo la fuente de
los sueños, en cuanto me enseña el arte del bien morir (la Sabia Muerte).
P: Le gusta soñar con muertos...
R: Con los vivos aún más... ¿Pero quiénes son mis muertos? Por lo general, mis
padres, abuelos o gente muy familiarizada conmigo. A los seres muy amados que
han representado para mí unos ciertos principios de compasión, ayuda cuando la
necesito, confianza y servicio, así como el principio de autoridad que
representó mi padre en la familia, yo no los tiro a la borda sólo porque ya
murieron. Esa comunicación y relación sigue. La cultivo. No es un emplazamiento
de mi parte; pero yo la agradezco si la sueño.
P: ¿Qué dirías que es el Opus Magnus que menciona en el poema Dragón?
R: La Gran Obra es entender el proceso de la individuación, en sentido
junguiano, el paso hacia una adultez armonizada con los demás, donde se ha
superado el miedo al fallecimiento y a toda la mitología negativa que se ha
asociado a morir. Cuando uno cree en la vida eterna, en la reencarnación, en las
leyes de compensación y ensanchamiento de la consciencia personal, cuando se
diluye el ego animal en pos de un Ego real, solidario y espiritual, se cumple
con la Opus Magnus, o con la Gran Tarea de la vida, y se entiende que, pese a la
violencia, la mezquindad y carencias del mundo, la felicidad es posible...
Observa que no estoy hablando de la piedra filosofal ni de la alquimia ni los
esoterismos místicos. Estoy refiriéndome al proceso de la vida que comienza en
lo precario y con lo vulnerable de un organismo, con «ADN imponderable,
molecular, visible» (La Baya, Solidaridad), pero, ya corporizado, un ser
sintiente que emprende su rumbo vital hacia otras transformaciones cada v!
ez más cualitativas. En Solidaridad, pese a ese proceso de consciencia animal
que resulta al final en un morir / deterioro («fosforalización oxidativa»), se
estará preparado para lo que venga y lo que viene es lo Eterno que evoco:
Vendrá
y estaré en duermevela
y yo, Carlos pupa, invocador de lo Eterno...
P: A usted que obviamente tiene preocupaciones filosóficas y científicas le
interesan los sueños y los mitos, ¿por qué? siendo que la filosofía
contemporánea es más cientificista, incrédula. Lo que suceda después de morirse
no se puede probar. Nadie regresa y lo cuenta y convence. Puede que sea muy
subjetivo o fantasioso lo que diga...
R: Admitiré que soy esencialmente una persona que escribe sobre los problemas
existenciales. La muerte es uno tan importante como lo es la facticidad (el
en-soi de J. P. Sartre) y la sustancia contingente, pero, desde ese
existencialismo ateo y puramente humanístico de los ateos, cada vez se ha ido
progresando hacia una explicación menos logificante y arbitraria. Me gustan esos
huecos de salida o de conciliación. Supongamos que yo llamo a ese hueco el Ser,
el «Yo escondido». Si bien, como decía Heidegger, el Ser está escondido y
ultrajado por discontinuidades, el conocimiento de ese Ser, ser como
autenticidad vivencial y ontológica, tiene que venir del vivir, al existir. El
ser se supera pues viviendo... En la tarea de vivir y de pensar para superar los
conocimientos, cosificantes y logificantes, muchas veces tenemos que acudir a
ciertas argucias y temeridades. Es lo que Martin Heidegger anunció en 1927 como
deconstrucción («Destruktion»). Derrida prefiere el término deconst!
rucción... Hay poemas en Yo soy la muerte, libro en que cito muchas veces a
Heidegger, donde planteo que el Yo escondido, el ego que no cesa, no puede
ajustarse al sentido de lo temporal, así como no puede darse gato por liebre.
Hay un sentido originario del ser que debe ser respetado y, si bien está
escondido en discontinuidades, en maleza de falsas explicaciones y raseros, es
lo mejor del hombre. Es lo sublime de la naturaleza humana...
P: ¿Y por qué esa vergüenza o maldad de querer destruir lo que es sublime, o lo
que tiene el ser originario como verdad o mérito?
R: Muchas veces la conceptualización que hacemos de las cosas es muy egoísta,
mezquina e hipócrita. Se intitucionaliza como tal despótica y artificialmente.
Cuando se pierde la solidaridad, o se manipula la opinión de los otros para el
provecho de lo que no es más que el oficialismo de la ortodoxia o el de una
minoría opresora, se silencia la opción más ennoblecedora...
Personalmente, yo deconstruyo la metafísica. Quiero que se muestre o se traiga a
la luz (y este es el papel de la imaginación) cómo hemos llegado a temer a lo
que no debe ser temido, o cómo se han desfigurado los conceptos de libertad,
alma, muerte, virtud, eternidad, historia... y, en cuanto esa es mi tarea
filosófico-poética, en vez de acudir a ciertos esquematismos logificantes, como
harían Kant y otros idealistas, voy a la base de cierta existencialidad que me
permita redefinir, hurgar en las diferencias, descomponer cuanto quiera a las
estructuras del lenguaje y los discursos, en fin, será necesario reflexionar y
entrar en las malezas, en las discontinuidades...
¿Por qué tengo que admitir una verdad o una belleza o una justicia que sólo
tenga su referencia, o su juicio contingente de sujeto, en el cristianismo? ¿Por
qué ha de ser la tradición occidental, su pensamiento y su política, la que
imponga su creer? Yo soy la muerte es una manera occidental de validar lo que,
años antes, hice en mi poemario «Tantralia». Para este libro previo, con una
imaginería védico-hinduísta, pude utilizar por título Yo soy la vida...
Entonces, lo que hago, en aras de diferentes significaciones o extrapolaciones,
es utilizar una hermenéutica realmente universal. La presencia de Heidegger que
aprecio como útil en el contenido de este libro está expresada en el poema «La
inesencia» y respondería a la pregunta, ¿por qué es una maldad destruir lo que
es sublime, o lo que tiene el ser originario como su verdad o mérito?, citando
el poema:
... si vives en el imperio
de la inesencia, entre entidades maquinales,
abandonado a la tribu de creencias,
presupuestos teologales, encubiertos de tradición
de codicia, crimen y sofismas, te malvives; el lenguaje
será la perpetuación de metafísicas,
el recuerdo, su fantasma abstracto,
signo de bestialidades; el gozo fascista
del poder engrama y legitima
sus dizque aportes a la historia,
realpolitik de acción hipócrita
y agresión incondicionada,
de tu humanidad.
Otro recurso, como se observa en mi libro, es navegar entre los raudales de lo
onírico. Los ríos del alma. Reservas de mensaje. Los sueños son barcas para que
viajemos con seguridad. No voy para invocar muertos; voy por guías para mis
sentimientos e información que pueda utilizar de un modo creativo. No voy por
transmundanerías. Voy por recuerdos e información iniciante, o como dijera
Heidegger, el recuerdo que se interna en la historia puede ser el único (o unos
de los pocos caminos transitables) hacia lo inicial. Como soy intuitivo, no temo
ser neopagano ni heterodoxo.
P: ¿Qué diría sobre el elemento de erotismo de sus poemas? ¿Viene de los sueños?
¿Está relacionado a lo que Freud dijera al pensar que la mayoría de lo que
soñamos tiene mucho que ver con lo sexual?
R: Lo hay. Lo es. Mi erotismo es intenso y bello. La muerte es una dama muy
ardiente en mis sueños. A veces lo que me transmite es un claro mensaje de
consolidar una cercanía, calidez y aún intimidad, no necesariamente pasional,
con seres que amo. Lujuria y erotismo no son lo mismo. Mis sueños aluden a que
me ponga en control de los sentimientos... Fíjate hasta qué punto este libro no
es una invitación a deprimirse, o un canto a los aspectos negativos del vivir,
sin dominio de sí mismo, que en el mismo proceso de escribirlo, gozo las escenas
que precedieron un texto. Por ejemplo, para escribir la segunda parte de
«Llámame Deseo / Alegría», me hundí en un sueño tan jarioso y cachondo que me
daría rubor tener que contarlo en sus detalles. Todos soñamos con esas cosas.
Para mí, ha sido como soñar que hago el amor con la más deseada, pero
inalcanzable de las mujeres hermosas. Para una persona que funciona bien con su
pareja y que se abstiene sexualmente, por mutuo acuerdo, porqu!
e tiene otras metas y apetencias inmediatas, como trabajar en sus libros, estos
sueños eróticos son regalos. Son parte de la energía necesaria que se libera y,
carajo, quien no se excita gratamente y agradece un orgasmo onírico, un reventón
subliminal, una jodienda astral...
P: ¿Qué fue lo más difícil o lo pesadillesco en el proceso de reunir una
colección de poemas como éstos? porque, bien que sé que hay algunos que rezuman
el dolor sentido y la pérdida, asco por las injusticias del mundo? Ese romance
de la Muerte y tú, esa cosas que ella cuenta y hace que veas, son duras...
R: El sueño no inventa el hecho que lo inspira. No todo hay que soñarlo, o
aprehenderlo de los detalles de un sueño. El sueño filtra y da una información
muy pura. Intensifica la atmósfera emocional para que mejor lo absorbas. A
veces, de algún evento triste presente en el sueño, lo que éste recrea con
nuevas imágenes y detalles, en tu beneficio, es la forma consolante y más
nutriente del mensaje. He soñado varias veces con un hermano más joven que yo,
quien se murió con mucho sufrimiento moral, agonía y dolor físico. He soñado a
mis padres, a mis abuelos, y vienen a darme su consuelo. O a pedir que yo
consuele a otros. Me han preparado... He sido testigo de mucha aflicción y
enfermedad entre los míos... La etapa dura de vivir esas muertes, sin admitirlas
por lo imprevistas e indeseadas, fue parte de mi vida. Hallarse-en-con una
noticia luctuosa, tan de sorpresa, sin que estés preparado para ayudar es lo que
realmente me ha afectado. O que se me informe cuando estés ausente !
me duele... Hay algo más doloroso que el sepelio. Es la enfermedad. Ver a la
gente sufrir, aferrada a la vida y no estar ni uno ni ellos preparados para
decir: «Moriré en paz. No te preocupes. La muerte es irremisible». O yo
decirles: «mejor ES que mueras con tranquilidad y medites, a que sufras
innecesariamente».
Siempre he sido, a mi modo, muy espiritual. La gente que más me ha amado es
quien me ha pedido ayuda cuando no pueden absorber la experiencia de una muerte
en sus familias. Piensan que estoy más preparado que ellos para asumir la muerte
o entender su misterio. Quizás por esta razón, a partir de la muerte de mis
padres y de Chato, es que emprendí el recaudo de estos poemas...
P:¿Cómo exactamente descarta usted una filosofía que logifica demasiado y que,
por tanto, no le gusta? ¿Por qué su base existencial? ¿Carece lo intuitivo de un
método?
R: Mi temperamento existencial no se riñe con lo intuitivo porque para lo que
necesito mis dos o tres intuiciones básicas son unas cosas muy prácticas. Vivo
mi «ser-en-el-mundo» / mi «ser-ahí» muy localizado y focalizado desde el plexo
de mi corazón, más sentimental que místico. Esto de serlo me mortifica; yo no
soy ni hermético ni místico, algo que aún no comprendo ni quiero ni cultivo. No
soy un sufridor, no. Yo aposté mi corazón a las emergencias, al epicureísmo. Soy
entretejedor tántrico de ideas y emociones y un optimista, casi absurdo. Admití
la responsabilidad de vivir a tenor con las leyes naturales y evolucionarias.
Admití la ambición vital, la líbido, el deseo y su conato de Delicia. A mí no me
avergüenza que tenga mis comportamientos de primate bípedo y un diente agudo
para el pan duro. Lo que yo pueda aprender, o vehiculizar o comer
espiritualmente, lo que pueda ser mi proyecto en lo deyecto, que lo aprenda yo
despacio, pero bien aprendido. Esto es precisamente p!
or lo que digo que tengo unas pocas intuiciones. Todo me cuesta mucho como si yo
fuera un animal humano, sin racionalidad sofisticada; pero, sea lo que sea, un
animal de fe. Fe en la esperanza, fe en lo creativo. No fe ciega de secta
caraita ni de seguidor de una Tannaim supersticiosa. La fe mía se parece a la
actitud de Eva que se jugó al azar el todo por el todo cuando le dijeron conoce
y decide; prueba y come; al punto, cosechó el libre-albedrío y hoy se habla de
Ella como una serpiente tentadora, el espejo del Demonio. Se habla también de
los dos árboles, uno del Bien y el Mal. Uno de Vida. No condeno a Eva, me gusta
su alegoría. Eso es un misterioso asunto, misterio que me atrae y desafía: Que
no pueda darse un Bien Completo, el Tov Meod, sin que Dios lo asigne porque
somos prisioneros del Yetzer Hará. El libre albedrío es la posibilidad que tiene
el hombre de desafiar lo Absoluto, separarse del Bien, léase Dios o la Verdad o
la Realidad en mayúsculas, eso es inquietant!
e y existencial. Es lo que se llama la Caída, la separación o el arrojo. El "ser
arrojado" de Heidegger.
P: ¿Desconfía usted de lo intuitivo? Leí de la contratapa de Yo soy la muerte
este planteamiento: que el libro es «fruto de una mente intuitiva que no
desvirtúa ni menosprecia el aquí y ahora ni la oralidad ni el mito. No lo
histórico ni lo sociológico». ¿Qué significa? ¿Que cree que no hay iluminación
prospectiva para el ser humano ni Verdad absoluta ni una creación dual en la que
la inteligencia perfecta de Dios es el Creador u Objetivo infinito? ¿Por qué se
aferra a las vías de la oralidad, el mito, la sociología, el aquí y ahora?
R: ¿Por qué debo yo saber sobre esas cosas? Tengo muy pocas intuiciones
religiosas, es decir, de lo Absoluto y lo mejor de lo que admito son intuiciones
de aplicación existencial, tan simples como éstas: Creo en la aceptación de la
paz, en la armonía, que nace de una integridad o autenticidad del ser. Eso lo
aprendí de Heidegger, quien no era judío para clamar el Shalom y el hashlamá;
Heidegger que sabía que equivocarse peligrosamente y rectificar. Creo que hay
una esencia de dolor, Vayehi / Lashon Tzar en la Naturaleza. Un poema que titulé
Estado gestatorio, en la Primera Parte, dice:
Te contaré que muy pocas veces es feliz el mundo;
pero, con geografías generosas,
yo fui madre querida, rueda de timón
y Sirena y pez, con rumbo, alegría.
El mundo es un dolor de parto,
permanente estado gestatorio,
incesante sucesión de formas nuevas,
molicie atroz de lo caduco... mas canta,
poeta, mis creaciones, no pierdas la memoria
de que yo también sufro y canto,
y estoy muerta por tí de amores.
Deseo que tú perdures
y me cantes.
Creo en las Puertas / el Daath / hacia un mundo mejor, hacia una superación de
la consciencia. Creo en la muerte como un filtro y en la reencarnación como un
aprendizaje, sucesivo y continuado. Tengo la intuición de que existen los
ángeles, entidades superiores al hombre. U hombres perfectos. Creo en la
relatividad del tiempo y, en sabios que han ido un poco más allá que el soñar,
en ese sentido en que sueño yo, cuando extraigo de él poesía y coherencias, o
deconstrucciones filosóficas en el sentido de Derrida. Creo en un ego que cesa,
se desintegra, pero también en una energía con memoria que es no es el cuerpo.
Digamos mejor, es el espíritu, el Atman. Alma espiritual distinta a las almas de
una lagartija o un gato. Esto sí lo aprendí del judaísmo, en particular, de
Eliyaju de Vilna, Maimónides y Spinoza, a quienes leo con la misma fruición que
a los Evangelios o los Libros Védicos.
P: No has mencionado todavía que este libro tiene una influencia portuguesa e
italiana, es decir, la de Gil Vicente y Dante Aligheri, quien incorporó a
Caronte en la mitología cristiana en el Libro III de «La Divina Comedia».
R: El barquero del río Estigia, o del Aqueronte, está en mi libro. Es el Caronte
de Dante. No me interesa el pintarlo como un anciano flaco y gruñón, con
vestimentas oscuras y con antifaz (ni como un demonio alado con un martillo
doble. En algón texto, él si elegía a sus pasajeros entre la muchedumbre que se
ajuntaban en las orilla del misterioso río, entre aquellos que merecían un
entierro adecuado y podían pagar el viaje. Todo esa está muy codificado en mi
libro... A veces mi Caronte está en el Cementerio y yo lo transformo en Juanito
Pana, u otros enterradores, vecinos del Pueblo del Pepino (San Sebastián del
Pepino, en Puerto Rico)... La primera referencia de Caronte que yo leí que es de
origen egipcio la dio Diodoro Sículo; pero, obviamente, Gil Vicente es quien
estructura estos viajes a la Otra Orilla de los que vuelvo a reelaborar...
CONTINUARA...
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Cortesía de Abelardo García Vera
Publicado Tuesday 10 de July de 2007
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