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Me gustaría que hubiera un dios
que tenga mis dos manos y me abrazara
dulcemente como amigo.
Que no se espantara si dijera
que mi vida depende de esas manos
porque yo labro la tierra
y bendigo mi espíritu labriego.
¡Sí! me gustaría que se sentara
en el llano y mirara mi domdi y mi chandali.
(Le prestaría mis ojos, si es fuere necesario).
Le calmaría la sed en el río que fluye por las navas.
En el fondo está mi casa
a la distancia. Y mi mujer adentro,
cocinando. Mi nariz informa que guisa.
Será cabrito, o mole de olla.
¡No sé! Le llevaría conmigo.
¡Que no sea la última cena!
Con mis sinceros labios digo:
¡Será un honor que sea mi convidado!
Del libro «Tantralia» de Carlos López Dzur
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