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Se sabe quién ganará.
No se sabe lo que hará
A un año de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, no es necesario ser
adivino para saber quiénes no van a ser elegidos: los republicanos.
En su más reciente discusión pública, los aspirantes de ese partido se pelearon
por demostrar quién era el más conservador de todos ellos y se enredaron en los
pantalones tratando de responder a la pregunta lanzada por un militante gay
desde Youtube.
Se les puede reconocer un éxito notable y apabullante. Todos –en especial Mitt
Romney y Rudy Giuliani- lograron desacreditar a todos.
En el gimnasio donde yo seguía el debate, recuerdo haber escuchado a un
arrepentido republicano que decía:
-Frente a candidatos como éstos, es bueno saber que sólo va a ser elegido uno.
Y yo añado que el elegido no pertenecerá a ese partido. En este momento, ya se
puede saber que el futuro presidente será un demócrata, o más bien una
demócrata, la señora Hillary Clinton. Lo único que no se sabe a ciencia cierta
es qué es lo que hará luego de asumir el mando.
Tanto ella como su esposo se han caracterizado muchas veces por esperar a que
las encuestas de opinión pública les digan en qué dirección caminar o qué
cambios imprimir a su marcha. Como latinoamericano, por mi parte, estoy
preocupado por no haber escuchado hasta ahora una definición tajante acerca de
la inmigración ni de parte de la señora Clinton ni la de sus competidores
demócratas.
El gran peligro es que, perdedores o no, son los republicanos los que imponen la
agenda en este país. Como todos recordarán, en las elecciones previas a su
segundo mandato, el presidente estaba perdido. La desastrosa invasión a Irak y
el descalabro de la economía lo hacían presa fácil del contendor del otro
partido.
Sin embargo, no fue eso lo que se discutió sino temas tan olorosos a incienso
como la clonación y los matrimonios gay, y su ubicación en las páginas de la
Biblia. Todos se olvidaron de los niños degollados cada día en Irak, y una
formidable coalición conservadora, con los obispos católicos a la cabeza,
aplastó al candidato demócrata, y por casualidad católico, John Kerry.
En estos días ocurre lo mismo. Down Jones se desploma cada día, y cada día es
más evidente que el señor Bush confundió a Irak con Irán (los nombres se
parecen) al decidir cuál de los dos países tenía armas de destrucción masiva.
Atacó al que no debía atacar, hizo ahorcar a Sadam Husseim y, ahora Bagdad está
a centímetros de caer en manos de los iraníes, futuros dueños del arma atómica.
Por otra parte y esto es lo más reciente, un libro próximo a salir y escrito por
el ex portavoz presidencial Scott McClellan denuncia que el propio Bush, el
vicepresidente Dick Chenney y el asesor político Karl Rove le hicieron comunicar
información falsa sobre el caso de la ex agente de la CIA, Valerie Plame, cuya
identidad secreta fue filtrada a la prensa por funcionarios gubernamentales.
Revelar la identidad de una agente norteamericana es un delito muy grave que
pone en peligro la seguridad de la nación. El presidente Bush podría sufrir un
juicio de impeachment, y terminar su mandato antes de lo estipulado.
Sin embargo, una vez más, los republicanos conservadores están imponiendo la
agenda. Hace unos meses, hablaron de los valores religiosos familiares, y de
inmediato, en el otro bando, la señora Clinton y el senador Obama se hicieron
tomar fotos, con el rostro compungido, en las iglesias a las que supuestamente
acuden el domingo.
Ahora los conservadores se han lanzado al ataque contra los inmigrantes
indocumentados latinoamericanos. No sería raro que viéramos a Romney y a
Giuliani en una cabalgata tras del vociferante Tancredo a ponerse al frente de
los paramilitares “Patriots” que combaten a caballo contra las modestas familias
mexicanas que entran por la frontera de Arizona.
¿Le quitan el trabajo a alguien los inmigrantes? ¡No! ¿Evaden los impuestos?
¿Gozan del seguro social? ¡No y no! Por el contrario, incluso con un documento
falso, todos, absolutamente todos, sufren la deducción impositiva en sus
salarios, pero nunca llegan a ver la contrapartida en seguro de desempleo o
jubilación, ni reciben devolución cuando han pagado en exceso. Negocio redondo
para el fisco.
A pesar de todo ello, ya pasó de moda Osama Bin Laden. Sus crímenes ya no son
recordados en el discurso conservador. Por el contrario, el archienemigo es el
inmigrante ilegal. Hay frecuentes redadas en la puerta de las parroquias o en
los malls contra cualquiera que parezca oscurito.
¿Qué hacen frente a esto los candidatos demócratas? Callan en todos los idiomas,
o hacen el coro de sus contendores, y juran que ellos tampoco serán
consentidores ni apoyarán una amnistía. ¿Cómo diferenciar a los unos de los
otros? No lo sabemos. Por eso no sabemos qué política seguirá la nueva
conductora de este país el próximo año.
Todos parecen interesados en la construcción del muro que contendrá a los
vecinos pobres. El gran error de este país es un error de arquitectura. Aquí no
se necesitan muros, sino puentes.
Por Eduardo González Viaña
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Cortesía de Eduardo Gonzalez VianaNube de Tags
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