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GELMAN : LOS PREMIOS
"Ocurre que, para los amos de la cultura, escribir es simple escribir bien,
aunque sea en el mal, armonizar con el mundo de los valores"( Hay un momento
en que el escritor, si es de gran renombre, no puede ya casi nada contra
ello, se convierte en una institución, y el régimen lo anexiona sin tener en
cuenta su oposición misma, seguro de que su gloria le servirá, más de lo que
podría dañarle su poderosa hostilidad)... Un escritor no puede aceptar
distinción alguna, no puede ser distinguido; y acoger esa elección, hubiera
sido aceptar no solo una cierta forma de cultura y un conformismo social,
sino más: cierta concepción de la libertad: en consecuencia, hacer una
elección política; castigarle: es decir, recompensarle, haciéndole admitir
la idea de una elite con la cual se pierde la verdad de la escritura, que
tiende a un anonimato esencial".
Maurice Blanchot y su referencia a Sartre en "la Risa de los Dioses".
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OTRAS CUESTIONES
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Sin embargo, existen poderosos motivos para que un escritor encuentre
tranquilizadores razones, que justifiquen la aceptación de un premio. De lo
contrario iríamos en su ayuda. En circunstancias de tanta precariedad nos
tranquiliza que obras refractarias y revulsivas, pasen a engrosar el
catalogo de los vienes de la cultura, tempranamente inventariados. Al fin y
al cabo los administradores culturales y los catálogos de mercado, se verán
beneficiados siempre, con estas apropiaciones y reducciones y esto
constituye un signo de progreso. Un signo de los tiempos. El mal puede
trivializarse, o la trivialidad es el mal mismo. Aunque los males parezcan
duran ahora menos tiempo.
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Los antídotos son descubiertos más fácilmente y las grandes obras
contestatarias, duran lo que convienen al "mal" que combaten. De las heridas
infligidas por las pasadas inquisiciones, nos restañamos con los paraísos
artificiales de los humanismos del presente. La ética se ofrece sin embargo
aún como el más sólido refugio contra los imperativos del más fuerte.
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Cuando se siente la necesidad de "restituir"a la poesía , los laureles que
ostentara en el pasado, Neruda "debe "aceptar el Novel, porque así - incluso
se lo exige el régimen político al que consagró su vida y entonces
peligra. Camus, consiente en que ninguna "moral " pueda ya obligar ni
sancionar acepta el Novel en ofrenda a los "humillados y ofendidos del
mundo", contra los jueces vicarios del poder, poniendo su vida - y su
escritura al servicio "no de los que hacen la historia, sino de los que la
sufren". Gide, el iconoclasta, el heterodoxo de todas las dogmáticas,
acepta el Nóbel para dedicárselo - paradójicamente a los espíritus libres
que ayudaran a desterrar de éste mundo, los últimos vestigios de la caduca y
farisea moral "cristiana " de Occidente.
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Existe un punto en que las obras deben tranquilizarnos, cedernos el poder de
hablar - libremente dentro del marco del habla comunitaria, apuntando
siempre más allá.
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En entonces cuando están listas para alimentar las bolsas de residuos de la
cultura: el inmenso osario de lo que nunca fué creído. Como podríamos, como
sabríamos vivir en un mundo donde las almas nobles de que dan testimonios
las obras, se apartan de los códigos de la comunicación, para mirar
impávidas el horroroso carnaval de la historia, sin conmoverse apenas ante
nuestras desgracias? Un artista retraído, silenciado por dos olvidos no
manifestados, sería para nosotros, imposible.
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Exigiríamos de él aunque más no fuese su odio, su desprecio a quienes
hacemos y al mismo tiempo padecemos la historia. Ante todo queremos ser
visibles, y el gran arte es el último recurso del cual disponemos para no
"desaparecer", allí donde la historia se ha realizado y también
positivamente el hombre y Dios.
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Una obra sin centro, una obra que hable el habla del desastre, sin credos,
sin dogmas estéticos o religiosos, perdería fuerzas, adversarios y acabaría
en el dialogo de los espectros. En verdad estamos rodeados de espectros.
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El Estado moderno a hecho de este viejo aserto, un complicado y sutil juego,
en el cual la escritura debe tornar visible imágenes, La cultura, por ,.
imágenes e iconografías de nuevas utopías. De ahí que no se trate ya de
esclavizar a un escritor - un escritor adicto no es ya un aliado útil, más
que cuando es utilizado, permaneciendo como adversario, sino utilizar su
libertad, "hacer calladamente cómplice al poder de infinita contestación que
es la literatura"(Blanchot).
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BREBAJES QUE MATAN
Pues a pesar de la sofistica, toda moral se ejerce solo a base de
"autoridad" y a veces alcanza como consuelo frente a las pistolas de los
Goebels de la cultura. Así, de éste modo nos tranquiliza un "premio" cuando
viene a decirnos que no estamos solos. Que los miedos, los padecimientos,
los exilios, las humillaciones, hallaran finalmente el confortador refugio
de los nombres en las cuales una firma, un nombre, hará visible nuestra
anonimia, dentro de los maravillosos avances del "humanismo moderno". En
ello sigue confiando Blanchot cuando escribe:
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"La cultura, no es poca cosa. La cultura, por el contrario, lo es todo. Y si
la poesía no está en juego más que allí, donde se designa, en el limite de
todo limite, un poder de excluir y excluirse, la cultura, que es el trabajo
de inclusión, le es necesaria en la misma medida en que le es fatal ".
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Curándonos con los brebajes que nos matan, aparece como necesario el
regocijo, cuando estos actos a los que Blanchot denomina de inclusión - y
nosotros de propiación, de dominio, anexión -, contribuyen a asegurar un
arden perdido. El viejo poder contestatario de la literatura (aún él del
libelo o el del panfleto).
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Viviendo en ésta sonsa ambigua, entre lo licito y lo ilícito, lo designadle
por el poder de inclusión de los modelos culturales del mercado y el poder
de silenciarse o borrarse a si misma, la "poesía" y la vidriera, la
inclusión y la exclusión no nos aparecen ya, después de haber escrito ésta
nota hace tiempo, como términos antagónicos, sino como falsos aperadores que
tienden a neutralizar el viejo y engañoso poder de la escritura.
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Tal vez quede abierta la cuestión de continuar pensando contra las falsas
opciones del humanismo - en términos de un rigor en el cual no quepa la
compasión humanitaria, ni los viejos ídolos y ritos de los humanismos
clásicos -. Ámbitos de una deconstrucción arrasadora pero también de una
construcción sin limites otorgado al poder de una palabra, hoy excluida del
poder de verdad de los grandes cuestionamientos silenciados por la
propaganda y las grandes anexiones de los regímenes comunitarios de la
comunicación y el intercambio de de los falsos valores.
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Conocemos la "voluntad de exclusión " de los verdaderos creadores, pero esto
no basta. Nosotros les exigiríamos a pesar nuestro, voluntad de sumisión e
inclusión, aunque liberásemos de ello a quienes como Artaud, Bataille u otro
más, fuesen inadmisibles para el lenguaje profano.
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Pero recordemos aquí las proféticas frases de Klossowski:"Hoy un poeta sabe
de antemano que si se le ocurre volverse loco, su consagración será cierta.
Lo sabe de antemano ( aún unos millares de años más en la vía del signo, y
en todo cuanto haga el hombre, la suprema inteligencia será manifiesta: pero
precisamente de éste modo la inteligencia habrá perdido toda su dignidad").
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La palabra dignidad tiene todavía para nosotros resonancias clásicas que
hablan en el lugar vacante de Dios, del hombre y el superhombre - lugar de
espera y de silencio y solo queda ya frente al triunfo del espíritu
absoluto en la estructura monolítica de la globalización que habla del
dominio (el cálculo) del ente en dimensión planetaria, de lo oscuro y
fragmentario del Caos, la repetición sin engendramiento de los simulacros
elevados hoy a realidades virtuales.
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El principio sin principio de una nueva edad media.
La literatura autentica no habla pués - no dice -, ni desde la exclusión de
una huella que se borra a si misma, ni desde las pantallas de visores que
todo lo computan y hacen visible. Tal vez deberíamos repetir por el momento
a Blanchot:
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"Cuando más se afirma el mundo como porvenir y la plena luz de la verdad en
que todo se realizará bajo el dominio del hombre y para su uso, más parece
que el arte debe descender hacia ese punto en que todavía nada tiene
sentido, más importa que mantenga el movimiento, la inseguridad y la
desgracia de lo que escapa a toda captación y a todo fin".
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Premios, humanitas y justicia
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Los grandes Premios Literarios - el Nóbel por ejemplo-, se otorgan en nombre
de las "humanitas". Las mismas que giran en el vacío desde Sade a Himler.
Los términos "in-humano" o "infra-humano" nada dicen acerca de lo que lo
humano sea, con excepción de las interminables exégesis al coro de Sófocles
sobre la esencia de lo mortal. Lo mortal es además mortífero.
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Con excepción de que lo humano sea "el animal racional "y de la "ratio" sea
fundamento de lo real, nada más sabemos del tema, excepción hecha - tal como
lo había hecho notar Heidegger en sus lecciones sobre "Serenidad", de que la
vida humana, tal lo anunciara el físico norteamericano Stanley, esta ya en
manos "del químico - quien puede modificar sustancias vitales a sus
arbitrios".
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Contra la biología molecular nada pueden ya las grandes éticas ni los
reservados cálculos de la "ratio" y menos aún de la política. En sus
"Conceptos fundamentales "- dictados en el año 1944 - Heidegger afirma que
el hombre puede aquello que al animal le esta vedado por cuenta de "calculo
y razón": "caer por debajo del hombre": a esto lo denomina en un mas amplio
contexto lo "sub-humano".
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A pesar los tribunales internacionales, de la defensa a ultranza de los
derechos del hombre, de la jurisprudencia y su renovada impotencia para
hacer frente a aquello que se adelanta a la voluntad humana y teledirige sus
instancias, se insiste en la salvación por la restauración de las
"humanitas" y de la justicia multipolar que esta parece requerir cuando ya
nada es patrimonio exclusivamente de lo mortal y mortífero en el hombre. Un
tema caro al mercado de las ideas fenecidas de la jurisprudencia
internacional es el de los "crímenes contra la humanidad" - contra lo mortal
en el hombre" denominados hoy de "leza humanidad".
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El horror y no el terror
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El terror no es sino la cara no oculta del horror que supieron ver Conrad y
anticiparon, Dostoievsky, Nietzsche, y al cual más tarde dieron forma,
Kafka, Musil y tantos otros.
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En esta instancia aún se desarrolla en combate entre el hombre y el estado,
además de la tribal contra lo hiper-racional (como su contracara) y lo odios
religiosos y étnicos como monitores del alza maltusiana, en lo que
sofísticamente se denomina hoy "calidad de vida" y "recursos renovables",
sofistería a la page del economicismo devastador cegado por el monopolio
absoluto de todo lo ente.
Los simulacros del humanismo.
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La cultura juega el rol en este teatro en llamas - en la cual las humanitas
se desmoronan como los Castillos parlantes de Poe - el papel de matrona
decidida a jugar el rol de hada buena. Así los Premios Literarios continúan
siendo absorbidos por el la maquinaria del estado demostrando la vacuidad
del arte y su destino.
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EL CERVANTES HOY
El tan denostado terrorismo tiene establece hoy sus vínculos con sus
enemigos del estado: Juan Carlos de Borbón entregando el premio Cervantes al
poeta Argentino Juan Gelman, recuerda el Nóbel de Kissinger o el Nóbel de
Churchill, el último gran colonialista inglés de un imperio postrado,
mientras el estado español condena los atentados de la ETA.
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Eso Mientras en la argentina del la señora Presidenta Kirchner la justicia
establece que los crímenes de "leza humanidad" son imprescriptibles tanto
para las bandas terroristas como para las arbitrariedades estatatales:
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El fiscal general de Rosario, Claudio Palacín, dijo que el Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) cometió en los '70" delitos de lesa
humanidad" y promovió acción penal por el asesinato y torturas del coronel
Argentino del Valle Larraburu.
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A todo esto la prensa argentina y mundial calla en manos del marketineo en
el cual poder y oscuras falacias no responden a las expectativas de un arte
que conecte con la Ética. Mientras muchos esperan una respuesta de Gelman a
Oscar del Barco. - primer pensador argentino de la época -, conviene que
quienes otorgan éste premio mediten en las palabras de alguien que fue
protagonista de la una de las épocas más oscuras de la Historia Argentina:
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"Respecto al problema de Gelman (creo que es parte de este problema incluso
más allá del propio Gelman, aunque ustedes pudorosamente no se refieran a
él, tal vez por tratarse de nuestro, es un decir, poeta nacional...) quiero
aclararles que yo respondí a una entrevista (Babelia del 16 de octubre del
2004) titulada, con una de sus frases, "Lo contrario del olvido no es la
memoria, es la verdad".
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En la entrevista dice que "el camino" no es "el de tapar... porque ese es un
cáncer que late constantemente debajo de la memoria cívica e impide
construir nada sano". Lo que yo hago es tomarlo al pie de la letra y
entonces digo que él, dirigente y jefe montonero que fue expulsado junto con
Galimberti recién (y las fechas son importantes) en 1979, "debe", él-debe, y
no un ente abstracto y general como ustedes me adjudican, asumir las
consecuencias de lo que hizo.
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Decir, por ejemplo, ¿cómo funcionaba esa dirección militar? ¿cómo se
decidían las muertes? ¿a quiénes mataron? ¿dónde? ¿por qué? Todas estas son
preguntas terribles, que se las hemos hecho y se las hacemos a los verdugos
del Proceso, pero que también debemos hacérnoslas a nosotros mismos, quiero
decir a los que de alguna manera participamos en aquellos trágicos sucesos.
Pero, claro, si ustedes son inocentes de todo (como proclama Grüner) no
tienen por qué cargar con la culpa de los otros. Con la culpa debemos cargar
los verdaderos culpables (ustedes dirán que esto que digo es una
demostración de mi... masoquismo... y bueno, si quieren llamarlo así...)"
Oscar del Barco.
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Por Oscar Portela
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