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Juan, un niño de siete años, ha visto una película de misterio. Es un chaval
muy imaginativo. Cuando sus padres le comentan que tiene que acostarse, le entra
miedo. Les pide a sus papás que le acompañen a su habitación y que estén un rato
con él. Cree que va aparecer uno de los personajes de la película. Sus padres le
acuestan y le cuentan un cuento que no tiene nada que ver con la película
anterior. Poco a poco, Juan se va tranquilizando y se acaba durmiendo. La noche
siguiente, no ve ninguna película parecida. Se acuesta y duerme sin problemas.
Nuria tiene miedo a la oscuridad. Cada vez que pasa por un sitio oscuro, se le
eriza el vello de los brazos, le late el corazón, se agarra fuerte a su padre.
Desde hace un tiempo no puede dormir sola, y cuando lo consigue, es tras montar
una gran batalla con sus padres. La vida en casa se transforma cuando llega la
hora de acostarse, con pequeñas luchas por quedarse un rato más en el salón,
lloros, rabietas, etc. Muchas veces acaba durmiendo con los padres. Estos cada
vez están más cansados y ya no saben como solucionar este problema.
Estos son dos ejemplos de temor a la oscuridad, con una diferencia. Juan ha
pasado miedo y Nuria tiene una fobia.
Es muy normal que los niños desarrollen miedos muy variados. La mayoría son
pasajeros y corresponden a una edad determinada. Hay un pequeño porcentaje de
miedos de esa época que persisten con intensidad elevada que acaban
convirtiéndose en problema, ya que impiden llevar una vida normal.
El miedo es una emoción natural que cumple su cometido. El miedo hace de alarma
psicológica. Es el equivalente psicológico al dolor en nuestro físico. Las
situaciones que provocan amenaza y nos ponen situación de peligro provocan
temor. A su vez el miedo evita correr riesgos innecesarios. Si no tuviésemos
miedos nos convertiríamos en unos temerarios; nos asomaríamos a la vía de un
tren porque no nos da miedo y las consecuencias podrían ser fatales.
Los miedos son respuestas instintivas y universales, sin aprendizaje. Los miedos
innatos se pueden agrupar en varias parcelas:
. Miedo a los estímulos intensos.
. Miedo a los estímulos desconocidos.
. Miedo a la ausencia de estímulos (por ejemplo, la oscuridad).
. Miedo a estímulos que han sido potencialmente peligrosos para la especie
humana.
. Miedo a las interacciones sociales con desconocidos.
Cuando el miedo se convierte en algo desproporcionado y desadaptativo se
transforma en una fobia.
. Desproporcionado: El objeto temido no es amenazante, o si llegase a provocar
un ligero desasosiego, la reacción es exagerada.
. Desadaptativo: La intensa reacción produce malestar, grandes preocupaciones y
síntomas desagradables físicos (mareos, nauseas...); además altera nuestra vida
cotidiana y la de los que tenemos cerca.
. Además, el miedo no puede ser eliminado racionalmente. Suele estar fuera del
control voluntario. No son específicas de una edad concreta. Son de larga
duración.
Para distinguir una fobia de un miedo es que la conducta sea apropiada a la
situación. Así, si paso por un callejón oscuro, es normal que pueda tener miedo,
no sé con quien me puedo encontrar, no conozco el sitio y me puedo tropezar con
algo. Intentaré no pasar por allí buscando un recorrido más iluminado y
conocido, o iré con cuidado de no tropezarme. Es un temor razonable. En cambio,
una fobia sería tener pánico a ir a mi habitación y pasar por un pasillo
despejado pero poco iluminado, en donde sabemos que no va a pasar nada.
En la infancia es más difícil distinguir entre miedo y fobia. Muchos miedos
vienen y se van. Con el tiempo el niño aprende a superarlos. Para que se dé una
fobia tiene que tener una duración mínima de 6 meses. Hay que tener además en
cuenta la edad del niño. Los miedos más importantes en relación a la edad del
niño son:
. 0-1 años: estímulos intensos y desconocidos. Miedo a los extraños.
. 2-4 años: miedo a los animales y las tormentas.
. 4-6 años: oscuridad. Brujas y fantasmas. Catástrofes. Separación de los
padres.
. 6-9 años: daño físico. Ridículo.
. 9-12 años: accidentes y enfermedades. Mal rendimiento escolar. Conflicto entre
los padres.
. Relaciones interpersonales. Pérdida de autoestima.
Hay unos cuantos factores que explican el origen y mantenimiento de los miedos.
. Predisposición genética: por la evolución que el hombre ha llevado, es más
normal que se coja miedo a determinados estímulos como serpientes o animales,
que en nuestra vida su presencia o incidencia es prácticamente nula, que a otros
más peligrosos y actuales.
. Vulnerabilidad biológica: el niño que tiene un umbral de alarma muy bajo, es
más probable que adquiera más miedos que el resto de los niños, ya que se
dispararía muy fácilmente. Hay que añadir, que un estado de agotamiento, o de
defensas bajas le hace más susceptible a los sustos y miedos.
. Vulnerabilidad Psicológica: si el niño tiene pocas habilidades para afrontar
episodios ansiógenos, como calmarse o relajarse, es más fácil que adquiera
temores.
. Historia personal: si el niño supo enfrentarse con éxito a situaciones
atemorizantes pasadas, seguramente resolverá con éxito situaciones parecidas y
no las evitará. Al contrario, hará todo lo posible para evitarlas, y el miedo se
mantendrá. Aquí habría que reseñar que padecer una experiencia traumática
también puede marcar un desarrollo de miedos posteriores.
. Observación: o aprendizaje vicario. El niño coge miedo porque ve a otros pasar
o sentir miedo, o sufrir experiencias negativas. Este miedo se puede dar tanto
en situaciones reales como simuladas (cuentos escritos o contados, películas,
etc.).
. Beneficios secundarios: el miedo se puede mantener porque el niño recibe
atenciones especiales de su entorno más próximo. Además, evitar las situaciones
que le provocan ansiedad, le proporcionará un alivio momentáneo.
El miedo a la oscuridad es algo corriente. Es una respuesta aprendida
biológicamente por nuestros antepasados, en donde la oscuridad conllevaba una
situación de inferioridad y peligro. Actualmente, es un estímulo inofensivo. El
miedo surge alrededor de los dos años. En su inicio y mantenimiento interviene
el aprendizaje. Un ejemplo típico es la asociación de la oscuridad con sueños
aterradores. El niño, asustado, reclama la presencia de sus padres; estos
acuden, encendiendo la luz para calmarlo, generando una asociación de
luz-padres- seguridad y otra de oscuridad-pesadillas-miedo. Con este miedo se
pueden obtener unas ventajas como atención, diversión o dormir en la cama de sus
padres. Además, el aprendizaje se puede dar por observación: los niños ven a
otros con miedo a la oscuridad y el temor se empieza a contagiar (típico entre
hermanos) o al ver películas de miedo en donde las escenas más atemorizantes se
dan de noche o con poca luz. Otra manera de aprender el miedo es por la
transmisión de información, como en los cuentos fantásticos.
La fobia a la oscuridad se ve reflejada en una serie de respuestas:
. Emocionales: sentimientos o emociones como miedo o temor.
. Fisiológicas: reacciones del organismo como palpitaciones, sudoración, tensión
muscular. Son respuestas que preparan al organismo para huir o enfrentarse ante
la situación atemorizante.
. Motoras: conllevan pautas de acción como encender la luz, mirar debajo de la
cama, correr a la habitación de los padres.
. Cognitivas: son creencias o actitudes, por ejemplo, creer que hay monstruos en
la habitación, que le ha pasado algo a los familiares, que hay alguien
acechando.
Estas respuestas se dan en situaciones de oscuridad (total o parcial) que
resultan desproporcionadas y desadaptadas (berrinches, no ir a una excursión con
el colegio pasando la noche fuera de casa.).
Las pesadillas pueden influir en el origen y persistencia de una fobia a la
oscuridad. Las pesadillas son sueños terroríficos que despiertan a la persona
desde la fase REM, llevándole a un estado de vigilia en el que puede recordar
detalladamente el sueño. Suelen ser sueños largos que se van haciendo cada vez
más angustiosos hasta terminar en un despertar. Los temas más recurrentes suelen
afectar al temor a ser dañado físicamente o a que su autoestima sea atacada
(fracaso personal).
Las pesadillas provocan sufrimiento personal, vienen acompañadas de de una
intensa y prolongación sensación de miedo, y a veces, de activación vegetativa.
Además hay que añadir fatiga, falta de concentración, somnolencia,
irritabilidad, preocupaciones. posteriores, debidas a los despertares o a los
miedos a dormirse. En el niño puede acabar en miedo a dormir, fobias a la
oscuridad, problemas para irse a la cama, dificultades para dormir, etc.,
terminando por afectar a la vida familiar.
Las pesadillas suelen estar unidas a ansiedad por experiencias nuevas o tensión
psicosocial o la angustia producida por las demandas que se dan en determinadas
etapas evolutivas (entrenamiento en el uso de WC, por ejemplo). Los miedos
típicos de la edad pueden verse reflejados en sus ensoñaciones. También hay
factores ambientales que pueden influir en la aparición de pesadillas, como la
vuelta al colegio, problemas familiares, etc. Una vez instaurado el problema,
éste se podría mantener por un exceso de atención de los padres, o la evitación
de actividades que no le agradan, por ejemplo.
Los terrores nocturnos son despertares bruscos que van acompañados de gritos,
llantos y evidente estado de agitación. Mientras dura el episodio, no es posible
tranquilizar al niño. Sensación de miedo patente. El niño se incorpora con los
ojos abiertos y las pupilas dilatadas. Suelen aparecer durante las dos primeras
horas del sueño. Los episodios suelen durar un par de minutos no prolongándose
más de veinte minutos. Después el niño se duerme y no recuerda nada al día
siguiente o si se vuelve a despertar otra vez en esa misma noche. Pese a la
angustia que transmiten son inofensivos y lo más que provocan es la interrupción
del sueño. Desaparecen con el tiempo.
Todos estos miedos irán desapareciendo por sí mismos, en un proceso natural,
donde el niño evoluciona y acaba perdiendo el miedo a estas situaciones. Se
convertiría en un problema si sigue persistiendo, conllevando un deterioro en su
vida cotidiana y de la gente que tiene alrededor. En estos casos, sería adecuado
buscar ayuda profesional, para evaluar el trastorno y después dar un tratamiento
que lo solucione.
BIBLIOGRAFÍA
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Madrid: Fundación Universidad-Empresa.
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fobia a la oscuridad por medio de los padres. Terapia psicológica con niños y
adolescentes. Estudio de casos clínicos. Madrid: Pirámide.
Javier Gutiérrez Sanz.
Psicólogo
M-17718
AtenPsi. Consulta de Psicología Pozuelo.
C/ Dinamarca n. 2, Portal 2, Bajo 4. Pozuelo de Alarcón. Madrid.
Tfno: 91 7159247
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Cortesía de Javier Gutierrez SanzNube de Tags
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