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“España, Prometeo
de Europa, encadenada
al Pirineo.”
Max Aub.
HEMOS PASADO RAPIDAMENTE DEL ENTUSIASMO A LA CAUTELA
No es que la princesa Europa fuera raptada por el negro toro ibérico. Hay
que dar la vuelta a la mitología para comprender que Europa ha seducido a los
españoles.
La cosa viene de largo. La vida colectiva española ha sido excéntrica a los
sucesos centrales europeos desde por lo menos el siglo XVIII. Los más críticos
pensaban que siempre fue así. Los más voluntariosos consideraban que habíamos
tenido los españoles algunos momentos de acercamiento al pálpito europeo. Pero
si puedo escribir de esa forma tan distanciada es porque en nuestros hábitos de
lenguaje la palabra “Europa” se reserva a “ellos”. Los europeos son los otros,
son más y superiores. Acercarnos a Europa ha sido la obsesión secular de los
españoles, como si la Península fuera efectivamente una balsa de piedra, al
decir de Saramago. No se cae fácilmente en la cuenta que desde que Europa lo es,
España es parte de ese primer concepto. No importa, el complejo de inferioridad
y de lejanía se halla alojado en nuestro consciente colectivo.
Con estas pulsaciones de la “intrahistoria”, es lógico que se vieran los
primeros escarceos para acceder al Mercado Común como una tabla para náufragos.
Hablo de hace casi cincuenta años. Entonces el “europeísmo” tenía, además, el
significado de oposición al franquismo. Era por tanto de izquierdas. Aunque
parezca extraño, esa asociación latente ha seguido funcionando hasta hoy mismo.
No en vano la definitiva incorporación a la Comunidad Europea se hace bajo la
égida socialista.
Las actitudes de estos últimos años en favor de la Comunidad Europea son,
primero, entusiastas. Mejor dicho, lo característico de la opinión española ha
sido una mezcla de entusiasmo europeísta y desinformación respecto a lo que
sucedía allende los Pirineos. Por lo demás, la creencia de que una hipotética
Unión Europea fuera a sustituir los tradicionales símbolos de soberanía
(pasaporte, moneda, etc.) ha sido muy liviana entre nosotros. Eso de “ser
ciudadano de Europa” es un deseo, que apenas contagiaba en España a una minoría
de la izquierda.
Unos pocos años después de nuestra integración en la Comunidad Europea empezaron
a surgir ciertos problemas. Los juegos políticos son muchas veces de “suma
cero”, es decir, uno gana y otro pierde, como en las competiciones deportivas.
La coyuntura económica adversa de los últimos años nos ha hecho ver que los
ásperos españoles hemos sido seducidos por la hermosa Europa. La Comunidad
Europea nos trae benéficas subvenciones, pero también extrañas imposiciones que
nos cuestan mucho dinero. Da la impresión de que los foráneos van a ganar más
que nosotros con las nuevas reglas del juego. Es decir, España se convierte en
un fabuloso mercado de ávidos consumidores.
No estoy dando mi opinión personal, sino la impresión que se deriva de los datos
de las encuestas. Hemos pasado rápidamente del entusiasmo a la cautela. Hablo de
un promedio, como es natural. El entusiasmo europeísta continúa pero reducido
ahora a una minoría. La mayoría no es que sea hostil a la unidad europea, sino
que permanece a la espera entre la indiferencia y la desinformación.
Los españoles tenemos demasiado reciente la construcción del Estado de las
autonomías, que ha supuesto una gigantesca nueva burocracia en las comunidades
autónomas, sin haber disminuido sensiblemente la del Estado central. Es decir,
su construcción ha resultado demasiado cara. Es lógico que muchos teman que el
experimento del hipotético Estado europeo sea mucho más caro. Será más
burocracia supraestatal sin que disminuya la nacional. ¿Quién pagará todo esto?
La opinión de los españoles se ha hecho cautelosa, cuando no amarga respecto a
las esperanzas que suscita la Unión Europea. Es más que nada una actitud crítica
y desilusionada respecto a las esperanzas frustradas.
Durante muchos lustros el europeísmo era uncirse al tren de la media docena de
países de corte democrático y de economía compleja. Es lógico que funcionara el
estímulo de ese espacio europeo donde había enraizado la convivencia democrática
y el estado de bienestar. Pero hoy lo que llamamos Unión Europea camina hacia el
reconocimiento de al menos una treintena de países. Curiosamente, España será
más Europa, pero será otra Europa. Y es que, como dijo el poeta: “¡Ay! Sea por
lo que sea, / lo que es lo que es / aunque ninguno lo crea”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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