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“Ya no dici padri,
ni madri ni agüela .
“Mi papá, mi mamá, mi abuelita...”
como si el mocoso juesi un señoruco
de los de nacencia.”
Gabriel y Galán.
CARECER DEL SENTIDO DEL RIDICULO
Hace más de medio siglo, Ramón Gómez de la Serna escribió un hermoso Ensayo
sobre lo cursi. Este término, hoy un poco en desuso, alude a lo afectado,
pretencioso, remilgado, recargado, falsamente elegante y, como resultado,
ridículo. También se decía entonces “sofisticado” para lo mismo, pero ese
vocablo ha variado por completo de uso. Para nuestro autor, cursis eran sobre
todo los objetos recargados. Los rechazaba uno por uno, pero encontraba un raro
placer en coleccionarlos. Esta reacción es mucho más general de lo que parece.
Coleccionar lo cursi puede resultar un acto entrañable. Por ejemplo, una casa de
muñecas de las de antes.
Hoy hablamos menos de objetos que de personas cursis. Para ellas tenemos un
nuevo término, el de horteras. Su conducta típica es la horterada. Aunque parece
un vocablo femenino, el hortera es definitivamente masculino, así como cursis
eran antes más bien las mujeres. Todavía un poco antes de la generación de Ramón
Gómez de la Serna, el hortera era simplemente el dependiente de un comercio
elegante. Es ahí donde se daba la situación de una clientela aristocrática o
cortesana que era atendida por obsequiosos empleados. Estos venían obligados a
adoptar el atuendo y las maneras de la clientela, pero de una manera estudiada,
exagerada y falsa. De ahí el tono despectivo que -desde arriba- empezó a darse a
estos vendedores. Por injusto que pueda parecer, ese sentido es el único que ha
quedado del lenguaje, que incluso ignora el origen de la primitiva función
comercial. Un hortera es hoy una persona que quiere pasar por elegante o
distinguida, pero que resulta vulgar. Es, en definitiva, la manifestación del
quiero y no puedo, la ostentación irritante del recién llegado, la expresión del
mal gusto.
El término pertenece a una sociedad donde hay muchos móviles sociales, pero la
clase que socialmente manda se resiste a esa incorporación de los que suben de
posición. Los de arriba tienen que seguir marcando las distancias respecto de
los recién llegados. Sobre gustos se puede escribir todavía mucho, por la
sencilla razón de que los gustos cambian. Los que ascienden de clase o de
fortuna no pueden comprender de golpe la sutileza de esas alteraciones de lo que
se considera de buen tono o de buen gusto.
La horterada se manifiesta de mil formas. Suele darse especialmente cuando se
trata de conductas colectivas, gregarias incluso. Así, una boda postinera, una
fiesta infantil con payasos, un grupo turístico por lugares exóticos, una
despedida de soltero, son ocasiones donde se manifiesta exultante la dimensión “horteril”.
Hay que estar atentos al proceso general de casi todas las modas. Lo que empieza
siendo un atributo del gusto refinado, al generalizarse y abaratarse se
convierte en vulgar. Es ante ese último movimiento cuando se presenta la
horterada. Se podrían aducir mil ilustraciones de esta secuencia, no sólo
referida a los objetos, sino a todas las conductas. El lenguaje coloquial está
lleno de expresiones que empiezan por una moda exquisita y acaban
trivializándose hasta la “horteridad” más ridícula. Así, decir “es la monda” ya
empezaba ser una horterada hace veinte años, por lo mismo que más tarde lo fue
la expresión equivalente “es de alucine”. Dentro de poco le ocurrirá lo mismo a
la exclamación, todavía casi elegante, de “es fenomenal”.
Si el buen gusto es el “discernimiento de lo mejor”, al decir de los clásicos,
el mal gusto consiste en ostentar burdamente que uno carece de sentido del
ridículo. Esto se produce, paradójicamente, cuando uno se toma en serio, hasta
el final, la función para la que se conciben ciertos objetos o se determinan
ciertos comportamientos. Por ejemplo, besar realmente la mano de las señoras,
ponerse gafas de sol cuando no hay sol, utilizar el teléfono móvil como
exhibición, llevar la radio a la playa o sacarla a la terraza o al jardín. Ya se
decía hace una generación que “no hay hortera sin transistor”. El grado de
“horteridad” se mide también en decibelios, sean de la música o de la moto. La
horterada es hoy llamar footing a lo que los americanos llaman “correr” y
simultanear esa nociva práctica con la audición de un disco compacto a través de
auriculares. Y como dijo el poeta: “Cuanto más pienso en las cosas, / mucho
menos las comprendo; / por eso cuando te miro / te estoy viendo y no lo creo”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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