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La invasión estadounidense a Panamá, acaecida el 20 de diciembre de 1989, es
uno de los episodios más desgarradores y traumático de toda la historia
panameña, sólo comparada con los horrores de la conquista hispana, la Guerra de
los Mil Días entre los conservadores y liberales a fines e inicios de los siglos
XIX - XX y la matanza de estudiantes por policías y soldados de EE.UU.
acantonados en la Zona del Canal de Panamá el 9 de enero de 1964.
A dieciocho años de este hecho trascendental de la historia latinoamericana, aún
sus consecuencias son manifiestas en la sociedad panameña, sobre todo entre los
miles de afectados por las heridas psicológicas y físicas de la guerra. Esto se
agrava en la medida en que los distintos gobiernos e instituciones, que deben
garantizar el bienestar común de la población, han tirado un manto de olvido y
sostenida intención de borrar la tragedia de la invasión, dejando así a las
victimas sin posibilidad de confrontar lo ocurrido y superar mediante la verdad
sus traumas: pérdida de familiares, esposos, hijos, padres, abuelos, amigos,
hogares, profesiones, negocios, relaciones sociales, forma de vida, sus barrios,
su vecindad. Ni siquiera se conoce a ciencia cierta la cifra de muertos y
desaparecidos de esta intervención militar, en donde los civiles fueron los más
afectados y los verdugos señalan a las víctimas como culpables.
En este contexto, Ricaurte Soler escribió en su obra La invasión estadounidense
a Panamá que “...Durante 72 horas El Chorrillo permaneció incomunicado. Los
norteamericanos pagaban 6 dólares por cadáver entregado. Un testigo dice haber
acarreado 200 para que le pagaran. En bolsas de plásticas fueron lanzados
cadáveres al mar con bombas de inmersión. Tres camiones refrigerados de 40 pies
entraron a El Chorrillo para recoger cadáveres...” Muchos otros muertos de la
invasión fueron incinerados in situ, sepultados en fosas comunes en Panamá y
probablemente en bases militares estadounidenses en Centroamérica... sin
registros, sin controles, sin humanidad, sin una oración. Por su parte, Cirilo
Castillo, un panameño de 38 años de edad relató: “Yo vi con mis propios ojos
cómo soldados estadounidenses ejecutaron a 26 prisioneros”... “Al parecer, la
matanza ocurrió en el camino entre El Chorrillo y Balboa, poco después de las
siete de la mañana del 20 de diciembre de 1989, el primer día de la invasión”
sentenció Roberto N. Méndez en su libro Panamá, 20 de diciembre de 1989:
¿Liberación... O crimen de guerra?
Fosas comunes, fusilamientos, campos de concentración y refugiados, retenes
militares, toques de queda, ocupación, todos estos conceptos de guerra y
destrucción desconocidos para la población, de un día para otro fueron el común
denominador. Los recuerdos, memorias y heridas aun persisten. En silencio cada
victima, testigo y protagonista se enfrentan con su verdad, amordazados y sin
escape, mujeres en espera de sus maridos, padres en espera de sus hijos... para
abrazarlos, para besarlos... o sepultarlos dignamente... cristianamente... pero
aun a dieciocho años lloran por su ausencia, por su partida intempestuosa...
llanto...y más llanto sin lagrimas, se han acabado de tanto sufrimiento...llanto
árido, por su huida, secuestro, desintegración o quien sabe qué..... Miles
también perdieron sus hogares, familias completas aplastadas por tanques en su
escape raudo del epicentro de fuego y muerte, ametrallados en retenes
militares.... El Chorrillo en llamas... Recuerdo a la poetiza Amelia Denis de
Icaza que en 1906, henchida de amor patriótico exclamó profetizando la tragedia
ochentaitres años atrás: “¿Qué se hizo tu chorrillo? ¿Su corriente al pisarla un
extraño se secó? Su cristalina, bienhechora fuente en el abismo del no ser se
hundió”… ahora más bien desapareció de la faz del planeta, hasta las ruinas de
Panamá la Vieja fueron ultrajadas...tiendas de campañas y arreos de combate
camuflados fueron instalados en ella por gente extraña... el mismo Pedrarías
Dávila protestó…sin respuesta...la dominación imperial era la prioridad.
Ante ese manto de oscuridad e intento de borrar los hechos y las consecuencias
de la Invasión a Panamá, queda un solo camino, la búsqueda de la verdad, aquella
verdad que nos sugiere Mauricio Gabotrit S. J. en su artículo Memoria e
Historia: relato desde las victimas (Rev. Eca, nov-dic. 2002)... afirmando que:
“La memoria de lo acontecido, además de tener un valor terapéutico colectivo,
sienta las bases para un respeto por los derechos humanos, desarma la impunidad
y su sistema de privilegios continuados para los verdugos y la prolongada
descalificación de las victimas, y, en definitiva, posibilita la
institucionalización - por así decirlo – de la verdad,” también Martín Beristáin,
en Reconstruir el tejido social (1999) insiste que “…para las poblaciones
afectadas por la violencia, la memoria histórica tiene el valor de
reconocimiento social y de justicia, por lo que puede tener un papel preventivo
de secuelas sicológicas negativas, y de prevención de atrocidades en el futuro”.
Para nadie en la República de Panamá es ajena esta afirmación. Todos los
ciudadanos han visto tras la invasión de 1989 el incremento de la violencia de
las bandas juveniles, uso de armas de guerra, crueldad y ejecuciones sin
parangón. Precisamente muchos de estos jóvenes delincuentes, de niños vivieron
la barbarie de la intervención armada estadounidenses en sus barrios, casi como
reflejo de la experiencia centroamericana que tras los acuerdos de paz
aparecieron las maras, pandillas o bandas con este tipo de practicas y violencia
extrema, hijas de la guerra, miseria y heridas del pasado.
Aun en Panamá no se conoce la verdad sobre la invasión, y son precisamente los
culpables y cómplices de los responsables quienes la ocultan, y paradójicamente
señalan a las victimas como responsables de este genocidio, sin embargo, estas
personas son heroínas y héroes, 18 veces héroes...216 meses y 6570 días con casi
157,680 horas de heroicidad, cada año que pasen sin justicia y sin decoro se
multiplicara su vitalidad. Que lo sepa todo el mundo, los niños, adolescentes,
mujeres y hombres, negros, nativos, cholos, mestizos, campesinos, obreros,
profesionales, desempleados, marginados, oligarcas, empresarios...los
neoliberales y antineoliberales desde el estrecho Bering al de Magallanes.
El autor es historiador de la Universidad de Panamá
Gilberto Marulanda
gilbertomarulanda@hotmail.com
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