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“La tierra no es de nadie, la tierra es de Dios”.
León Tolstoi.
LA VOZ DE LAS CLARIDADES INTIMAS
El nombre de León Tolstoi resonó en Europa entera desde fines del siglo XIX,
y en las primeras décadas del siglo pasado, no solamente como el del más
poderoso creador novelístico de su época, sino como el de un apóstol religioso.
La resonancia de este nombre, su luminosísimo destello, parece apagarse en
Europa, desde hace años, casi con la misma rapidez con que se había encendido.
Otro nombre de un gran novelista místico de Yásnaia Poliana, el de Dostoievski,
oscurecía el luminoso de Tosltoi. ¡Extraño contraste de luz y sombra el de estos
dos enormes creadores, grandes poetas de la novela moderna! Verdaderamente
oscurece con sus obras terribles Dostoievski, con las sombrías, tenebrosas simas
que abre en la conciencia humana, aquellas otras, iluminadas lejanías,
deslumbradoras claridades íntimas de vida y de verdad, que en sus novelas
admirables nos dejó encendidas Tolstoi. No es de decir esto que no haya luces y
claridades en las del sombrío Dostoievski, como sombras y honduras tenebrosas en
las del luminoso Tolstoi. Pero lo que caracteriza o resalta, dándoles su propia
fisonomía a cada una de estas dos riquísimas ficciones novelísticas de ambos
escritores rusos, es esa tenebrosidad y luminosidad que contrasta entre ellas.
Cada vez que oímos ahora la palabra occidentalismo, ya sabemos que se refiere a
cualquier desorientación. Para Tolstoi, para Dostoievski, era más bien, todo lo
contrario. Dostoievski decía: “Yo soy un europeo ruso”. Y Tolstoi orientaba su
occidentalismo diciendo que su propio rostro era igual al de cualquier campesino
ruso. Cuando Lenin, gran lector y comentador justísimo de Tolstoi, advierte este
aspecto tosltoiano, su radical empeño de fundamentarse sobre la tierra rusa, de
arraigarse en ella, subraya, expresamente, el refrán popular que Tosltoi casi
tomó por lema, para señalarnos su poético y profético sentido: “La tierra no es
de nadie, la tierra es de Dios”. Sabemos, recordamos ahora, cómo el místico
apostolado religioso de Tolstoi le fue llevando, de huida en huida, de los demás
y de sí mismo, hasta aquella última de su muerte, en 1910, cuando ya anciano y
moribundo, abandona también su casa, no sabemos si buscando a Dios en las
tierras de nadie o huyéndole para morir solo.
Otro grande, admirable novelista ruso, Turguéniev, contemporáneo de Tosltoi y
Dostoievski (el conjunto de la novela rusa, desde Gógol hasta Gorki, es una de
las grandes muestras del espíritu humano en nuestro contemporáneo mundo
oriental-occidental), le reprochaba a Tolstoi en una conocida carta, su abandono
del arte de la novela, en el que era ya maestro incomparable, por el apostolado
místico, religioso, evangélico.
León Tolstoi nació en Yásnaia Poliana el 28 de agosto de 1828. Perteneciente a
una noble y acaudalada familia, puede no sólo adquirir una cultura elevada, sino
traducir en sus escritos el espíritu y las realidades de su ambiente. Estudia
Derecho en San Petersburgo, y después ingresa como oficial en el ejército. Lucha
en la guerra de Crimea y recibe condecoraciones por su actuación en Sebastopol
(1855). Abandona la vida militar a los treinta años y viaja por Europa. Cuando
regresa se retira a sus posiciones de Yásnaia Poliana, y se dedica a escribir;
al mismo tiempo que crea para sus campesinos escuelas y centros de trabajo.
Profundamente cristiano y, más aún, tocado de una especie de perpetuo misticismo
exaltado, su doctrina es, en ocasiones, contradictoria, si se juzga con estricta
intelectualidad o rigor; pero muestra un sincero y apasionado deseo de amor a
los demás, y a Dios, junto a una sensibilidad verdaderamente singular.
Tolstoi es un gran pintor de la sociedad, con todas sus facetas, y junto a eso,
sabe con genial maestría pormenorizar en cada individuo, y detenerse en las
cosas con morosidad de poeta. Fruto de su mundo religioso es su autobiografía
Confesión (1904). En su matrimonio mantuvo una atormentada relación con Sonia
Tolstaia que ambos fueron reflejando en sus respectivos diarios. El día de la
boda, el 23 de septiembre de 1862, Tolstoi, pasó un momento por la casa de Sonia
para verla. Los criados habían acabado de hacer sus maletas. Iban a trasladarse
de la casa de los padres de Sonia a Yásnaia Poliana inmediatamente después de la
ceremonia nupcial. “Nos sentamos sobre las maletas -recordó Sonia- y se puso a
atormentarme con preguntas y dudas sobre mi amor por él. Pensé que quería
escapar y que podía tener un miedo repentino al matrimonio”. Ese fue el inicio
de un matrimonio tumultuoso y turbulento que, pese a sus discusiones desde el
comienzo, les brindó mucha felicidad al principio y después, poco a poco pero
inexorablemente, se fue desintegrando hasta convertirse en un infierno para los
dos.León Tolstoi muere en Ostapovo el 7 de noviembre de 1910.
Las obras más puramente novelescas de Tolstoi son Guerra y paz y Ana Karenina...
más que Resurrección y Sonata a Kreutzer. Aunque sin desconocer en estas otras
novelas, “de tesis”, teñidas ya de una intención moral, explícita en ellas, las
mismas cualidades excelsas del maravilloso creador de aquellas otras, el
narrador de Los cosacos y Sebastopol; de tantos admirables cuentos; de sus
profundísimos y encantadores Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud.
Tolstoi apóstol de un cristianismo casi búdico, excesivamente orientalista para
muchos, y Tolstoi escritor, poeta, novelista, inventor de portentosas ficciones
imaginativas, llenas de vida y de verdad, sorprendentes, alucinadoras, por su
belleza formal misma, ¿son dos personalidades distintas, opuestas,
contradictorias? Creemos que no. Sólo que lo que nos interesa en ambas, que son
una sola, pues por eso lo son, es su afirmación vital misma; su vivísima
afirmación conmovedora de lo humano. Algo que llamaríamos su humanismo integral.
La lectura de Guerra y paz o de Ana Karenina, nos abre y ahonda mucho mejor esta
humanísima perspectiva viva que aquellos opúsculos de propaganda moral y
religiosa, meramente polémica, como ¿Qué es el Arte? o Lo que debe hacerse,
etc.... Y hasta que su ejemplar vida propia, cuando, acaso no sin diabólico
orgullo, se reduce al más humilde, al parecer, de los renunciamientos: inclusive
hasta el que justamente le reprochaba Turguéniev: del arte de la novela misma,
en el que era, en el que es, quizá, el más extraordinario creador de nuestro
tiempo, de nuestros tiempos.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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