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Quien lo conoce, seguramente, lo llama Yayo el Turco. De turco, en verdad, es
poco lo que tiene. Fuera de recordar, con su buen humor, el residuo de frases
sueltas, mariposeo verbal del árabe y jergas que él descompone. Hay quien dirá
que parece uno. Es bigotón, con barbas azulinas, cabello negro que peina hacia
el lado. Entonces, son visibles sus ojos oscuros, de párpados anchos, la frente,
el cutis limpio, con la piel sedosa. Para precisar la semejanza, faltará el
turbante. Un pantalón y túnicas que indiquen jeraquía. Un vestido que sea un
verdadero lienzo de colores. No será necesario. En definitiva, no es kurdo ni
árabe ni turco. Es pepiniano. Hijo de jíbaros puertorriqueños.
Está empleado en la Autoridad de Fuentes Fluviales. Celador electricista. Un
hombre bonachón, de 5'.7" de estatura. Responsable con la familia, sobre todo.
Su esposa está primero que sus dos o tres cortejas. Cartilla que lee a todas.
«No te pases del límite. No entres a líneas de combate».
El dice que el amante ideal tendrá una esposa, lealtad encarnada «que no
destruirá con propia mano». Esto es otra de sus metáforas de guerra.
«Quien lucha por Corea, si la ama y la compara con el amor de un esposo por su
esposa, que no la hiera con su mano. Que no la hiera con la guerra. Quien, por
los ideales de democracia y libertad, dice que lucha, hágalos sagrados, como el
hogar y la esposa. El surcoreano se vale del gringo, velagüira; en Corea del
Norte, ronda el ruso; esos son los amoríos menores. El matrimonio, si se
destruye y se agrede es por causa de esos buitres que al acecho, nos jeringan...
Para pescar en río revuelto, se acercó el turco. Se metió en una guerra en que
no tuvo arte ni parte. ¿Sabes qué quiso? Una membresía en la Organización del
Tratado Atlántico Norte... Mira lo que uno piensa cuando sale del pueblito y
llama a la nación americana, mi país y mi bandera».
Como de costumbre, este sábado sus amigos lo esperan. Veteranos de la Guerra de
Corea como él. Beberán unas cervezas en un bar de Tablastilla. No se cansan de
oír sobre sus peripecias y estas comparaciones, «el matrimonio es mi DMZ, mi
zona desmilitarizada».
El Turco bien que explica lo que se aupa entre las leyendas populares de su
pueblo. Está, en primer lugar, su mote, El Turco y, para el que interesa verlo
en serio con su historia, sus anécdotas de guerra. Por quererlo así, supo que la
prensa adujo: han sido 5,000 prisioneros de guerra, sólo en el grupo
estadounidense, nuestros muertos. Alegaron que los comunistas son atroces y
asesinos, aún con quienes sobreviven. Dos tercios de esos prisioneros de guerra,
ni en par de años de su cautividad, han podido soportarlo. Provocan a sus
verdugos a fin de que se les anticipen las ejecuciones o la tortura cese.
«¿Quién fue más cruel?», preguntaron a Yayo. Calculan que más 12,000 comunistas
norcoreanos, tomados como reos, murieron en encierro. El odio es mutuo. La
violencia ciega. El hambre, el aislamiento, insoportables. El ejército, aliado y
salvador, ése en que estuvo y que llama héroe a cada uniformado, dio el mandato.
«¡Mátenlos, maténlos sin miramientos!»
El recuerda la campaña, una en que, por primera vez, oyó que hablara el Dr. Don
Pedro Albizu Campos, Aid Korea to resist America. El Partido Nacionalista, claro
que dijo: Que ningún boricua se reclute. Norteamérica se personó a agredirla.
Yayo se reclutó, no por inocente. A veces late su auto-reproche como una herida
de guerra. Y, de paso, siente que Albizu que terminó en la cárcel, explicó el
por qué no ir del modo más sencillo. Es Corea, tierra dividida por los
imperialistas. Chinos, japoneses, rusos, norteamericanos... la han convertido,
finalmente, en un pueblo desmembrado... Hay un paralelismo entre Corea y Puerto
Rico. Monstruos se la comen, la dividen. La desangran... ¿Con quién dar los
detalles de lo que vivió y lo comprenda? Amigos verdaderos, combatientes de su
buena cepa; algunos que beben con él, oscuramente aliados en tristeza. «Si la
política es sucia, más sucia es la guerra», filosofa. «No me hagan recordar
estas cosas», dice a sus interlocutores, «hablemos de!
algo divertido». Por consiguiente, se hablaría de la Santa Crica y sus
profundidades.
Con cervecitas, rones y el fondo de música mexicana, Yayo saca su romanticismo
amacharrado. Evoca la libertad y el sexo, la metafísica de lo masculino y
femenino. A él corresponde ser un combatiente, con arma de victoria en alto,
vaya cojones, timbales de adrenalina, tendrá que serlo y, además, mantendrá la
pení(nsula) unida, sólida, bien adentro y chorreando. En secreto, así quiso que
fuera Norcorea, el país que una lo que el imperialismo norteamericano divide.
Unir no se pudo. Llegaron las potencias extranjeras (¿quién lo habría pensado?
¡Hasta los turcos!) Se asomaron a buscar despojos, pertrechos y bases
estratégicas. Rusia y Norteamérica cayeron sobre Corea: Japón, como chacal
colonialista, tenía esa presa tan herida y aún no la soltaba de sus dientes.
Yayo, quien va en camino a Tablastilla, a más del 15 meses del regreso, todavía
tiene las imágenes de los puertos de Pusán y Tonghae-hang en la memoria y el
corazón en vilo. Con lo que más batalla, no es con la erección y!
la unificación peninsular. Es con los recuerdos de guerra. Sus peligros.
Malditos recuerdos. Vio la ciudad medieval de Seúl, plena de ruinas y humeante
por intensos bombardeos. En Norcorea, le dijeron que de igual modo, llena de
quemazones, hallaría a Pyongyan. Dolía, con angustia, en su momento, verse
perdido. Contado entre los muertos y descartado por desaparecido. Y, sin
embargo, estuvo vivo, sacándose las señas de los dedos como mugre comunicadora.
Implorando a Dios que lo hallen. Que lo rescaten. «No estoy muerto. Ni sé dónde
he llegado ni qué me asegura que ustedes me entreguen a los gringos». Tres meses
puso en el empeño de aprender unos retazos del idioma turco. «Si sobrevivo, soy
más listo que el carajo». Aprendió a decir paz, amigo, soldado, alimento, frío,
ayúdeme. Habría aprendido esta lección en cualquier idioma que fuese necesario.
Haría el esfuerzo de significar tales palabras y emitirlas. En cada lenguaje
reinventaría su ambición de sobrevivir. El que no llo!
ra no mama.
«¿Qué sucederá si regresas al campamento de Corea y te sorprende la explosión
nuclear que se tramita?», le pregunta un militar turco.
«¡Nos jodemos! Con un bombazo, como en Hiroshima, ¿qué esperanza?»
«Puede que ocurra».
El habría querido que Sur Corea, el gobierno de Rhee, se rindiera para que la
guerra fuese la más breve de la historia. A punto estuvo de decirlo, pero se
acordó del chicharrón de cerdo y se imaginó sus olores. Al final, dijo: «Truman
nos hará chicharrones». Según informes, él autorizaría el uso de la bomba
atómica contra China y Corea si fuera necesario.
«¡Eso sí que es destruirlo todo! No respetar ni sur ni norte. Es comportarse
peor que Japón durante los 35 años de dominio», meditó él cuando estuvo perdido.
Yayo el Turco no siempre se lanza a evocar estos recuerdos tan solemnemente.
Después de noviembre de 1952, el presidente electo Dwight D. Einsehower cumplió
con su promesa de campaña. Fue a Corea y halló cómo dar fin al conflicto. Uno de
los resultados fue su vuelta a casa. Que hallaran a los POWs, a todos los
perdidos. Ahora se siente afortunado. Hoy puede leer que los comunistas
capturaron 70,000 soldados surcoreanos. Sólo 8,000 de ellos regresaron. En
algunos de esos trances de captura, se perdió; pero aquí está... en Pepino, vivo
y coleando.
El tiene los brazos fuertes, el cuerpo musculoso; ya no es el joven espigado que
reclutara el ejército. Ya no. Hoy está medio gordito; pero, para quien lo busca
y lo trata, es un típico pepiniano, buen vecino y jovial. Parece que no sufre.
Que nunca ha sufrido. Han comenzado a olvidar la guerra los que la pelearon. El
todavía suma números, resta, se informa cómo ha sido. Los comunistas norcoreanos
han dicho en la prensa que 390,000 norteamericanos agresores pagaron el precio
justo: murieron. Y menciona, al menos, 29,000 mercenarios internacionales. Son
esencialmente turcos. Casi un millón de fuerzas enemigas de Corea dormirán en
olvido. Se comenta: Esta guerra será olvidada porque es difícil mencionar los
nombres en chino. Tantas muertes son ya el comienzo de la memoria vacía. La
indiferencia que encubre y oculta más que la ignorancia de la Historia.
Yayo está vivo. Los muchachos de la guerra volvieron. Por eso se reúnen en
Pepino. La generación en que coincide el muñocismo triunfante y el primer
movimiento supresor del comunismo, tras la Guerra Fría.
«¡Ven acá, Turco!», lo llamaron.
«¡Yayo, Yayo!», desde la esquina lo van queriendo los amigos.
«¡Veterano!»
El no es uno de quienes ha cambiado sus valores. Ama a sus padres, respeta a los
mayores. Es honrado. Su país es primero... Y lo que explica su arabismo o su
turquez es tan simple: se fue por rumbo equivocado; pero no lo hallaron huestes
enemigas. Sí, los turcos. Los EE.UU. abrió bases militares en Turquía y terminó
alternando con soldados de Gemlik, Hopa, Estambul y Bursa.
Yayo el Turco llegó y de la vellonera seleccionó un bolero en voz de Pedro
Infante. Y es Toño Palomo el primero que saluda.
«Turco, ¿qué dices? ¿Cómo van las cosas al sur del Paralelo 38?»
Antes de sentarse en su rincón favorito y entre amigos, lo escucharon. Nadie le
quitará lo picaflor, la sensualidad a flor de piel. Sendo bellaco. Lisonjeó una
moza a su paso. Dice que el macho propone y la mujer dispone. El ofrece de sí la
calidez humana, su poder imaginativo, las palabras precisas, con visión
articulada, digna y adecuada en cada detalle. Además, Yayo el Turco es apuesto.
Pocas son las mujeres que rechazan que un silbido suyo las detenga. Las conduzca
a donde sea que proponga los rituales de sexo, siendo casado.
En el bar ya está Toño Palomo, el fiebrú. Se burló de Belén, el guardia
cascarrabias. Comentó que otros choferes festejaron cuando partió desde la
plaza, arrancando brea y quemando llantas. Recién compró lo que soñaba: el carro
nuevo. Tendría que pregonarlo aviezamente con amarcha triunfal de arranque
alrededor de la Plaza Baldorioty. Escuchar que invocan al demonio abusador del
poblado. Sueltan al toro bravo: «Cógelo, Belén, que va sin freno».
El burlado luchaba con la encía a puros lengüetazos cuando Toño Palomo lo dejó
con sus nervios retorcidos en mal instante, pues chilló sus neumáticos y manejó
como rayo. La maldita caja de dientes que se sale de su boca. Se le cae... y
Belén, por buscarla que se rinde. La recoge del suelo y maldice al que se fuga
de su celo policíaco y su orden de obediencia [Belén que epitomiza los poderes
vigilantes]. Ajá: su dentadura se vomita contra el polvo de la calle.
Cada vez que llegan los comicios, ese celoso esbirro de La Pava, se siente
sensitivo. Deambula, mucho más enojadizo que lo habitual. Hasta Yayo el Turco se
vuelve sospechoso. Belén, en la calle, expone el celo del muñocismo triunfante.
Politiquea con la macana en mano, el grito en cuello y su temperamento iracundo.
Para Toño Palomo y Yayo el Turco, donde hay que mandar a ese endemoniado en
uniforme es a Corea. Que se ensañe allá, en las áreas del Paralelo 38, con las
fuerzas soviéticas en Kaesong. Que vaya ante el Teniente General y comandante,
John R. Hodge, y se reclute. ¡Véte, Belén! Colmo del calerismo.Comunistas habrá
[por siempre]. Que se vaya a matarlos donde estén. No en las calles de Pepino.
Es Corea quien lo ha necesitado desde antes de 1945.
«En Corea sí que harán chirridos sus dientes y temblará su quijada», ríe Palomo.
«Después de verme perdido y entre turcos y no saber por quién se mata y el por
qué, ya no me asusta nada. A Belén, por el contrario, lo embarrará la mierda»,
dijo Yayo.
Precisamente, al jactancioso lo compara con Corea del Sur, pueblo cuyo ejército
fue poco más de 65,000 soldados, armados, entrenados y equipados por los Estados
Unidos. «Corea es una trampa tendida para ciegos y el Sur se han sentido grande
a la sombra de su protector».
Una Guerra de Truman, inicialmente con el apoyo popular; más tarde, fue la
Guerra Olvidada. Discutida y cuestionada. «La guerra que me asusta no está en
los periódicos; yo voy a olvidarla pronto», es lo que Yayo el Turco comenta a
sus amigos. Saborea la cerveza. Amplía los contenidos del deseo. Quisiera que el
guardia Belén viviera una semana lo que él ha vivido. Sólo hombres, tan llenos
de ira y dolor, deben utilizarse en ese infierno. Que lo soltaran en el campo de
batalla para que no sea jactancioso. Corea: la primera confrontación sangrienta
durante los años conocidos como la Guerra Fría, es el lugar que ha elegido...
«Allí quisiera verlo. Cagándose. O matando a gusto los diablos rojillos»,
reflexionó.
Del libro «Leyendas históricas y cuentos colora'os»
NOTA DEL AUTOR: 'Yayo el Turco' es un personaje real, quien hoy tendría la
edad de 75 a 76 años. Aún vive en su natal Pepino, pueblo del centro-occidental
de la isla de Puerto Rico. Reales son el Policía Belén, fallecido. Toño Palomo,
ex-chofer de carro público, y real la anécdota de cuando, durante la Guerra
Corea, el joven veterano Hilario («Yayo») se perdió y fue capturado por tropas
aliadas turcas, por lo que terminó, de Corea a Turquía. Es la razón porque,
entre los pepinianos, se le llamara Yayo el Turco.
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