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Soul India I

Por Carlos Manzano

No sé por qué, pero me gusta Barajas. De todos los aeropuertos que conozco, no sé si por la costumbre, porque allí comenzaron alguno de los viajes que mejor recuerdo guardo o por razones que desconozco, el hecho es que me siento bien en ese aeropuerto.

Tomé un taxi en las vacías calles de una ciudad que aún mantenía encendidas sus luces anaranjadas. Contaba las veces que había llegado de madrugada al aeropuerto. Muchas: ya no me acordaba. El día comenzaba a clarear, y parecía que los primeros rayos de sol despertaban a los aviones que se desperezaban en la neblina del verano: aviones que, por riguroso turno, en unas horas, volverían a transportar los sueños y las vidas de miles de pasajeros. Anónimas y aún medio dormidas, las gentes esperaban inquietas el momento en que volarían para realizar negocios, abrazar a la familia, al novio, al amante o, como en mi caso, ver aquello que una vez leí en un libro o me contaron.

Siempre hay un momento muy especial para mí: es cuando los motores del avión alcanzan la máxima potencia instantes antes del despegue. Cuando ocurre esto, acuden a mi cabeza mil sensaciones diferentes, desordenadas, contradictorias que estimulan mi sistema nervioso y lo dejan a merced de la lucha perpetua que mantienen el cerebro y el corazón; la pasión y la razón: por un lado, la alegría de vivir nuevas experiencias, la satisfacción de conocer otras culturas, ver otros paisajes o, simplemente, por el gusto de absorber olores, colores o sabores que, o son nuevos, o estaban olvidados. Por otro, un sentimiento de nostalgia, quizá absurdo, por lo que dejas y a veces te gustaría llevar contigo. Hace ya años descubrí que lo importante de viajar, lo apasionante de viajar, no era narrarlo a tu regreso ni hacer fotos, sino atesorar cada una de las imágenes vividas: las risas, la soledad, los paisajes, el sufrimiento, las incomodidades, los placeres; las palabras que se van amontonando en el alma y que constituyen la mayor riqueza que nos fue dada: la vida. Eso es lo que queda cuando viajas. Un viaje es crecimiento personal que siempre permanece a tu lado: antes de viajar, por la ilusión y los preparativos; viajando por lo que experimentas y cuando vuelves, por el recuerdo. Los viajes son niñez, juventud y vejez. Hay quien viaja para olvidar y olvida que un viaje es para recordar.

No hay un medio de transporte más impersonal que el avión. Todo es aséptico, frío y estrecho. Nada es cercano; ni el paisaje ni los pasajeros ni las azafatas, aunque reconozco que el vuelo desde París a Delhi se me hizo muy corto y agradable, gracias a la excelente tripulación de Air France que, sin gestos forzados ni ademanes militares, cumplió eficazmente su misión; a la compañía de un hindú residente en París que viajaba con su familia por vacaciones, que de vez en cuando dejaba de leer su libro, un libro amarillo que trataba sobre almas y me orientaba sobre la vida, y al sobrecogedor paisaje de las desérticas y afiladas cumbres de las montañas de Afganistán que tornasolaban a medida que en dirección contraria a la nuestra huía el Sol.

Se apagaban las luces de la cabina. Estaba llegando a Delhi.

ATERRIZANDO EN EL PAÍS DE LAS EMOCIONES

La primera impresión que tuve a punto de aterrizar fue que Delhi debía ser una ciudad muy pobre. Lo supe cuando en el horizonte, a medida que descendíamos, no se avistaban más que luces aisladas. Eran candiles de soledad, unipersonales, luces de casa en el campo.

Quien haya aterrizado o despegado de noche en una gran ciudad sabe a qué me refiero: esté lejos o cerca el aeropuerto del centro, siempre hay miles de brillos que provienen de los suburbios, de los polígonos industriales, de la lejana masa amarillenta o anaranjada que envuelve la ciudad. En Delhi, no. Lo constaté, horas más tarde cuando, después de una tediosa espera para pasar la aduana, me llevaron hasta el corazón de la ciudad donde se encontraba mi hotel.

Me despedí del señor Singh, el hindú que estuvo sentado a mi lado durante el vuelo.

— No busque explicaciones —me había dicho—. India es un país contradictorio para aquel que no ha nacido aquí. Acepte lo que vea, no pretenda mejorar el mundo, no se agobie. India es un río lleno de afluentes cuyo curso lo han formado las tradiciones, y en cuyo cauce navega la religión. Por muchos años que usted viviese aquí, no podría comprender de qué hablo. Usted pertenece a la sociedad de la razón, una sociedad que enfermó cuando decidió cambiar a Dios por el yo. El dinero, el egocentrismo, la envidia, la ira acumulada serán su decadencia.

— No todo es así —repliqué—. Usted, que vive en París, sabe perfectamente que los occidentales dentro de ese mundo podrido en el que tanto usted como yo habitamos, siempre hay antorchas que alumbran esas sombras que nos impiden llegar a la perfección.

Asintió: —De todas formas, hágame caso y no intente buscar respuestas a preguntas que en India no existen. No está preparado.

La cola que se formaba para pasar la aduana era de dos velocidades. La de los nacionales, tres o cuatro veces más grande que la de los extranjeros, avanzaba despacio; la de «foreing visitors», la nuestra: no avanzaba. La iluminación del aeropuerto era de fluorescente de colegio, de esas que pedías urgente un timbre salvador que te liberase de esa luz y ese ambiente enrarecido de olores de muchas horas y lecciones monótonas. Sin preguntas, sin respuestas, con miradas profundas, miradas que enfocan directamente a las pupilas, sellaron mi pasaporte y, tras pasar otro control más, anduve hasta la sala de recogida de equipajes donde el mío, mareado, se deslizaba en una cinta aburrida, tartamuda, traqueteante...

Cuando salí, me estaba esperando media India. Al aparecer por la puerta de salida una avalancha de hombres se abalanzó sobre mí. Parecían corredores de bolsa por la forma en que gritaban y se movían para llamar mi atención. Querían hacerme el traslado, reservarme un hotel...; hacer caja en suma. En previsión de no tener que estar sometido a una presión innecesaria, había contratado el traslado y reservado mis primeras noches en Delhi desde Madrid.

Tres personas para realizar un traslado en un viejo Ambasador eran excesivas, pero siguiendo los consejos del sosegado señor Singh, no quise buscar ninguna explicación. En nuestro trayecto al hotel apenas se veían luces, todo estaba absolutamente oscuro y, sólo, en los últimos kilómetros asomaban las primeras, que iluminaban tenues a hombres que en posición quieta, de escultura, eran sombras de una ciudad negra.

Llegué al hotel y aunque estaba cansado, no tenía sueño. Me cambié y salí a dar una vuelta; pero la ciudad estaba cerrada, y el bar del hotel también. Regresé a mi habitación. Sólo me hacía una pregunta: ¿dónde estaba Delhi?.

TRATAMIENTO DE CHOQUE

Después de desayunar y haber repasado cuatro notas —aún no había cerrado el precio de alquiler del coche con conductor en el que haría una parte del viaje— salí del hotel para tener un primer contacto con la ciudad. El primer contacto fue que me contactaron a mí. Sin tiempo para asimilar y centrarme dónde estaba, y en menos de doscientos metros, me abordaron siete personas: el departamento comercial de la ciudad. Esto iba a convertirse en algo habitual durante mi estancia en Delhi hasta la noche, cuando no sabía muy bien por qué, la gente desaparecía.

Siempre que viajo solo me gusta caminar sin rumbo fijo, fisgando por cualquier recoveco, sin mapas, sin guión, sin obligaciones de visitar este o aquel lugar. Creo que es la mejor manera de descubrir una ciudad, un pueblo... Me dejo llevar: en una encrucijada de calles, solo instantes antes, decido por cuál seguir. Parecerá una tontería, una forma de desaprovechar el tiempo, pero esta forma de hurgar en los sitios, permite tener un contacto más real, un contacto nada previsible con la ciudad, con los habitantes... contigo. En ocasiones, no es grato lo que ves; pero en los viajes no todo debe ser perfecto ni debe ser idealizado, y no hacer esto puede distorsionar la realidad de un lugar. Este tratamiento de choque que me impongo me sirve también para analizar mis posibilidades de adaptación: por mucho que hayas viajado siempre eres un principiante en territorios desconocidos. Procuro, eso sí, visitar los monumentos y lugares que realmente merezcan la pena o sean únicos. Si por cuestiones de tiempo, dinero, despiste o están cerrados no veo algo, no pienso: ¡vaya fastidio!, ¡qué mala suerte!, sino: ¡ya lo veré!, ¡tengo que volver! Y así, de esa manera tan anárquica, fue como Delhi y yo nos conocimos una mañana de verano: tanteándonos un poco tímidos; a trompicones.

A pesar de todas las personas que me habían embestido en este primer paseo indio y que dificultaban la relación con la ciudad —personas que merecen un capítulo aparte—, las primeras conclusiones que saqué de Delhi fueron que era una ciudad agotada, vencida, caótica, imposible...

Delhi es una ciudad hecha de remiendos de siete ciudades que a lo largo de los siglos configuraron un caos absoluto, un caos maravilloso donde todo es mezcla de arquitectura, religiones y culturas que como un virus infecta las venas de la ciudad; Delhi son siete ciudades diferentes que se convierten en una; una ciudad que se expande y se contrae, una ciudad camaleónica, una novela basada en conquistas, en saqueos; una ciudad de pactos y de ingleses: que, no sé por qué, siempre acaban metidos directa o indirectamente en todos los fregados, sean suyos o de otra gente. Todo era ruidoso, viejo, infernal. De todas formas, pensaba, que esta primera impresión cambiaría a medida que fuese descubriendo y entendiendo la realidad de un país que me habían anunciado incomprensible.

Abro mi diario de viaje y leo: «cruzar las calles se convierte en un ejercicio de supervivencia; los semáforos en muchos casos son meros elementos decorativos. En teoría conducen de acuerdo a las reglas británicas. En la práctica, sin reglas. La referencia más cercana es un claxon que advierte sobre la posibilidad de un accidente inminente. Los estridentes bocinazos se meten en tus oídos, destrozando los tímpanos ya el primer día. De noche, es aún más peligroso: no hay nada iluminado y los coches y los auto rickshaws apenas utilizan los faros. Desde el primer día, miro a todos lados y procuro cruzar junto a los sufridos habitantes. No sé si será más seguro, pero de momento ha funcionado. Espero poder acabar el viaje sin ser atropellado, porque, de verdad, lo más arriesgado de India es andar por sus calles sin saber por dónde va a aparecer un coche, un camión de reparto, una moto, un rickshaw, una vaca o un cerdo».

Delhi es una ciudad de esas que odias al principio y a la que acabas queriendo para siempre. Es como cuando conocemos a alguien y al principio nos cae fatal, no lo aguantamos, y al final lo unimos a nuestras vidas porque descubrimos que la primera impresión no es la que cuenta. Esto es lo que me pasaría a mí con Delhi, una ciudad que me había sacudido violentamente para llamar mi atención; para quererme.

Autor: Fernando Lopez



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